Noticias del español

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| Rafael Padilla
huelvainformacion.es, España
Lunes, 5 de noviembre del 2007

UNA LENGUA VIVA

MÁS allá de los reproches, no siempre surgidos de motivaciones confesables, que permanentemente recibe la Real Academia, ha de reconocerse que su labor en la conservación y modernización de nuestro idioma está siendo ejemplar.


En el Preámbulo de la vigesimosegunda edición (2001) del Diccionario de la lengua española se contiene una cita de Horacio, tomada de su Arte poética, que define bien los límites y el sentido de los esfuerzos de aquella institución: «Al igual que los bosques mudan sus hojas cada año, pues caen las viejas —observa Horacio—, acaba la vida de las palabras ya gastadas, y con vigor juvenil florecen y cobran fuerza las recién nacidas. […] Renacerán vocablos muertos y morirán los que ahora están en boga, si así lo quiere el uso, árbitro, juez y dueño en cuestiones de lengua».

Es precisamente el uso, el modo en el que comúnmente nos comunicamos, el mejor criterio para retirar o remozar ciertas piezas o introducir otras nuevas en el prodigioso engranaje de la lengua, patrimonio y responsabilidad de todos, elemento básico de cohesión y punto crítico de confluencia de cualquier comunidad que aspire a seguir siéndolo.Hoy además, gracias a los avances tecnológicos, esa ingente tarea se facilita y agiliza. La herramienta informática permite una revisión constante e inmediatamente accesible que disminuye el riesgo de anquilosamiento.No cabe sino felicitar, pues, a las 22 Academias de la Lengua Española por haber presentado recientemente las 4.618 modificaciones que desde junio del 2004 hasta diciembre del 2006 han ido aprobando y que, a partir de ahora, se podrán consultar en la página web del DRAE.

El reconocimiento de términos informáticos (colgar, bus, navegador, descargar), de otros ampliamente difundidos en el ámbito coloquial (modernez, fisio, neura, nota, subidón, paganini, canguro), de voces procedentes de América (aeromozo y aeromoza, bluyín, blúmer, panti, nocaut), de palabras provenientes del lenguaje culto (iridiscencia, reminiscente) o técnico (jurídicas: inadmitir, supletorio; médicas: artroscopia, colonoscopia; de la física: convector, ionizar; de la química: anodizar, interfase, lisérgico) y de expresiones muy habituales (animal de bellota, perder aceite, animal político, cuerpo de jota) viene a reiterar el buen cumplimiento —son ya 17.310 las modificaciones desde la última publicación del Diccionario— del compromiso de actualización asumido por los académicos. Todo un modelo de atención, sensibilidad, eficacia y prontitud que uno desgraciadamente echa de menos en otras tantas esferas de nuestra casi siempre impermeable autoridad.

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