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| Redacción
elsalvador.com, El Salvador
Jueves, 13 de noviembre del 2008

TRADUCTORES, TRAIDORES; HACIENDO HIEL DE MIEL

Las mayores traiciones de los traductores se dan usualmente en poesía; hay idiomas que se prestan para verter bien, con toda su musicalidad y ensueño, los de otros.


«Tradutore traditore» dice un viejo refrán italiano: el traductor es siempre un traidor: resulta con frecuencia muy difícil y en ocasiones imposible, trasladar de un idioma a otro con exactitud, el sentido, la emoción y los vuelos espirituales de una frase o un poema.

La más reciente víctima de las deformaciones (o «traiciones») de una traducción, es Silvio Berlusconi, primer ministro italiano. Cuando Berlusconi se reunió con el presidente ruso Dimitri Medvedev, le dijo usted va a llevarse bien con Obama; «e bello, giovanne e abbronzato». En español sería «es bello, joven y bronceado». La expresión se parece a otra frase clásica, «hai proprio una magnifica abbronzatura»: está magníficamente bronceado el atleta, el surfeador, la modelo de playa. Lo que Berlusconi dijo con gracia y una medida de cariño hacia el nuevo presidente estadounidense dio la vuelta al mundo como una expresión peyorativa sobre el color de la piel de Obama.

Las mayores traiciones de los traductores se dan usualmente en poesía; hay idiomas que se prestan para verter bien, con toda su musicalidad y ensueño, los de otro; curiosamente del español al alemán. A la inversa, del alemán al inglés sólo resultan aproximaciones. Goethe y Rilke son especialmente difíciles y en inglés ambos poetas pierden mucho. García Lorca, al contrario, se traduce muy bien al alemán, al igual que los líricos españoles de la primera mitad del Siglo XX, muy admirados en Alemania.

Algunos tenemos el privilegio de poder leer e inclusive escuchar literatura en otros idiomas; San Francisco y su Himno al hermano Sol es un caso especial ya que el poema se escribió en italiano medioeval que tenía un fuerte componente de latín. Una solución intermedia es leer libros con contenido bilingüe, la página a la izquierda en el original, la derecha traducida.

Si sabe cinco, vale por cinco

Se cuenta que un rey de Francia preguntó a uno de sus cortesanos si hablaba el español, a la sazón el idioma diplomático de Europa. El hombre le dijo que no pero, con la esperanza de recibir un nombramiento vinculado a España, se puso a estudiar con todo ahinco esa lengua. Pasados unos meses y cuando tuvo oportunidad de estar con el monarca, le dijo que ya hablaba el español. «Pues tiene suerte, amigo; podrá leer el Quijote en el idioma original».

El inglés y otros idiomas están siendo estudiados como parte de la formación universitaria y por ofrecer el chance de mejorar las oportunidades de empleo. Los call centers ofrecen buenos salarios y los profesionales que hablan bien el inglés tienen superior salario que los monolingües. Esa es una loable finalidad práctica.

Pero al lado de lo práctico, o diremos por encima de ello, está el universo de maravillas que cada nuevo idioma acarrea consigo. Si se aprende inglés para explicarle a un cliente en Oklahoma cómo utilizar un programa de computación, no cuesta más que un pequeño esfuerzo adicional aprender un tanto más para poder leer buenos libros y, al final de ese recorrido, los clásicos del idioma.

Shakespeare en inglés es muchísimo más maravilloso que en español y de seguro en italiano. Lo quiso dar a entender el rey de Francia: vale la pena esforzarse en aprender un idioma para leer su gran literatura. Y además, agregaríamos nosotros, para no malinterpretar las palabras de Silvio Berlusconi, un político de refinado tacto, o de cualquier escritor y medio informativo. Se dice que un hombre que sabe dos idiomas vale por dos. Y cinco, por cinco.

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