Noticias del español

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María Luisa García Moreno

Revista Verde Olivo, Cuba

marzo-abril, 2012

PALABRA EN COMBATE


Cabalgar sobre el viento 


A Europa, las cometas llegaron antes del siglo XVI por tres vías: las invasiones mongolas, las rutas comerciales por el cabo de Buena Esperanza y los contactos con el mundo árabe. A América, con los colonizadores. Resulta curioso que los indígenas las llamaran papalote por su similitud con el olmo (Chaltopolea mexicana), cuyos frutos (o semillas) tienen pequeñas alas.

Los primeros europeos fueron los llamados dracos —por su forma de dragón— o catavientos —«hilo como de medio metro de largo con varias rueditas de corcho que, puesto en un asta, se coloca en la borda de barlovento, para que al flotar indique la dirección del viento»—, empleados como estandartes en los últimos días del imperio romano. Eran una especie de saco de boca ancha con apariencia de dragón, atados a un mástil, que, al llenarse de aire, ondeaban sobre los jinetes en las batallas, aterrorizando al enemigo y actuando como grímpola —del provenzal guimpola, «insignia militar antigua, triangular, que los caballeros llevaban al campo de batalla», «gallardete muy corto que se usa generalmente como cataviento».

Marco Polo (1254-1324), antes de realizar un viaje por mar, lanzaba papalotes con hombres atados: si volaban bien era buen signo; pero si los hombres caían al mar, se herían o mataban, significaba que el viaje sería malo y, por tanto, era mejor no ralizarlo. Leonardo da Vinci (1452-1519), Benjamín Franklin (1706-1790), William A. Eddy (1896-1962) y Lawrence Hargrave (1850-1915) han sido algunos de los investigadores que utilizaron las cometas con fines científicos.

En 1855, el almirante inglés Arthur Cochrane, durante la guerra con Rusia, las usó para remolcar torpedos en el mar hasta un blanco, con éxito hasta las dos millas. Sin embargo, su uso militar más común fue en la observación de artillería. A finales del siglo xix y principios del xx, retomando la tradición asiática, los ejércitos europeos las construyeron con una cesta, donde se situaba el encargado del reconocimiento. Aunque tuvieron algún éxito, al final resultaron más eficaces los globos.

Un artefacto muy viable para este fin fue utilizado por el Ejército y la Armada ingleses. Su creador, Samuel Franklin Cowdery —Samuel F. Cody (1867-1913)— fue un apasionado de las cometas: la última y mayor, disponía de una barquilla en la que se instalaba al observador con su equipo y alcanzó el récord de 1 200 mde altura.

Con los primeros aviones, quedaron en desuso; aunque los alemanes las siguieron utilizando durante la Primera Guerra Mundial y, tras el segundo gran conflicto bélico, se construyeron ingenios similares, como el parapente —del francés parapente, acrónimo de parachute, «paracaídas», y pente, «pendiente»— y el ala delta —similar a la letra griega mayúscula por su forma triangular—, que permite planear; ambos se emplean en deportes de riesgo o como diversión.

En fin, las cometas se han utilizado para comunicarse con los dioses, ayudar en la pesca, anunciar el nacimiento de un niño, competir, jugar… y, además, a pesar de su aspecto inofensivo, para combatir.

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