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| Lucila Castro
adital.com.br, Brasil
Viernes, 1 de agosto del 2008

OBISPAS

Cuando las mujeres ganan una nueva posición, suele empezar otra batalla, que a veces es más dura que la que les permitió conquistar ese lugar: la lucha por el nombre.


Si una cosa no tiene nombre, no existe, y la negación del derecho al nombre es el último recurso de los que se resisten al cambio. Lamentablemente, a menudo son las mujeres mismas las que no comprenden la importancia de ese derecho, y no solo no lo defienden, sino que incluso lo rechazan.

Se ha conocido en estos días la noticia de que la Iglesia de Inglaterra aprobó la ordenación de mujeres en la jerarquía episcopal y, aparte del debate que el hecho mismo ha suscitado, ya aparecieron las dudas sobre cómo habrá que llamarlas.

Algunos valientes se han atrevido con el femenino obispas, pero la mayoría de los medios han optado por el menos comprometido mujeres obispos u obispos mujeres, como si obispo fuera un epiceno, y algunos han hablado de las obispos, como si fuera una palabra de género común, de una sola terminación para los dos géneros.

Estas no serán las primeras obispas. Otras iglesias cristianas y la propia Iglesia Anglicana en otros países ya las tienen, y la misma vacilación se observa para designar a las que ya existen. En la Argentina, la primera mujer que alcanzó esa dignidad en la Iglesia Metodista eligió firmar «pastora Nelly Ritchie, obispo».

Si atendemos solamente al origen de las palabras, el femenino obispa está mejor formado que pastora, pues los femeninos en -a para los sustantivos en tor y sor son analógicos, no etimológicos. Sin embargo, los femeninos en tora y sora son muy antiguos y la palabra pastora existe desde tiempo inmemorial.

Sería ridículo negarle a la metafórica pastora que apacienta una grey (del latín grex, gregis, 'rebaño') humana el nombre que, en sentido propio, se le concede a la que guarda un rebaño de ovejas. Pero si pastora se acepta porque el uso así lo ha querido, obispa debe aceptarse porque cumple todas las reglas de construcción morfológica.

Si se usa poco, eso es porque hasta ahora no ha habido muchas oportunidades, dado que todavía hay pocas obispas, pero a las que lo son hay que atreverse a llamarlas como corresponde.

La palabra obispo, que etimológicamente significa 'supervisor, inspector', es de origen griego (epískopos), pero a nosotros nos llega, como es normal, a través del latín (episcopus). Estas palabras pertenecen al tipo de palabras en -o que regularmente forman el femenino en a, por lo que el femenino regular de obispo es obispa.

Es un caso igual al de médico, médica o hijo, hija. La única diferencia está en que las médicas llegaron después que las hijas y por eso les costó imponer su nombre. Como las obispas llegaron todavía después que las médicas, seguramente va a haber vacilación por un tiempo. Por eso es importante usar la forma correcta desde el principio, para que el uso no imponga un error.

LA NACION consultó a David George, vicario general de la diócesis anglicana de la Argentina (1) ,que personalmente está de acuerdo con la ordenación de mujeres, pero explica que la decisión corresponde a cada provincia eclesiástica y en la provincia del Cono Sur, a la que pertenece la diócesis argentina, las mujeres pueden acceder al diaconado, pero no al presbiterado ni al obispado. Pero lo dice así: «Si pueden ser diáconos, no veo por qué las mujeres no pueden ser presbíteros ni obispos».

La respuesta, sin embargo, es fácil: las mujeres no pueden ser diáconos ni presbíteros ni obispos porque los diáconos, presbíteros y obispos son varones, ya que esas palabras son masculinas. Por supuesto, George se refiere a otra cosa, no a los nombres, sino a las dignidades, pero es curioso que un hombre de iglesia use la forma diácono referida a mujeres, pues en la Iglesia antigua las mujeres podían ejercer el diaconado, y las que lo ejercían en la Antigüedad y en algunas iglesias lo ejercen en el presente se llaman diaconisas.

En cuanto a la palabra presbítero, también es de origen griego (todas estas palabras son de origen griego porque la Iglesia nació en el mundo helenístico) y también nos llega a través del latín (presbyter, presbyteri). En griego, presbýteros es un comparativo que significa 'más viejo', pero como término de respeto puede referirse no solo a la edad, sino también a la dignidad. Los comparativos en -teros hacen el femenino en a, por lo que el femenino regular de presbítero debe ser presbítera.

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