Noticias del español

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| José Andrés Rivas. Doctor en Letras. Miembro Correspondiente de la Academia Argentina de Letras por Santiago del Estero.
El Nuevo Diario, Santiago del Estero (Argentina)
Lunes, 12 de junio del 2006

UNA DIFÍCIL RELACIÓN: BORGES Y LAS LETRAS ESPAÑOLAS

Homenaje. El 14 de junio de 1986 fallecía en Ginebra, Suiza, Jorge Luis Borges, el escritor que ha marcado una profunda huella en el espíritu de las letras argentinas.


A Borges le gustaba recordar su descubrimiento inicial de la lengua española por medio de la anécdota de sus dos abuelas. Se trataba de un recuerdo infantil, que aquel niño criado en un hogar bilingüe había tardado varios años en comprender:

Cuando le hablaba a mi abuela paterna lo hacía de una manera que después descubrí que se llamaba hablar en inglés, y cuando hablaba con mi madre o mis abuelos maternos lo hacía en un idioma que después resultó ser el idioma español… .

Esta experiencia, que él había tenido en los importantes años de la infancia, marcaría posteriormente su relación con la lengua española. La presencia de aquella abuela inglesa, Fanny Haslam, empeñada férreamente en mantener la lengua del imperio en aquella remota ciudad sudamericana, debió impresionar vivamente a aquel niño impresionable, a quien la familia llamaba sugestivamente con el nombre de Georgie. A ello se sumaría el costado romántico de esa abuela, casada con un heroico capitán de fronteras, que alguna vez le había comentado ese destino de inglesa desterrada «en ese fin del mundo».

Con la lengua de su «otra abuela», la que hablaba español, su relación fue diferente. En la apócrifa «biografía» con que cierra sus Obras Completas contaba que «…no acabó nunca de gustar de las letras hispánicas, pese al hábito de Quevedo» y a la novela de Cervantes (p. 1143). En realidad, Borges encontraba o atribuía a las letras españolas, virtudes y defectos que pertenecían más a su visión general de la literatura, que a aquella literatura específica. Signo inequívoco de lo que era para él la literatura escrita en la lengua de su otra abuela de la que él sería uno de sus indiscutibles maestros.

Tal vez el atributo de índole negativa, que más censuraba, era la utilización desmedida del color local. La exaltación de lo típico y lo pintoresco. En última instancia, el afán por escribir una literatura decorativa, en la que lo más importante fueran la escenografía y los disfraces. En este sentido, la figura y la obra que más detestaba eran las de Federico García Lorca. Lo había conocido en Buenos Aires, cuando el poeta español estaba en la cumbre de su fama. De su encuentro con él quedó tan decepcionado como de su obra literaria. Le pareció un personaje teatral y vacuo, que se esforzaba en ser un andaluz profesional. De igual modo encontraba que sus páginas (se refería preferentemente al Romancero gitano y a su teatro) no superaban el mero juego de palabras, la tipificación de sus personajes y el espíritu del cante jondo. En lista incluía a José Ortega y Gasset, a quien consideraba superficial como filósofo y cuyo estilo enfático censuraba. Algo similar encontraba en Gracián y en Baroja, aunque paradójicamente hubiera copiado el estilo de este último en un libro primerizo —Los naipes del tahúr— que después destruyó.

Muy distinta era, en cambio, su exaltación de la poesía decantada y esencial de Juan Ramón Jiménez o de los hermanos Machado. O del gran modelo de las letras hispanas, cuyo frecuentación aconsejaba Borges: el estilo despojado y ascético de los místicos: Fray Luis de León y San Juan de la Cruz. Admirador confeso de Quevedo, a quien le dedicó un artículo impecable, con el paso del tiempo, sin embargo afirmaría que en la obra de Góngora se sentía más la palpitación del escritor de carne y hueso, que en la del genial autor de Los sueños. Pero el nombre por el que sentía un afecto casi infinito era el de una figura olvidada en las letras españolas: el poco recordado Rafael Cansinos Asséns, a quien había conocido en su adolescencia y de quien, según sus propias palabras, «todavía me gusta considerarme su discípulo».

