Noticias del español

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| José María Peña Vázquez
hoy.es, España
Lunes, 4 de octubre del 2010

MÁS QUE PALABRAS

LAS palabras nos definen.


No me refiero a las palabras que se nos dirigen o a las que tratan de fijar nuestra identidad. Me quiero ocupar ahora de palabras que utilizamos para la comunicación con otros, a nuestro vocabulario. Es notorio que en los tiempos que corren, este está fatalmente influido por los medios de comunicación, especialmente la televisión, Internet y prensa escrita; también por la radio. Estos medios, sus modismos, giros, extranjerismos y demás vicios del léxico tienen mayor proyección en nuestra labia que el que en tiempos pretéritos correspondía a la literatura y la conversación, si bien cabe señalar cómo la literatura está muy influida aún hoy por sí misma. Unos y otra imponen nuevas jergas, bien incorporando términos en desuso, bien torciendo su académico significado, bien extrapolando su empleo de una rama de actividad a otra diferente y no siempre apropiada. Todo ello sin referirnos a las necesidades de innovaciones técnicas venidas de fuera, y sin aludir a las germanías o argot de grupos minoritarios marginales, ni a actividades populares socialmente como puedan ser los deportes y el fútbol en particular.

Me contento aquí con dar una decena de términos de uso corriente, señalados por la popularidad injustificada o por la impropiedad de su empleo. Empezaré por los abusos en la literatura de hoy tanto nacional como traducida. Me sorprende, así, cómo se repiten las palabras obstinado y obstinación casi nunca substituidas por sus sinónimos, pongamos por caso tozudez, terquedad o fanatismo, si acaso se ve emplear determinación que da síntomas de parecida repetición. De empleo frecuente es mansarda, galicismo con equivalente castellano buhardilla, pero que otras veces se refiere a construcciones que no corresponden a las debidas al arquitecto Mansart, del que procede el sustantivo. Nuestra literatura popularizó afán y recóndito, ambos debido a su empleo insistente por Luis Landero en su primera novela, Juegos de la edad tardía. Ambas palabras han tenido un renacimiento en la literatura posterior, y fuera de ella, por el empleo acertado de nuestro escritor. Derivado del empleo literario con uso en el mismo género es «el efecto doppler». Fue el escritor estadounidense Wallace Stegner el primero que yo sepa que aludió a esa ley de la Física según la cual el tono de un sonido emitido por una fuente sonora que se aproxima al observador es más agudo que si la fuente se aleja. Stegner se refiere a este principio como metáfora del influjo distinto del pasado y el futuro en el presente, en su novela Ángulo de reposo, en 1971. El mismo uso hizo Jesús Ferrero en su novela de 1990, precisamente titulada El efecto doppler. ¿Coincidencia querida o casual? Otro sustantivo que se repite literariamente y que empieza a calar en otros ámbitos es veranda. No hay traducción que no la incluya si ha de referirse a cualquier ajardinamiento en un patio o circundante a una casa. El fútbol ha exportado a otros ámbitos el sustantivo sensación cuando se quiere hablar de ánimo, actitud o impresión.

Para el final, propongo que reflexionemos sobre el abuso del vocablo interactividad en Internet y su entorno y en las comunicaciones telefónicas. La palabra quiere expresar la relación entre un sujeto y una máquina parlante más o menos instruida, dicho sea así para no hablar con pedantería de máquinas inteligentes. Todos sabemos cómo cuesta atender a las indicaciones de un aparato, a través del teléfono, de si quiere esto, marque el 1; si desea esto otro marque el 2; sin que atienda un operador. Baste una anécdota para comprender la aberración de esos diálogos cibernético: llamé una vez al teléfono de atención al cliente correspondiente porque me habían cobrado dos veces un mismo billete de avión y me encontré por una vez con una respuesta automática tan útil como insospechada: marque el 5, si le hemos cobrado dos veces; y el contestador ni se inmutó, debía ser algo frecuente.

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