el duro trabajo de señalizar las faltas  (CRÓNICA)

Foto: ©Archivo Efe/Adam Ciereszko

Los árbitros han de contar con numerosas cualidades: forma física a punto, capacidad de diálogo con los jugadores, criterio para cortar el juego duro sin interrumpir en exceso, buena comunicación con los auxiliares, equidad en la aplicación del reglamento… ¿Deberá exigírseles también que sustituyan su pulcro atuendo negro por un mono de trabajo y se líen a ‘colocar señales de tráfico’ sobre el césped, esto es, a señalizarlo?

El colectivo arbitral puede relajarse: se trataría, si nos atenemos a las definiciones del Diccionario académico, de una medida poco cabal, de beneficios difícilmente imaginables para la práctica del fútbol, por más que muchos locutores y reporteros empleen este verbo  («El árbitro señalizó falta al borde del área») donde lo apropiado sería señalar (‘hacer señal para dar noticia de algo’). ¿O acaso plantó un stop? Si se anula un gol que supondría el dos a uno, ¿se echará al hombro la señal de prohibido adelantar al rival?

Parecerse se parecen, qué duda cabe, igual que empatar empatizar, los huevos y las castañas. O sea, nada. Para el fluido transcurrir de un partido, los árbitros harán bien en seguir limitándose a indicar el fuera de juego, pitar el final del partido o señalar aquel lugar desde donde ha de sacarse una falta, ya sea con el silbato o apuntando con el índice el sitio de la infracción.

Quizá se tache estos recursos de típicos y poco originales, concedido, pero siempre serán más discretos que convertir el terreno de juego en un circuito de autoescuela.

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