Noticias del español

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| Jorge Fernández Díaz
lanacion.com, Argentina
Sábado, 12 de junio del 2010

PALABRA DE PERIODISTA

La princesa de Asturias estrecha la mano con energía y tiene una mirada azulada, franca y penetrante.


Lo acabamos de comentar con Manuel Vicent, que en un minuto y medio nos imparte una clase privada sobre las distintas formas de dar la mano, desde un «tres dedos gelatinoso» hasta una confianzuda «agarrada de antebrazo y codo incluido». El escritor y periodista es uno de los más ingeniosos articulistas de España. Y me juró alguna vez en Buenos Aires que su técnica consiste en sentarse a una determinada hora sin idea ni apuntes previos y escribir en sesenta minutos lo que realmente le sale de las vísceras. Es así como escribe su celebrada columna dominical en la contratapa de El País, de Madrid.

Hemos viajado juntos con Manuel desde la ciudad riojana de Logroño hasta el pueblo de San Millán de la Cogolla, en cuyos monasterios se hallaron los primeros escritos del idioma español. En ese paraje bucólico se lleva a cabo un seminario internacional denominado «Periodistas, maestros de la lengua», al que han asistido colegas de diarios, radios, sitios web y cadenas televisivas hispanoamericanas. Son tantas las ocurrencias cómicas y profundas que le surgen espontáneamente a Manuel, es tan culto y sagaz su repentismo que no sólo le creo de inmediato, sino que ahora tiendo a pensar que podría escribir seis o siete de esas columnas por día si quisiera.

Nos acercamos juntos a Letizia Ortiz, durante un vino de honor, y escucho que ella está hablando con asombro de la compulsión por Twitter. Conoce a personas muy inteligentes que viajan a cualquier lugar del mundo o salen de ver una obra de teatro y que no pueden resistir la tentación de contárselo a trescientos. Manuel dice que esa ya no es meramente una forma de comunicarse, sino de existir en la vida actual, y que los chicos de hoy no tienen la inteligencia en la cabeza sino en los dedos. Le pregunto a ella, que antes de ser «su alteza» era periodista, cómo ve las cosas del otro lado del mostrador. No cuenta nada que nos asombre: cualquiera que haya protagonizado alguna vez una entrevista o haya sido objeto de una nota de ocasión ha podido constatar amargamente la inexactitud, los gruesos errores que comete el reportero de actualidad urgido por la hora del cierre. «Antiguamente había una definición un poco cruel del periodista —apunta Vicent—. Periodista es un hombre borracho que escribe de noche sobre un tema que no sabe.» Nos reímos todos. Son bromas de cirujano, hidalguías de quienes hace años abrazamos con amor este oficio impresionante que precisa de permanentes autocríticas, pero que también, por crueles paradojas latinoamericanas, hoy tenemos que volver a defender como pilar imprescindible de la democracia en tiempos de caudillos nacionalistas que nos odian, combaten y desacreditan.

Pero hemos venido a San Millán, traídos por la Fundación del Español Urgente, a autoexaminarnos y a pensar en voz alta durante tres días, en compañía de filólogos implacables. El tema fundamental consiste en definir qué cosa está haciendo verdaderamente la prensa con el lenguaje. De manera que no vamos a guardarnos nada. Letizia abrió las sesiones sosteniendo precisamente que «el periodista que cuida las palabras será también cuidadoso con la información». Y Víctor García de la Concha, el director de la Real Academia Española de la lengua, habló de la vulgarización del idioma en los medios de comunicación masiva, nos situó ante la responsabilidad de defender lo que se va perdiendo y nos aseguró cara a cara que «buena parte de la mejor literatura de este siglo y del pasado se está escribiendo en las columnas de los periódicos de América y Europa».

Antes del discurso de Vicent habló Álex Grijelmo, presidente de la agencia Efe, quien señaló que el deficiente empleo del lenguaje en el periodismo delata «la ausencia de lecturas, el escaso sentido autocrítico, el desinterés por aprender más, el poco respeto a la calidad y la precisión, el descuido y la carencia de buen gusto». Y pronunció una cita asombrosa: «Alguien dijo que quien ha leído a Shakespeare nunca podrá ser un asesino».

