Noticias del español

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| Javier Bravo Magaña
mileniocolima.com.mx, México
Jueves, 20 de mayo del 2010

PALABRAS, PALABRAS, PALABRAS; ALGUNAS PARA MI MAESTRO AGUSTÍN MATEOS

PALABRAS


Me gusta cantar las palabras

Que nazca de mí su sonido

Me gusta tener en el pecho su nido

Me gusta fecharlas, llevarles

La cuenta de cuándo han nacido

Mirarlas crecer y volar desde el nido

Me gusta lanzarlas al viento

Que vayan y vuelvan conmigo

Me gusta con ellas decir lo que digo

Me gusta llevarlas de viaje

Que vayan y adquieran sentido

Me gusta que vuelvan más ricas conmigo

Me gusta pescar con palabras

Que vayan y busquen amigos. Amigo,

Me gusta que quieras tenerlas contigo

Y quiero que lleguen a ti mis palabras

Que sean, Señor, mis testigos

Que rueguen y logren que tú estés conmigo

La palabra es un misterio. Es intención, es viento, es vibración, es luz inteligible. Casi como Dios. De hecho, hay muchos mexicanos que creen que la Palabra es Dios. Y no digo ‘habemos muchos mexicanos’ porque ‘haber’ es un verbo impersonal todavía, a pesar del esfuerzo de tantos compatriotas por conjugarlo en primera persona del plural. ‘Habemos’ tendrá que ser error según las prescripciones gramaticales. Pero mi maestro de latín, Agustín Mateos, me enseñó que El pueblo habla como quiere y hace muy bien, y por lo tanto, como yo también hablo como quiero y digo ‘hay’, no reprocho el uso de ‘habemos’.

Si Chomsky opinara sobre ‘habemos’ seguramente diría que esta forma es evidencia indudable e incontestable de que un niño no aprende su lengua por memorización sino por la elaboración y confirmación de hipótesis que luego convierte en reglas. Esto quiere decir que tampoco esos cromañones o neandertales que algunos nos presentan como brutales aprendieron a hablar por imitación de trinos o gruñidos animales. Tenían en sí mismos desde su nacimiento la habilidad lingüística, y simplemente descubrieron la lengua que luego aprendieron. En otras palabras, todo hablante presupone un hablante previo ad infinitum y hasta un supuesto primer hablante o grupo de primeros hablantes. En otras palabras, la lengua sólo puede ser un proceso evolutivo, cuando se le considera también innato y en desarrollo. De otra manera no serían posibles los cambios lingüísticos tan comunes y tan celebrados o vilipendiados como vemos en cualquier lugar del planeta.

La palabra, pues, es un misterio. Por segunda vez lo digo. Pequeño, pero misterio. Si es viento ¿por qué hiere en los insultos? Si sonido ¿por qué oprime en los impuestos? Si intención ¿por qué amenaza en las noticias? Si mancha en el papel, ¿por qué convence? Y si es mera exhalación ¿por qué consuela? ¿Por qué es panal de miel y suavidad al alma, y medicina para los huesos el dicho suave? Viento, gobierno, ley, consuelo, dicho suave. Palabras que a mí no ‘Me hacen lo que el viento a Juárez’.

La palabra es un misterio. Lo digo por tercera vez, para que sea verdad. No está en el diccionario, aunque los diccionarios estén llenos de palabras. No está en el cerebro, puesto que afecta al corazón. No está en las gramáticas puesto que no se necesita leer esos sabios libros para hablar. No está en el mundo natural externo al hombre. Entonces, tiene que estar en el hombre. ¿Qué es entonces la palabra? Aunque tiene más de una, la ciencia no ha logrado una buena explicación de la palabra todavía. Flecha o canción, todavía es tan misteriosa como la hollada luna.

También hay una palabra a la medida de la pequeñez del hombre. Es la buena y la mala palabra que viene del corazón. En el principio, fue solamente buena, pero el adán comió de lo prohibido y adquirió la experiencia del mal; desde entonces las malas palabras lo acompañan. Por eso, la palabra del hombre puede ser dulce o amarga. Nadie le cree, pero Pombo piensa que también los chupacabras les dicen palabras dulces a sus chupacabritas; y los innombrables a sus innombrabilitos.

Hay quienes pretenden adueñarse de la palabra y de sus hablantes. Generalmente son viejitos que escriben diccionarios y gramáticas, y sus irreflexivos y a veces atroces adeptos que convierten esa clase de libros en su única fuente de información y en su única regla de conducta lingüística. ¿Pues qué no hay pueblo que hable? ¿Ya no queda ningún cantinflas? Los que toman en cuenta al pueblo, generalmente pueden darse el lujo de ignorar a los que escriben diccionarios y gramáticas. Como nos enseñaba Agustín Mateos, mi maestro de latín: El pueblo habla como quiere y hace muy bien. Con esa frase me sacó del mito de la lengua pura y me metió en la práctica de la pura lengua. Lleno de admiración hacia este hombre, en celebración estudiantil del 15 de mayo de 1964, con la buena ayuda de mi amigo Pancho Ceja, le escribí y le leí este discurso en el salón de clases:

Magister Agustine Matee: Nos tibi felicitationes debemus quia idus maii, dies magistri est. Te laudare volumus quamquam non facilimus est; sed non solum te laudare sed equiam dicere tibi rationes. Te laudare solum, res servorum et servi non sumus neque servi volumus esse. Magister: tu carus nobis es. Sapientia tua admiratur nos. Aestimamus te quia tu, magister, nos doces, et quia bene nos doces. Hoc donum amiciatiae nostrae signum est; et signus admirationis et signus aestimationis. Datur tibi in nomine discipulorum tuorum. Ave, magister, discipuli tui te salutant.

¿Palabras? Sí. Pero no como las de las mujeres que saben latín. Ni como las ‘Palabras, palabras, palabras’ que en su lochura el loco príncipe de Dinamarca leía en los libros. Palabras, pero no de pura lengua, porque son las que escribo en estas Notas biográficas parciales para mis nietos. Ojalá que también ellos dominen la lengua y no se dejen dominar de los que son dominados por su lengua.

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