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| Antonio Mercader
elpais.com.uy Uruguay
Miércoles, 7 de abril del 2010

«RISPIDECES» POLÍTICAS

La política uruguaya es fértil en archisílabos, esas palabras que inflamos para darle mayor estatura a lo que decimos.


Relacionamiento es el ejemplo típico de palabra no sólo inflada sino además inventada a partir de una más sencilla, esta sí incluida en el diccionario de la Real Academia: relación. Ya se sabe que relacionarse es la manera de evitar las fricciones políticas que por aquí llamamos rispideces, otra palabreja inexistente.

Hace unos años, el entonces senador José Korzeniak declaró en sesión parlamentaria que estaba harto del uso en política de «vocablos de extensión cada vez mayor». «Ya nadie tiene un problema sino una problemática», explicó en tono zumbón. Cuentan que otro senador murmuró por lo bajo que ante una problemática la receta era apelar a la solucionática…

Es que el lenguaje oficial está repleto de esas palabras estiradas ex profeso en busca de solemnidad y contundencia. Condicionalidad en vez de condición e intencionalidad por intención, son dos casos típicos de ese afán de trascendencia. Del mismo modo, la honorabilidad suena más respetable que el honor mismo así como la conflictividad parece siempre más inquietante que un mero conflicto. Habrá que estar a las resultancias del asunto, como suele decirse.

Heredado del marketing moderno otro archisílabo, posicionamiento, hace carrera como sinónimo de un vocablo más modesto: posición. En vez de reducción, a muchos les gusta hablar de reduccionismo, otro aporte lingüístico que suele resonar en el ambiente político. También allí, en vez de calificar a un líder como modelo se prefiere denominarlo referente, vocablo sin duda más resonante y, quizás, más ambiguo.

Durante la última campaña electoral se citó la necesidad de «transversalizar las políticas de género para integrarlas a todos los programas sociales». Tampoco faltó quien cooperara con otro archísilabo abrumador: horizontalizar, es decir, algo así como marchar en línea recta hasta el infinito a partir de una decisión política. Dicho en otras palabras, se trata de direccionar a la opinión pública, no de dirigirla, pues lo que importa en materia de asuntos públicos es hacerles un seguimiento. ¡Seguimiento!

El mundo sindical, tan embebido como está en la política de la coalición gobernante, también es víctima de la tendencia a emplear palabras aparatosas. Es más rimbombante instar a la gente a sindicalizarse que a sindicarse, para lo cual se invoca entre otras cosas la necesidad de concretizar y tomar conciencia, o mejor dicho, de concientizarse, compañero, a ver si me entiende. Y sin sectorizarse ni caer en desviacionismos, que no en desvíos.

A su partida, el gobierno de Vázquez nos legó un ramillete de ríspidos archisílabos. Veamos la lista: el propio ex presidente habló de positividad en Naciones Unidas; su ministro de Economía, Álvaro García, un emprendedor en materia idiomática, alumbró la palabra emprendedurismo; su ministro del Interior, José Díaz, citó la tasa de prisionización, en tanto Marina Arismendi trabajó, según ella, para los carenciados y no para los carentes.

Todos ellos en la línea de inflar las palabras.

Habrá que ver si este gobierno supera esa marca.

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