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| Redacción
nortecastilla.es, España
Miércoles, 20 de enero del 2010

NEOLOGISMOS ASÉPTICOS

Existen expresiones incorporadas por eufemismo, ya sea político para no llamar a las cosas por su nombre, ya sea por el esnobismo de emplear términos puestos de moda casi siempre desde los medios de comunicación.


Entre los diferentes campos receptores de neologismos en nuestra lengua, ocupan un lugar prioritario los tecnológicos, deportivos e incluso los de la vida cotidiana, porque casi siempre se trata de introducir nuevas realidades para las que la estructura y el genio del idioma —por utilizar un término de Saussure y otro de Álex Grijelmo—, no estaban preparados. O sucede que esas realidades nos han llegado con su correspondiente envoltorio terminológico sin darnos tiempo a reaccionar y a nombrarlas propiamente en español o castellano.

El hablante entonces adapta los nuevos fonemas, y los diccionarios, especialmente el de la Real Academia Española, con su valor de oficialidad, los incorpora siguiendo más o menos los mecanismos y procedimientos fonéticos.

Esto es lo que nos ha ocurrido con términos del ámbito científico, tecnológico o económico, como software, escáner, stock, airbag, internet, inputs, leasing, trust, lobby…, incorporados todos a la última edición del Diccionario de la Real Academia Española (DRAE), la del 2001, y que podríamos traducir respectivamente como programas, dispositivo explorador de imágenes, depósitos, bolsa de aire, red de redes, entradas, arrendamiento con derecho a compra, grupo monopolístico, grupo de intereses… Lo mismo sucede con otros de procedencia deportiva, como fútbol, córner, voleibol, récord, que hacemos sinónimos de balompié, saque de esquina, balonvolea, marca; o que difícilmente traducimos, como golf, paddle, caddie, footing, sprint. Y con palabras de otros ámbitos o de la vida cotidiana, como bistec, casting, cátering, dossier, hándicap, jacuzzi, maillot, puding, ránking, show, spaguetti, espacios vips, yuppie, etcétera. En muchos de estos casos, la utilización de vocablos o expresiones extranjeras responde a puros esnobismos —término también admitido—, a la pretensión de estar al día en las novedades del mundo, que son fundamentalmente las novedades del mundo anglosajón, aunque también francés, alemán, italiano, japonés…

Existe otro grupo de expresiones, incorporadas por eufemismo, ya sea eufemismo político para no llamar a las cosas por su nombre, ya sea por el esnobismo de emplear términos puestos de moda casi siempre desde los medios de comunicación, ya sea igualmente porque algunos vocablos sufren un proceso de deterioro, desgaste o minusvaloración, que nos induce a cambiarlos y descontaminarlos, a utilizar otros más asépticos (desinfectados), mejor ambientados o embellecidos, más lights, que no es exactamente lo mismo que ligeros.

Entre los eufemismos políticos, Lázaro Carreter, Álex Grijlemo y otros autores han denunciado el uso de expresiones como daños colaterales por muertes, limpieza étnica por exterminio racial, la palabra tregua cuando no hay dos ejércitos en lucha, etcétera. También hemos oído hablar de viviendas horizontales de tipología especial, por chabolas; y de técnicos en determinadas especialidades como las de barrendero, limpieza o cualquier otro oficio no muy cualificado.

Entre los términos y expresiones puestos de moda por los medios de comunicación podríamos citar las de punto en boca, va a ser que no, ir para nada es una tontería… Otras modas pasajeras —es lo bueno que tienen las modas— ya han pasado a mejor olvido, que no vida, como fistro, molar, enrollar, virguería, chutarse, alucinar, manda trillos o huevos, ¿por qué no te callas?… Como esnobismos o nuevas acepciones habría que considerar también las reinvenciones, entre ellas chatear, que antes invitaba a tomar chatos de vino con o sin aperitivo, y ahora es hablar por Internet; chorizo, que antes olía a buen embutido y ahora se aplica a un mal ladrón; pipa que antes servía hasta para fumar por la paz y la jerga cheli la convirtió en pistola de matar… y con camello, chocolate, mercancía, kilo, galáctico y tantas otras que pronunciamos con sentido dispar.

Finalmente, deseamos llamar la atención sobre el uso de neologismos eufemísticos sustitutivos, asépticos, descontaminantes, renovadores, embellecedores o light —elijan ustedes— con los que enviamos al baúl de los recuerdos o al sobrado de las palabras, al ático, las que ya no nos gustan, como el propio vocablo sobrado, que suena a casa vieja de pueblo y por eso preferimos hablar de áticos. Lo mismo sucede con la palabra azotea, aunque se ha revalorizado algo desde que las jerarquías eclesiásticas vislumbraron la necesidad de hablar al mundo desde las azoteas, y desde que el Gran Wayoming se inventó un programa televisivo con tal término y quizás por eso no acabó de 'venderse' bien. Ya se sabe, venden más las becarias y los tratos aparentemente vejatorios.

Sucede lo mismo con el vocablo botica, que suena más a bálsamo o ungüento de Fierabrás que la palabra farmacia; con los vocablos fiambrera y tartera, inventados para llevar fiambre y tartas o tortillas, pero arrinconados ahora (término y vasija) por las tupper o tupperware de plástico; con el término torrezno, que tiene sabor añejo y ahora se vende como corteza, mucho más ligeras y artificiales; con los mojes y pringues, más grasientos que las salsas bajas en calorías; y con los moqueros y pañuelos, sustituidos hoy por kleenex de usar y tirar, aunque todavía no hayan entrado en el DRAE.

Si alguien dice que viene de la taberna es posible que nos huela a vinazo del malo; pero si sale del pub quizás pensemos que estuvo tomando un refresco mientras escuchaba una música suave o degustando un whisky de importación —el diccionario también recoge el vocablo güisqui, mucho más segoviano—.

Los viejos estancos y expendedurías de 'peninsulares' nos evocan el tabaco picado y la bronquitis del abuelo, porque antes no existía el rubio americano light, bajo en nicotina ni se advertía que fumar era peligroso para la salud y quien se moría allá él. Una colonia ultramarina es un perfume barato que nadie regalaría a su mujer o marido —hoy pareja, compañero-a, amante, ligue o vaya usted a saber—, si puede comprar un parfum de París, «c'est ça, que j'adore» —¡qué señora!—, o una esencia de Londres o cualquier fragancia de marca cara, expensive. Tampoco entramos ya en una mercería a comprar calzoncillos o bragas, existiendo slips y braguitas de lencería fina.

Las referencias inglesa water y WC, que sustituyeron a nuestras malolientes letrinas y retretes, y que han convivido con el español servicio y con el francés toilette —no incorporada al DRAE—, se han ido contaminando también y ahora suena mejor decir que vamos al excusado, al aseo o simplemente al lavabo; todos lugares muy hispanos y asépticos, afortunadamente.

En fin, es una cuestión de contaminación olfativa y lingüística, de asepsia y de modas, que el tiempo devuelve a sus estancias; pero que viven mientras tanto en la gloria del habla y del diccionario.

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