Noticias del español

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| Julián García Candau
La razón, Madrid (España)
Viernes, 8 de agosto del 2008

PEKÍN ES LA CAPITAL DE CHINA

La capital de China es Pekín. Tal obviedad ha tenido que recordarla la Real Academia porque, como en otros muchos casos, se está colando de rondón en nuestro idioma la denominación que promueven con su símbolo los organizadores de los Juegos Olímpicos, nombre que también transmiten las agencias de prensa de habla inglesa. En español o castellano, como se prefiera, Pekín sigue siendo la denominación correcta.


En España hay rápida inclinación a imitar corrientes foráneas sin contar con que con ellas se atacan, a veces, cimientos del idioma. Hay ocasiones en que algunos defensores del castellano parece que están, más que en su defensa, empeñados en el ataque de las otras lenguas españolas, catalán, gallego y euskera.

Cambiar Pekín por Beijing, si se aceptara como corriente necesaria para alcanzar el modernismo, nos llevaría a aceptar London, New York, Firenze, Tesaloniki, Goteborg, Tbilisi, Vilnius, Porto, Carcasonne, Basel o Auwterpen, por Londres, Nueva York, Tesalónica, Gotemburgo, Tiflis, Vilna, Oporto, Carcasona, Basilea o Amberes.

En los medios informativos se ha aceptado Bin Laden por Ben Laden y con la primera grafía podríamos cambiar nombres y tendríamos, Binicarló, Binicasim, Binimuslem, Biniopa, Binimodo o Biniparrell. También podríamos hablar de Abintofail o la familia Binjumea.

Con ocasión de los Juegos Olímpicos se podría defender nuestro idioma si se dejara de denominar pruebas de calificación en natación o en automovilismo, que también viene al caso y es la última corriente invasora. Los ensayos de calificación son aquellas en las que se dan notas, en que hay jurado. En deportes en los que gana quien llega primero, quien salta más, corre más rápidamente o lanza más lejos, no hay calificación, sino clasificación, pero parece que ha hecho fortuna lo incorrecto. Calificaciones hay en gimnasia artística y rítmica y en natación sincronizada, mas no hay calificaciones en las competiciones de cien metros libres, natación o atletismo, porque pasan a la siguiente eliminatoria, se clasifican, quienes obtienen los mejores tiempos y ello no depende de un jurado sino del reloj.

El mimetismo nos lleva a creer que Miami se dice Mayami. Hubo un comentarista de baloncesto quien llamaba Aguair a un jugador de origen hispano de un equipo de la NBA. Su apellido era Aguirre y nadie le corrigió. Claro que ahora hay una tal Maraya Carey que en cristiano es simplemente María. Llama la atención que en medios hablados se pronuncien los nombres catalanes con acentuación inglesa y así, Frederíc es Fréderic. La pretendida finura dialéctica no es otra cosa que cursilería. O mejor, gilipollez, palabra que también figura en el diccionario.

La defensa del español consiste, entre otras cosas, en conseguir que en los grandes medios nacionales, escritos, televisivos o radiofónicos, no confundamos a diario el entrenar con entrenarse y seamos capaces de distinguir entre equipo y club. Con el fin de que no se diga que el equipo del Madrid ha fichado a Van der Vaart, que sería tanto como adjudicar a Raúl, Guti y compañía la misión de contratar futbolistas.

Sería saludable que en las carreras ciclistas no se hablara de «grupeto» y «volata» y no hubiera mofa hacia los periodistas hispanohablantes que al esprintar le llaman embale.

En Pekín los diarios de México, Argentina, Chile, Perú y demás países de habla hispana mentarán el salto de la garrocha por el salto con pértiga, dirán más veces presea que medalla y a la piscina la dirán alberca.

Nosotros tendremos, con Paquillo Fernández, grandes esperanzas en las pruebas de marcha y los mexicanos, afamados especialistas, confiarán en la caminata.

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