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| Nicolás Guerra Aguilar
La Provincia - Diario de Las Palmas (España)
Jueves, 20 de agosto del 2009

NORMAS Y USOS EN EL ESPAÑOL

Es el caso del indoeuropeo: de él surgen las itálicas y, de una, el latín. Esta lengua culta comenzó sus evoluciones en la Romania a partir del 476. Y al paso de los siglos (un milenio para el castellano) dio lugar a las lenguas románicas o romances.


Las lenguas que ni evolucionan ni se adaptan están condenadas a desaparecer. Se trata de entes que han de sufrir cambios al paso de los años, necesarias transformaciones para que se mantengan activos, frescos. Tal le sucede al castellano desde sus inicios: no tiene las mismas características el del siglo XIV que el actual, por ejemplo, y aquí está, más internacional que nunca o tan universal como siempre.

Pero en algunas ocasiones tales cambios son tan revolucionarios que, a partir de sus propias variedades dialectales y al paso de los siglos, aquellas devienen en nuevas lenguas. Es el caso del indoeuropeo: de él surgen las itálicas y, de una, el latín. Esta lengua culta comenzó sus evoluciones en la Romania a partir del 476. Y al paso de los siglos (un milenio para el castellano) dio lugar a las lenguas románicas o romances. O, por razones distintas, muchas de ellas se pierden (las invasiones de lenguas más estructuradas, más ricas hacen desaparecer a otras, como les pasó a las púnico-fenicias frente al latín; violencias y barbaries de los conquistadores eliminaron cientos de lenguas en América, con una estimación de cinco o seis mil vivas en 1492).

Estos fenómenos se producen a pesar de quienes pretenden mantenerlas rígidamente encorsetadas en unas normas que, a veces, no se asientan en bases científicas, sino más bien caprichosas. Porque hay algo incuestionable: las lenguas nacieron, crecieron, se desarrollaron, permanecen o desaparecieron desde miles de años antes de las Academias.

Nuestra Institución fue fundada en 1713 con la intención de elaborar un diccionario y, después, regular la ortografía, entrar en los aspectos gramaticales y matizar el léxico a partir de los autores clásicos, siglos XVI y XVII (nuestro Cairasco escribe yelo). Academia, pues, encargada de regular las normas para el correcto uso del idioma y el cuidado de su unidad («Fijar las voces y vocablos… en su mayor propiedad, elegancia y pureza»).

Pero la Academia no pretende imponer porque es consciente de que no puede ir contra la natural evolución. Lo que sí hace es estructurar, fijar. Así, cuando apareció aquel deporte llamado football intentó oponer al anglicismo el término balompié, sin éxito. Y lo que hizo, entonces, fue adaptar fonéticamente la voz inglesa, que se convierte en palabra llana terminada en «l», por lo cual ha de llevar tilde (fútbol). O recoge las creaciones a partir de otras existentes (si tomar tierra es aterrizar, tomar luna es alunizar). Y los hablantes aceptamos las innovaciones, y la Academia les da carta de oficialidad a través del Diccionario para que no haya dispersión.

Sin embargo, una cosa son las normas y otra la natural evolución de las palabras en sus significados o en sus formas. Así, el verbo «cesar» referido a personas significa 'dejar de desempeñar un empleo o cargo', es decir, el alcalde (¡quimeras!) cesó, pero no lo pueden cesar (aunque sí destituir). Sin embargo, es muy frecuente escuchar en niveles cultos (los que marcan) que tal presidente «fue cesado en el acto». No sé si el verbo amplía su sujeto porque aquí no hay político que presente su renuncia, pero ¿llegará a imponerse para los mortales y la Academia lo recogerá? Si no es moda pasajera, por supuesto que sí.

En los años ochenta la voz maratón se recomendaba como masculina. Hoy su uso como femenina se ha impuesto por los hablantes, ya es correcta «la maratón». De la misma manera que la forma arremangarse fue considerada imperfecta, aunque hoy alterna con remangarse. Igual cambio sucedió con la palabra radiactivo, única construcción aceptada hace años (en este momento puede intercambiarse con radioactivo). El leísmo impuesto hoy («Ayer le vi» -a él- en vez de «lo vi») era considerado forma popular hasta hace poco. Y decimoprimero no se aceptaba.

En conclusión: el nivel culto impone los cambios. Y la Academia los acepta. No se trata, por supuesto, de véngamos, váyamos, haiga o pieses, formas incorrectas sin discusión alguna. Pero, ¿no va algo rezagada la Academia cuando recomienda las casi inusuales formas manís o maníes como plurales de la voz arahuaca maní, pues considera propio del habla popular el término «manises»? A fin de cuentas, esta voz impera en todos los niveles (incluso en el literario, tal como lo recogen los doctores Corrales y Corbella en el Diccionario ejemplificado de canarismos). ¿No suena a «manidos» la forma maníes? ¿Y el cafelito canario?

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