Noticias del español

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| Fátima Cárdenas
eltelegrafo.com.ec, Ecuador
Lunes, 20 de abril del 2009

UN QUIJOTE QUE VIGILA EL ESPAÑOL

A sus 97 años, no teme enfrentarse a los molinos que a diario amenazan con destrozar el español, idioma que celebra su día el próximo 23.


En estos tiempos de lecturas de aeropuerto, «al paso», mensajes de texto macarrónicos, y gente atontada por el BlackBerry, todos van de prisa menos él. Gustavo Alfredo Jácome, miembro de la Academia Ecuatoriana de la Lengua, no sabe de BlackBerry’s —el nuevo opio de los pueblos— ni de e-mail ni de mensajitos por celular. A sus 97 años este altivo hidalgo ovataleño prefiere recitar de memoria, y en castellano antiguo, los primeros versos del Mío Cid. «De los sos oios tan fuerte mientre lorando tornaua la cabetza e estaua los catando…»

Vestido de traje formal y libros en mano —reliquias más bien— aguarda la llegada de sus visitantes. Los espera como el maestro a sus alumnos. Ya les había exigido puntualidad, el guión de la cátedra de esa mañana será, según Jácome, el origen del idioma. El castellano, por supuesto, del que se celebra su día el próximo 23. De esa lengua con la que se topó a través de las letras grandes de los textos para rezar y del que ahora es celoso custodio.

Se resiste a salir de su esquema de académico, pero se deja llevar cuando el tema puesto sobre la mesa lo atrae. Vuelve de sopetón a ‘su guión’. «De lo que yo les quiero hablar es de estos libros», dice mientras señala unos ejemplares que compró en España, en plena época del Franquismo. «Eran muy difíciles de obtener», dice con el pecho firme, como si la hazaña de adquirirlos se comparara con la del Quijote enfrentando a los molinos de viento.

En el fondo él es ese caballero andante que desprovisto de corcel da la pelea blandiendo su mejor arma: el conocimiento y la pasión por la lengua. No teme ir a bailar a la casa del trompo y critica a la institución rectora del idioma, la Real Academia Española (RAE), la misma que «fija y da esplendor». Se refiere a su presidente actual como un ‘Don Nadie’ que no fue elegido sino nombrado. ¿Qué se puede esperar entonces?, se pregunta.

De entre los muchos textos que ha sacado de su trinchera-biblioteca recoge uno editado por la RAE y cuyo prólogo corresponde a ese ‘Don Nadie’. En sus páginas se distingue un sinnúmero de enmiendas con tinta roja. Son correcciones. Gustavo Alfredo Jácome corrigió el libro de Ortografía. «En las seis páginas del prólogo hay 64 errores y en el resto del libro más de 300». Una suerte de furia le empapa el rostro.

Explica que compró la publicación de la RAE para actualizar un libro suyo, Gazapos. Pero esa adquisición no hizo más que aportarle ejemplos de lo que no se debe hacer con el idioma español.

Hace una pausa y se deja llevar hacia su infancia. La repasa, la ve a través de un límpido cristal. Recuerda cada momento como si acabara de vivirlo.

Sentado sobre el reclinatorio de una iglesia, junto a su tía, quien se encargó de su crianza y la de sus diez hermanos, al morir su madre, aprendió a leer con la misma devoción con la que repetía los rezos en la iglesia de su Otavalo natal.

Empedernido lector, pasó de los textos de oraciones a los clásicos como Platero y yo, de Juan Ramón Jiménez. A los once años se encontró con Las desencantadas, de Pierre Loti. Confiesa que lloró cuando sus ojos ansiosos devoraron la historia de Loti.

¿Dónde conseguía los libros que leía?

Por las noches iba a la Biblioteca Municipal de Otavalo a leer de siete a diez. El maestro me entregaba libros que yo quería leer. Y cuando vine acá (a Quito) yo no seguí en juerga con mis compañeros, como era lo natural. Me dediqué a descubrir la ciudad a pie y a través de los libros. Fui un adolescente especial que leía cuanto texto podía.