Después Manuel, en su clase magistral, también aludiría al Bardo. «Si el siglo XVII no se puede entender sin el teatro de Shakespeare, de Schiller o de Calderón; si el espíritu del siglo XVIII se halla concentrado en los enciclopedistas; si para saber cómo era la burguesía del siglo XIX hay que leer a Dickens o a Galdós, por la misma razón quienes en el futuro traten de verificar el catálogo exhaustivo de las pasiones del siglo XX y sientan curiosidad por saber por qué moríamos y matábamos deberán acudir a las hemerotecas, a las videotecas, donde las crónicas, los reportajes, los artículos, las películas y los documentales, al fermentar bajo el polvo amarillo, habrán convertido una historia que fue real en arte, en pura ficción. Aunque para entonces toda la historia universal estará contenida en un pen drive

Sentí que me estremecía cuando, a continuación, dijo que un periodista «ya es un escritor si en el momento de redactar una noticia se demora diez segundos para elegir o cambiar una palabra por otra». Asentí cuando señaló que la sobreinformación «es la forma más moderna de estar desinformado». Y pensé que estaba hablando, sin quererlo, de la Argentina cuando dijo que la necesidad de estar informado «se ha convertido en uno de los derechos humanos más perentorios y, dado que la información es poder, en uno de los derechos humanos más vulnerados. El periodismo —agregó— está hoy en el centro de esta batalla».

Por la tarde, al fin solos, condujo la primera reunión uno de los más relevantes periodistas de Colombia: Daniel Samper, amigo de Serrat, Les Luthiers y García Márquez, vecino de Quino y, por culpa del Negro Fontanarrosa, hincha de Rosario Central. Samper nos preguntó, esencialmente, si los periodistas seguíamos siendo «maestros de la lengua». Como la lengua está malherida en los medios de comunicación, ese magisterio parece encontrarse en duda. Sobre todo en Internet y en la televisión, donde hay otra clase de «huéspedes» expresándose y dictando cátedra: figuras de reality shows, mediáticos de diverso origen, ex delincuentes, reos, vecinos del occiso, foristas desaforados y malhablados y otro tipo de «comunicadores».

La televisión basura es un género en expansión en España, y la gran protagonista es una tal Belén Esteban, mezcla rara de Ricardo Fort, Jacobo Winograd, Samantha Farjat y Silvia Süller. Belén tuvo un romance con el torero Jesulín de Ubrique, famoso porque después de una corrida de toros, al ser asediado por los movileros, dejó una opinión memorable sobre su propia faena. «En dos palabras —dijo—: im-presionante.»

Belén se mueve, vocifera malas palabras a las cuatro de la tarde, gana mucho dinero y sube el rating minuto a minuto. Los filólogos que participan de este encuentro no dejan de nombrarla, puesto que ha logrado convertir sus errores gramaticales en idioma general de todos los días. No hay maestra ni profesor de ningún colegio que pueda contra el efecto devastador de estos programas masivos y fulminantes. Belén, encantadísima, reivindica su forma de hablar diciendo que es «la princesa de los pobres».

Asistimos al día siguiente a una mesa redonda acerca de la prensa del corazón. Son tan soeces y amorales muchos programas y revistas del género en España que estamos por creer que Hola es En busca del tiempo perdido. Propongo un acto de desagravio para la tradicional publicación de los palacios lujosos, lo que hubiera encantado a Proust. María Eugenia Yagüe, una lúcida periodista de ese mundo, cita a Capote y a Umbral, desarma los prejuicios, confirma que es perfectamente atendible que haya «una prensa de la evasión» y luego explica que el interés por secretos y purulencias de las celebridades se debe a que el ciudadano de a pie goza con los defectos y traspiés de los «dioses».

