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| Eduardo Ruiz-Ocaña
Efe, España
Viernes, 4 de abril del 2008

¿PERO FUE REALMENTE UN PÍCARO EL POBRE LÁZARO?

La palabra pícaro no suele estar mal vista en la sociedad española, y si decimos de alguien que lo es, tal calificativo conlleva normalmente la connotación cariñosa de considerarlo una persona algo sinvergüenza, pero simpática, astuta, divertida y carente de maldad.


La Real Academia, sin embargo, en su diccionario es bastante más dura a la hora de definir el término: 'bajo, ruin, doloso, falto de honra y vergüenza, taimado, dañoso, malicioso'…

Creo que esta falta de sintonía entre la Academia y la calle se debe a que el público identifica la figura del pícaro con Lázaro de Tormes, mientras que los eruditos saben que Lazarillo fue solo el precursor, y los verdaderos pícaros, bastante más malvados, como el Buscón o Guzmán de Alfarache, aparecieron cincuenta años más tarde, en el Barroco.

Si los protagonistas de las novelas picarescas son siempre antihéroes, en el caso de Lázaro de Tormes nos encontramos con un auténtico infeliz. En el primer capítulo del relato asistimos al peregrinar de un niño en compañía de un ciego que le trata con bastante crueldad; la primera enseñanza del amo será sacudirle un tremendo golpe para que aprenda a desconfiar de los demás.

Al recibir el golpe, Lázaro siente que acaba de dejar de ser niño, y que de ahí en adelante deberá espabilar, porque nadie va a velar por él. Su segundo amo, un tacañísimo clérigo, le enseñará a saber lo que es pasar hambre, y al pobre chico, que ya le había descalabrado su anterior amo, le vuelve a abrir la cabeza este siniestro cura.

Con el tercer amo, al menos, Lázaro recibe un trato correcto. Un hidalgo empobrecido le toma como criado en Toledo, y con él descubriremos lo que es el mundo de las apariencias: el hidalgo se muere de hambre, pero su clase social le hace despreciar el trabajo y, por encima de todo, disimula ante los demás su precariedad.

Nuestro amigo Lazarillo, que tanta hambre ha pasado con sus dos amos anteriores, con el actual no solo sigue sufriéndola…, es que, además, lo poco que consigue para comer termina repartiéndolo con el hidalgo y es el criado quien tiene que conseguir el sustento para el amo.

En los siguientes capítulos, Lázaro sigue sirviendo a distintos amos; las críticas a la Iglesia se suceden, pues no en vano la sombra del erasmismo planeaba sobre la España de la época. El niño se va convirtiendo en mozo, y luego en joven que lucha con todas sus fuerzas por salir de su estado menesteroso.

Su oportunidad le llegará de la mano de un arcipreste, también en Toledo, que no solo le ofrece el puesto de pregonero, sino que le casa con su criada y le ofrece una casita al lado de la del propio clérigo. En ese momento, Lázaro se considerará «en la cumbre de toda buena fortuna».

Algunas malas lenguas, sin embargo, pretenden amargarle su felicidad. Todos los cotillas de la ciudad murmuraban que la mujer de Lázaro era, en realidad, la barragana o querida del arcipreste, y que este había urdido el matrimonio exclusivamente para acallar las habladurías y poder seguir con sus manejos de un modo mucho más discreto.

Lázaro se hace el tonto y mira para otro lado; me imagino que debió de pensar que conceptos como el de la honra eran más bien propios del mundo de los ricos, y que los pobres bastante trabajo tenían con tratar de aplacar su hambre.

Un antihéroe, un infeliz, un pringado era, en definitiva, el pobre Lázaro. Me temo que los pícaros de hoy se parecen, más que a Lazarillo, a sus congéneres del Barroco, y que su actuación queda perfectamente reflejada por la implacable definición del diccionario: 'bajo, ruin, doloso, falto de honra y vergüenza, taimado, dañoso, malicioso'.

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