Su educación católica a ultranza no fue un obstáculo para aproximarse a autores como Marx. Una de sus dos hermanas monjas le reprochó su insolencia. «Yo le dije que quería ser como Jesús y enseñar a todos. Para eso necesitaba leer».

¿Por qué dejó Otavalo para venir a Quito?

Por no tener que aprender oficio que era el destino que me esperaba si me quedaba. O ser empleado de alguna de las tres fábricas de tejidos que había en Otavalo… Tres veces repetí el sexto grado.

¿Malas calificaciones?

No. Mi padre con un amor equivocado no quería que me separara de él. Pero en mi último año de sexto grado se realizó un concurso de Historia y otro de Educación Cívica. La escuela Diez de Agosto, donde yo me eduqué, ganó tres veces con los trabajos del niño Gustavo Alfredo Jácome. Pero a mí me llegó un solo premio que era un óleo del mariscal Antonio José de Sucre.

¿Y el segundo premio?

En la clausura del año lectivo llegó el subsecretario de Educación de Ibarra, Luis Ulpiano de La Torre, que era el primer graduado del normal Juan Montalvo y me elogió por haber ganado los dos premios. Al lado mío estaba mi padre. Me alzó en brazos y lloraba.

Aflora su sensibilidad sostenida por los recuerdos que lo asaltan a cada momento: sus hijas, su ñatita (su esposa fallecida en el 2006), aquel ‘longo’ amigo de la infancia al que auspiciado por las travesuras de sus años mozos le hizo ver «los suplicios del infierno».

Se deja llevar por la nostalgia… Luego se reincorpora para contar que fue gracias a ese concurso del que resultó ganador que su padre lo dejó ir a Quito para estudiar en el normal Juan Montalvo, donde se graduó como perceptor.

¿Qué lo puso en el camino de la educación?

En la escuela 10 de Agosto conté con grandes maestros. Uno de ellos fue Fernando Chávez. Quise ser lo que él era. Amé tanto a este maestro porque era un modelo que procuré imitar: un maestro eficiente y además escritor.

Eligió ser maestro rural en una época en la que ese oficio quedaba más cuesta arriba que en estos tiempos.

Lo hice porque quería empezar desde abajo y descubrir la realidad de la educación rural. Fui maestro de la escuela, en Conocoto, Amable Aráuz, cuando ir de Quito hasta allá tomaba una hora y media, y cuando no había ni luz eléctrica ni agua potable.

Cuenta que su incursión en la enseñanza rural le mostró un panorama penoso. Los maestros que daban clases apenas sabían leer y escribir y no tenían ninguna pedagogía. Dice que no quiere «ser pesado» pero enfatiza que cuando le tocó enfrentarse a su primer grupo de alumnos él ya se había graduado del normal Juan Montalvo.

¿Ha cambiado en algo esa realidad que descubrió en sus primeros años como educador?

Desgraciadamente no. Los maestros de ahora no tienen el nivel de preparación necesaria para enseñar las materias del plan de estudios de la educación escolar. Su punto más débil es el uso del idioma, una herramienta indispensable para comunicar. El propio Ministerio de Educación edita libros con errores.

Pese a los años y a la autoridad que le dan sus muchas lecturas prefiere no convertirse en juez. Él también escribió libros para enseñanza y otros de literatura. Suman más de cuarenta los títulos bajo su firma. Desde novelas hasta recopilaciones de rondas para niños. Los premios no le han sido esquivos —Por qué se fueron las garzas es su novela más galardonada—. Pero prefiere no nombrarlos. Unas cuantas medallas cuelgan en las paredes de su sala. Han perdido el brillo. Lucen turbias y ensombrecidas. «Cuando me las dieron decían que eran de oro, pero han sido de bronce», comenta, y en sus labios se asoma una sonrisa.

Hablemos de mitos… ¿Qué hay de cierto en eso de que Colombia habla el mejor español de Latinoamérica?

Puede ser cierto esto porque hay en Bogotá una institución de alto prestigio mundial, en donde se siguen los pasos de los lingüistas del siglo antepasado. (Instituto Caro y Cuervo).

¿Y el español que se habla en Ecuador?

Depende, de cómo esté el español en la provincia, en el campo… en la escuela del campo.

