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| Leonardo Conde
www.elpais.com.uy, Uruguay
Sábado, 7 del agosto del 2010

UN ERROR DE 99 AÑOS

LA DEFINICIÓN de «sifón», contenida en el Diccionario de inglés de Oxford (OED) está equivocada:


Sifón. n. tubo doblado formando dos ramas de diferente largo, por el cual un líquido puede ser transferido a un nivel inferior por encima de una elevación intermedia, por efecto de la presión atmosférica que hace subir el líquido por la rama más corta sumergida en él, hasta que el exceso de peso del líquido en la rama más larga, cuando ésta se llena, causa un flujo continuo.

La comprobación del error debió conmover a la venerable universidad británica, ya que su diccionario, una de las autoridades de la lengua de Shakespeare (que no tiene un organismo equivalente a la Real Academia Española), albergó en sus páginas la inexacta definición durante 99 años. A partir de su edición de 1911, para ser exactos.

El descubrimiento, fortuito por cierto, lo hizo Stephen W. Hughes, un profesor de Física de la Universidad de Tecnología de Queensland, en Brisbane, Australia, quien se apresuró a denunciar la equivocación oxoniense directamente al diario Daily Telegraph de Londres, donde hizo un relato de todo el asunto.

El profesor Hughes se interesó por una importante obra pública emprendida por los australianos, el relleno del Lago Bonney, que se había secado, llevándole agua de un río cercano mediante la construcción de un gigantesco sifón. Con el propósito de usar ese proyecto como parte de un boletín educativo, buscó la palabra en el diccionario y entonces, como buen profesor de física que es, se escandalizó por el error.

QUÉ TIENE DE MALO. Para aquellos que no tengan una educación científica avanzada, como los periodistas del Daily Telegraph, y algunos que sí la tienen o deberían tenerla, como los editores del OED, el Profesor Hughes aclara: «Es la gravedad, y no la presión atmosférica, lo que mueve el fluido en un sifón». Y prosiguió: «Estaríamos listos si el diccionario definiera al koala como una especie de oso, o a la rosa como un tulipán».

Un vocero de Oxford, que prefirió mantener su anonimato, aseguró al diario londinense que el OED corregiría el error en su próxima edición y dio como explicación, que la definición había sido redactada por «editores, que no eran científicos». A todo esto, el koala no es un oso, sino un marsupial, pero eso, hasta los redactores no científicos del OED lo sabían.

OTRAS ERRATAS. Cuando en el 1713 se fundó por iniciativa de Juan Manuel Fernández Pacheco la Real Academia Española, algunos británicos, como el ilustre escritor satírico irlandés Jonathan Swift, intentaron llevar adelante la fundación de una análoga Real Academia de la Lengua Inglesa.

Swift mantenía estrechos lazos con España, cosa que no era muy bien vista allá por los siglos XVII y XVIII en que le tocó vivir, y le atraía la idea de fundar un organismo que fuera la autoridad del idioma, similar a la Academia española.

Los lazos de Swift con España están evidentes en su obra. Por ejemplo, en uno de los famosos viajes de Gulliver, el azaroso médico de a bordo pasa por el puerto de Maldonada (sic), y la isla voladora de su tercer viaje se llama Laputa, divertida circunstancia que hizo fracasar la distribución de una serie de dibujos animados japoneses en los países de habla hispana pese a ser subtitulada Castillo en el Cielo.

Por suerte para el idioma inglés, la iniciativa de Swift no prosperó. La respuesta de los ingleses educados fue que «ninguna autoridad iba a dictarle a los británicos cómo escribir, cómo pronunciar o qué quería decir una palabra».

La Real Academia Española, por su parte, no tiene errores en su definición de sifón. Es un «tubo encorvado que sirve para sacar líquidos del vaso que los contiene, haciéndolos pasar por un punto superior a su nivel», y no se mete a especular en cuestiones físicas como la gravedad o la presión atmosférica. Pero durante décadas dio la razón a los ingleses que se opusieron a crear una academia del idioma. En vez de recolectar vocabulario y acepciones usuales, se anquilosó por años en una fútil defensa purista, ignorando palabras de uso corriente y disponiendo ortografías ajenas al uso, como «lobisón» y «arasá» en vez de «lobizón» y «arazá», o demorando décadas en aceptar «tuco» como el aderezo para la pasta.

Sería deseable que no espere 99 años, como la gente de Oxford, para enterarse de que el guayabo y el arazá (o arasá, si así les place) no son la misma planta.

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