Otro de los aspectos que él censuraba en la literatura española era el de su pobreza imaginativa. Esta pobreza, sin embargo, no era exclusiva de las letras hispanas, ya que a la hora de evaluar su aporte personal a nuestra literatura, Borges señalaba que, cuando él había llegado a ella, …la prosa narrativa argentina no rebasaba, por lo común, el alegato, la sátira, la crónica de costumbres (OC, 1144).

Pero más que al conjunto de estas literaturas, la afirmación de Borges apuntaba entonces a una censura de cierto tipo de realismo de muy escaso vuelo vigente en el momento de comenzar su obra literaria. Este era el realismo que él encontraba entre los escritores de habla hispana de su época o de fines del siglo pasado. Su censura partía de una comparación de esos períodos de la literatura peninsular con los de otras literaturas, en especial la inglesa o la norteamericana, o con las antiguas literaturas germánicas, ricas en situaciones fantásticas y en la búsqueda de elementos ingeniosos. Comparado con la riqueza imaginativa de Wells, Kipling, Conrad o Stevenson, el adocenado realismo de Pío Baroja, de Manuel Gálvez, o de los novelistas españoles del siglo XIX le parecían de una increíble pobreza.

Tampoco encontraba en ellos el ingenio de un Oscar Wilde o un George Bernard Shaw. Ni la certidumbre de los planteos de la novela policial de estilo clásico, sobre todo al modo de Gilbert K. Chesterton. Ni habían creado universos de pesadilla como Edgar Poe o Lovecraft.

No todos los productos del realismo español serían censurados por él. Prueba de ello es su estrecha fidelidad por el Quijote, libro «realista» que según él trascendía todas las fronteras. Desde aquel primer cuento infantil de inspiración cervantina (La visera fatal) hasta el modelo escogido para su renovador relato Pierre Menard, autor del Quijote, en el que su personaje tenía la extraordinaria intención de «ser Miguel de Cervantes». Maestro de la brevedad, Borges despreciaba la novela porque necesitaba centenares páginas para expresar lo que se podía expresar en sólo cuatro o cinco, decía. Aquellos cuentos suyos en los que resume un libro imaginario dan prueba de ello. Sin embargo, exaltaba la inigualable novela de Cervantes, a la que definía como una de las pocas que merecieron su indulgencia (OC, 1143). Y en su artículo Magias parciales del Quijote, Borges celebraría la ocurrencia cervantina de hacer leer a sus personajes la novela apócrifa de Avellaneda, para mostrarnos que «…si los caracteres de una ficción pueden ser lectores o espectadores, nosotros, sus lectores o espectadores, podemos ser ficticios…». Aunque nada definía mejor su relación con el Quijote, que su idea de que esta novela tiene un argumento ostensible (las aventuras del hidalgo) y un argumento íntimo, que yo creo que es el verdadero tema: la amistad de Don Quijote y Sancho.

Al destacar esta preeminencia de la amistad entre el hidalgo y su escudero, Borges desdeñaba las innumerables teorías sobre la novela de Cervantes; pero al mismo tiempo descubría otro rostro de su contacto con las letras de habla hispana. El hecho de que él sentía que lo unía con ellas, como con el mundo español, una especie de relación personal.

Eso lo reflejó en el apasionado poema España de sus años maduros, en el que exaltó los aspectos heroicos del pasado peninsular, las figuras desbordadas de sus místicos y sus inquisidores, su continuidad en nuestra sangre y nuestra tierra, su destino «incesante y fatal». La llamó la España que estaba «silenciosa en nosotros» y en la que bullían aquellas virtudes de la vida que él más estimaba: era la «España del inútil coraje», la «España de la hombría de bien y de la caudalosa amistad». Años después confesaría que:

«Yo escribí ese poema pensando en todo lo que me había dado España, una de mis patrias, a quien debo una gratitud infinita».

En ese significativo a quien, reconocía esa relación personal que mantenía con el mundo de habla hispana. Con aquella España a la que llamaba una de mis patrias.

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