La vulgarización de la televisión contagió a las revistas y ha creado una caterva de famosoides y famosillos. Uno de los periodistas fue crudo: «Una boñiga [excremento de vaca] es presentada en el prime time de la TV y en pocos días tiene un club de fans».

Filólogos y periodistas, codo a codo, sin tirarnos de los pelos ni recriminarnos nada, estuvimos 70 horas contando los pecados de la lengua mediática, de donde abrevan los observatorios académicos para actualizar diccionarios y señalar aberraciones. Varias profesoras ametrallaron la mesa con neologismos, algunos muy graciosos, como el planching (de planchar o dormir), el puenting (de aprovechar los puentes de los fines de semana largos), y el uso y abuso de las «itis» (democratitis), de los «azos» (decretazos, y una redundancia deportiva acerca de los arqueros: superporterazo) y de los «ismos» (resultadismo). También las definiciones manipuladas de la economía, como sobreajustes o tijeretazos, según se vea desde el oficialismo o desde los opositores el mismo y doloroso fenómeno de apretarse el cinturón. O eufemismos antológicos para justificar la dura política de ahorro del gobierno socialista, como «esto es solamente un mecanismo europeo de estabilización», o «este ajuste es sólo parte del escudo protector del euro». Señalan un grave defecto: el uso del inglés como manera de falso prestigio y, paralelamente, el problema que implica traducir el e-book: ¿libro-e, libro electrónico, e-libro, electrolibro? Todo suena mal.

Hay una primera conclusión curiosa: los periodistas cada vez influyen menos en el lenguaje, pero los medios de comunicación cada vez tienen más penetración y son más decisivos en el habla. Los periodistas y los medios no son lo mismo. Hay en los medios más famosos y mediáticos que verdaderos periodistas.

Escucho, sin embargo, de nuestras propias bocas, lacerantes autocríticas. Isaías Lafuente, que trabaja en la Cadena Ser, y que con su microprograma Unidad de vigilancia pone al aire y destaca los propios errores y los barbarismos que cometen los colegas y locutores de esa emisora, puntualiza los defectos de la profesión: desdén por la lengua bien dicha, falta de controles de calidad.

No sabemos ni siquiera que no sabemos, repetimos los errores de otros; devoramos los acentos, los puntos y las comas, los verbos y las preposiciones, y hacemos un uso tilingo del inglés.

Anoto algunas frases de otros camaradas. «Aboliendo la ortografía, estamos perjudicando a los débiles y ayudando a los poderosos»; «Internet es a la vez correo, locutorio, quiosco, mercado y puticlub» y «la tecnología aceleró el voyeurismo». Hay también en España un programa que se dedica a señalar las contradicciones, las mentiras y la mala fe de algunos reporteros, tertulianos y columnistas. Pero Sé lo que hiciste lo hace por rivalidad entre grupos mediáticos o para romper legítimamente el viejo refrán según el cual «perro no come perro, periodista no critica periodista». Jamás por orden de gobierno o político alguno, ni untado por la publicidad oficial, como ocurre en la Argentina.

Se sorprenden todos en San Millán de la Cogolla cuando cuento las descortesías del kirchnerismo. «La descortesía es una agresión», dice alguien. Existe todavía un alto grado de desconocimiento internacional acerca de las presiones, las injurias públicas, los montajes de descrédito, la apropiación de radios y espacios independientes y el hostigamiento perpetuo que el gobierno argentino ejerce contra la prensa. También del acompañamiento entusiasta de intelectuales oficiales a operaciones políticas y comerciales cuyo último objetivo es permitirle a la gestión kirchnerista una cuota mayor de impunidad. Todo suena a república bananera, y me avergüenza un poco.

Cuando me subo al avión para regresar a casa pienso en la degradación del español, en cómo el fondo y las formas tienen tanto que ver, en los errores que los periodistas debemos corregir con humildad, en cómo el Estado intenta instalar un falso relato de la realidad jugando con el dinero y las palabras, y en una frase de Auden: «Si el lenguaje está corrompido, lo que está corrompido es el pensamiento». Cuánta razón.

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