Usted que se ha dedicado a cultivar el idioma español, ¿qué opina del uso que le dan los comentaristas deportivos?

Ellos no hablan español, hablan una especie de lenguaje deportivo. Del que transmite un partido no hay que esperar nada de enseñanza en cuanto a la manera de usar el idioma. Lo mismo ocurre con ciertos periodistas. No hay que ser un estudioso para darse cuenta de los muchos errores en los que caen a diario.

¿Cree que existe un lenguaje deportivo?

Claro, y ese lenguaje compuesto por palabras como el gol, el win, y un sinnúmero de términos que dicen los comentaristas.

¿En qué medida ha afectado la tecnología el uso del idioma?

(Hace una pausa. Su silencio es casi amenazante). No he hecho estudios al respecto porque no obtendría nada. Estoy convencido de que lo que hay que hacer es corregir los errores, en el campo que sea y no dejar que el idioma se contamine.

¿Qué opina de los anglicismos?

El idioma es dinámico, debe adaptarse a las necesidades de la sociedad. Pero insisto, no hay que dejar que se contamine.

¿Cómo evitar esa contaminación?

Es cuestión de manejar libros que no contaminen el idioma.

¿Qué autores recomienda?

Tenemos que ser lectores de quienes saben manejar el español. Hay que volver a los clásicos como Miguel de Cervantes y Juan Ramón Jiménez…

¿Algún contemporáneo?

Hay que mirar afuera. Hasta ahora no he conocido un autor ecuatoriano joven que valga la pena.

Sus años de cátedra han dejado huella. En su haber hay un sinnúmero de textos de enseñanza para niños. Como si se tratara de un profeta exclama insistentemente que el libro es la salvación del hombre.

¿En qué hacía hincapié durante sus clases?

Yo le decía a mis alumnos que puede ser más beneficioso o más halagüeño, quizá, ir después de las clases a ver a la mujer de la que están enamorados, pero los motivaba a usar ese tiempo para leer.

«Los maestros de ahora no tienen el nivel necesario para enseñar las materias del plan de estudios de la educación escolar».

(Se traslada al escenario de las aulas y como haciendo de cuenta que tiene al frente a un grupo de pupilos habla en tercera persona). Ustedes vendrán de casa, muchas veces sin el desayuno diario, después tendrán que volver a la casa a encontrar al papá borracho y presenciar alguna pelea… ¿Quieren salir de ese tugurio? Lean.

El indio es un tema recurrente para Jácome. Compartió sus juegos infantiles con niños indígenas. Para graduarse en el Juan Montalvo debió hacer una tesis. El tema fue «El complejo de inferioridad del indio». Hizo encuestas. Viajó a Peguche —donde los indios tenían mayor nivel— y les preguntó quién era mejor, el indio o el blanco. Ellos respondían: el indio. Lo mismo hizo en otros poblados, pero ahí la respuesta era el blanco. A la hora de preguntar sobre el idioma los indios «mejorados» decían que prefieren que les hablen en español. «Es que para un indio mejorado, hablarle en quichwa es como darle una pedrada en la nuca», reflexiona.

¿Cuáles han sido sus temas recurrentes a la hora de escribir?

Cuando escribo para niños los temas los he tomado de mi cotidianidad. Por ejemplo, una vez me fui a arreglar la dentadura y entonces se me ocurrió Mi dientecito de leche.

En su hoja de vida aparece como un representante de Ecuador en varios congresos…

Sin afán de jactarme, quiero decir que me he ganado con mi trabajo mucho de lo que ahora, a mis 97 años, dicen los medios de mí. Puede que eso genere envidias, pero es la verdad.

Usted trabajó para la Unesco, pero renunció. ¿Por qué?

Supe vender bien lo que aprendí de semiólogos como Saussure. Yo llegué a tener mucho dinero, pero un otavaleño necesita volver a su tierra.

Un Mercedes ‘clásico’ reposa bajo el techo del garaje de su casa. Ese auto es testigo de la bonanza que, según Jácome, le antecedió a los años de austeridad que vive ahora. Hubo periodos de vacas flacas. Pero los superó junto a su compañera de travesías, María Emperatriz Lovato, su «ñatita». Su evocación le rompe la armadura.

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