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María Luisa García Moreno,

Revista Verde Olivo, Cuba.

Julio-agosto del 2012 

PALABRA EN COMBATE: PEQUEÑOS SACRIFICIOS…


Entre los aerostatos y el avión pasó todo un siglo de investigación y experimento con el fin de vencer los obstáculos que impedían el vuelo de un objeto más pesado que el aire.



George Cayley, uno de los pioneros, hizo una gran contribución a la aeronáutica —de aero- elemento compositivo, «aire» y náutica, del latín nautĭca, y este del griego, «ciencia de navegar»—; se le atribuye el descubrimiento de la sustentación, «empuje hacia arriba producido por la diferencia de presión, al incidir la corriente de aire en una superficie aerodinámica: en la parte superior la presión es menor que en la inferior». 


Francis H. Wenhamy Otto Lilienthal fueron otros importantes investigadores. Este último, tras más de 2 500 vuelos exitosos, se precipitó a tierra desde una altura de 17 m: se fracturó la columna y falleció al día siguiente. Sus últimas palabras fueron: «Pequeños sacrificios deben hacerse».

Sin embargo, el despegue de la aviación tuvo lugar cuando los hermanos Wilbur y Orville Wright, tras varios experimentos con planeadores, lograron volar un aparato más pesado que el aire: su primer avión —del francés avion, «aeronave más pesada que el aire, provista de alas, cuya sustentación y avance son consecuencia de la acción de uno o varios motores»— era impulsado por un motor de gasolina de cuatro cilindros y una potencia de 16 caballos de fuerzahorsepower, Hp, que en el Sistema Internacional de Medidas (SI) equivale al vatio o watt— por hora.

El 17 de diciembre de 1903 realizaron varios vuelos exitosos en un frágil biplano —«avión con cuatro alas que, dos a dos, forman planos paralelos»— de dos hélices, conectadas al motor por medio de cadenas de bicicleta. En uno de ellos, el avión se mantuvo en el aire durante 59 segundos y recorrió una distancia de 260 m. Los osados navegantes persistieron y el 4 de octubre de 1905, Wilbur voló durante 33 minutos y 17 segundos, y recorrió casi  40 km.

También en Europa se trabajaba con tenacidad: en Rusia, Nicolás Joukovsky creó un instituto de aerodinámica; en Italia, Arturo Crocco y Riccaldoni construyeron hidroplanos —«avión con flotadores para posarse en el agua» y, en Alemania, Karl Jatho efectuaba saltos desde 20 y 60 m; mientras que en Francia, el 25 de mayo de 1905, Ferdinand Ferber se convertió en el primer piloto de un biplano con motor de explosión —«que funciona por la energía producida por la combustión de una mezcla de aire y un carburante»—, de 12 Hp, y los hermanos Gabriel y Charles Voisin, tras experimentar con numerosos planeadores, inauguraron la primera fábrica de construcción aerodinámica.

El primer piloto con un récord reconocido por la Federación Aeronáutica Internacional fue el brasileño radicado en París, Alberto Santos Dumont, quien el 12 de noviembre de 1906, voló 220 m a unos seis metros de altura y a 41,2 km.h, proeza lograda con un biplano equipado con motor de 50 Hp y provisto de ruedas que le permitieron un despegue —separación del suelo, agua o cubierta de un barco al iniciar el vuelo— y un aterrizaje —del francés atterrissage, «posarse, tras una maniobra de descenso, sobre tierra firme o cualquier pista»— con relativa suavidad.

Gracias al tesón y al sacrificio de muchos, había surgido la aviación, que pronto ocuparía un importante lugar en la vida humana y propiciaría el traslado del teatro de operaciones militares hacia el aire.

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