Noticias del español

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| Ricardo Benítez Fumero
radiosurco.cu, Cuba
Miércoles, 14 de noviembre del 2007

¿USAMOS BIEN EL ESPAÑOL?

Durante su breve estancia en Ciego de Ávila en días recientes, la veterana escritora y periodista Mirtha Yánez aconsejó a los narradores jóvenes y a los profesionales de la palabra que debían leer mucho e incansablemente si querían escribir mejor.


Enfatizó, sobre todo, en que debíamos leer la obra de los autores de los siglos XIX y XX, y no porque había que escribir como ellos, pero sí para aprender a utilizar el idioma y dominarlo.

En los tiempos que corren, la traducción automática y la obra de aquellos que transcriben de otras lenguas, sin un conocimiento cabal de ellas, hacen mucho daño al público lector, y hasta la radio y la televisión se ven plagados por errores garrafales que pudieran generalizarse de tanto repetirlos.

No creo que el idioma español esté en peligro de extinción porque, no obstante los cables de prensa pésimamente redactados y a la actual información digital en la que cualquiera garrapatea como le da la gana, otros demuestran que pueden escribir con calidad.

Ahora, más que nunca, proliferan las personas que se pavonean como pavos reales de su incultura: son los que anuncian que jamás han leído un libro y mucho menos toman un periódico o revista en las manos.

Integran esa fauna quienes, sin sonrojo alguno, declaran que la Siberia está en el continente antártico, que los suecos de la península escandinava inician su gentilicio con ZETA, como si fueran un vulgar calzado, y tantos otros disparates que avergüenzan a cualquiera.

La literatura cubana atesora en su historia la obra de autores consagrados que ejercieron la profesión desde los medios: el ejemplo mayor fue José Martí, quien alternó sus tareas independentistas con la colaboración en los principales periódicos hispanoamericanos, pero también tuvimos un Alejo Carpentier y un José Antonio Fernández de Castro.

Un público medio, ni siquiera especializado, agradece la palabra certera y el bien decir. Muchos de nosotros tuvimos excelentes profesores de literatura cuyas clases transcurrían entre la magia de lo narrado y la satisfacción de un idioma limpio que asimilábamos sin dificultad.

La palabra se hizo para decirla y que alguien la escuchara, pero con la premisa de que se dijera bien y el mensaje no se perdiera.

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