Noticias del español

| |

| Miguel Ángel Santos Guerra
laopiniondemalaga.es, España
Jueves, 17 de diciembre del 2010

MACHISMO LINGÜÍSTICO

Sé que hay que respetar la gramática y el diccionario y la sintaxis. Pero sé también que lo que no se nombra no existe. Sé también que hay que hacer visibles a la mujeres a través del lenguaje. No podemos olvidar que fueron hombres quienes hicieron la gramática


Frecuentemente nos golpean noticias de maltrato contra las mujeres. Cuando llega este momento, nos aflige el dolor y nos invade la rabia. Pero pronto volvemos a la tranquilidad, hasta que un nuevo golpe nos despierta de la indiferencia y el olvido.

– Qué horrible, otra mujer asesinada por su pareja, decimos.

Pero, ¿qué hacemos más allá de lamentarnos? Porque, entre todos y entre todas tenemos que detener ese brazo que golpea y golpea sin piedad. Y, ¿cómo podremos hacerlo? Pues muy sencillo y muy difícil a la vez: acabando con la terrible lacra del machismo. Lacra que no desaparece por decreto ley, aunque las leyes sean necesarias. La sociedad no cambia por decreto, reza el título de un libro de Michel Crozier. En efecto, ¿puede cambiar una ley las concepciones y las actitudes de las personas?

Hay que combatir todas las formas en las que se manifiesta el sexismo, porque de él nace la violencia, la discriminación y el horror de los asesinatos. Por eso me entristecen (esa es la palabra exacta) esos artículos machistas que critican con buena carga de sorna, el uso no sexista del lenguaje, Ya sé que al decir hombres incluimos a hombres y a mujeres. Ya sé que al decir niños podemos referirnos genéricamente a niños y niñas. Pero no me dejará de reconocer el lector (o lectora) que en ambos casos silenciamos a las mujeres y a las niñas. Es indiscutible que, a través del lenguaje, se hacen invisibles. Por eso hay que referirse explícitamente a ellas. No me hacen gracia sus bromas, señor Pedro Jota (¿o será Pedro Joto para seguir sus derroteros de mordacidad?). No me gusta su estilo insensible a estas cuestiones, señor Pérez Reverte. Y no creo que se hagan más contundentes sus opiniones por utilizar unos términos gruesos y unas descalificaciones hirientes. No me hace ninguna gracia que usted califique el lenguaje no sexista como «una soplapollez». No me gusta, señor Jiménez Losantos ese desprecio que usted muestra al Ministerio de Igualdad, a la ministra y a las causas que plantea desde una cartera imprescindible. Me molestan sus palabras despectivas, señor Juan Manuel de Prada, por ejemplo cuando dice que «se necesitan vocablos nuevos para designar a esas mujeres que sólo alcanzarán la felicidad satisfecha de los lacayos cuando sienten que les crece una miembra virila entre las piernas» (ABC, 3/2/2007).

Utilizar un lenguaje no sexista no es capricho, no es un intento de despreciar el diccionario y la gramática, es una exigencia de la lógica y e la justicia. Hay que conectar ese hecho, aparentemente menor, con la atrocidad del asesinato de las mujeres. Ya sé que no se puede establecer un nexo causal directo, pero sí se puede decir que ese árbol maldito que regamos de mil formas va dando frutos envenenados. Las gotas del lenguaje sexista, de los gestos discriminatorios, de las bromas procaces, de la falta de respeto van haciendo crecer y fructificar el árbol del sexismo. Si no lo hiciésemos así acabaría por secarse y pudrirse para siempre.

Sé que hay que respetar la gramática y el diccionario y la sintaxis. Pero sé también que lo que no se nombra no existe. Sé también que hay que hacer visibles a la mujeres a través del lenguaje. No podemos olvidar que fueron hombres quienes hicieron la gramática, la sintaxis y los diccionarios. Cuando decimos que los adjetivos tienen que concordar con el sustantivo «por el género noble», ¿a qué género nos estamos refiriendo? Obviamente, al género masculino. ¿Por qué es ese el género noble? Porque lo decidieron así quienes crearon la norma.

No me gusta el efecto que produce sobre el lenguaje su uso no sexista. Lo hace más farragoso y menos elegante. Pero creo que, ante dos principios que chocan, ante esa disonancia lingüística, debe prevalecer el principio más noble, ahora sí. Es decir el que está del lado de la equidad.

Remito al lector (o lectora) al excelente artículo de la profesora Olga Castro Vázquez «Rebatiendo lo que otros dicen del lenguaje no sexista», publicado en gallego en la Revista Festa da Palabra Silenciada en el número monográfico O verbo patriarcal.

Una a una (hasta once) va desmontando las acusaciones que los detractores (también hay alguna detractora, por supuesto) del lenguaje no sexista formulan manifestando una inequívoca actitud sexista. Mencionaré sólo alguno de sus argumentos.

Utilizar y defender un lenguaje no sexista es una cuestión importante porque pensamos con palabras y categorías gramaticales e imaginamos la realidad a través de la representación cognitiva que hacemos de ella mediante el lenguaje. No es, pues, una cuestión menor hacer visibles a las mujeres cuando se habla o se escribe. Reducir el lenguaje no sexista al que llena el texto de arrobas, barras, guiones, paréntesis, palabras inexistentes o dobles, entorpeciendo el texto y creando un lenguaje antinatural es una agresión es una ridiculización y una simplificación inadmisible.

Decir que hay cosas más importantes por las que preocuparse no es más que una excusa sin fundamento. En primer lugar porque el uso no sexista del lenguaje no es incompatible con la lucha contra otras formas de discriminación como la violencia doméstica, la desigualdad salarial o la negación del derecho al aborto… No es cierto que el lenguaje no sexista sea antinatural ¿Qué es un lenguaje antinatural? El lenguaje no es fenómeno estático e inamovible y por supuesto, ajeno al uso. Es una construcción humana que refleja concepciones, actitudes y valores (frecuentemente los dominantes). Es un constructo social y una cuestión de hábito que puede cambiarse y que de hecho se cambia.

Muchas palabras que antes sonaban mal o, sencillamente, no sonaban, son hoy tan «naturales» como otras de uso secular. ¿A quién le sorprende hoy hablar de médicas, arquitectas, juezas y abogadas? ¿Por qué dentro de un tiempo no va a suceder lo mismo con otras palabras como miembra o fiscala?

El lenguaje no sexista no es contrario a la economía del lenguaje. No es necesario escribir textos como éste: «Los empleados y las empleadas gallegos y gallegas están descontentos y descontentas por… ». Estas expresiones invitan a la ridiculez. No se trata de escribir así sino de forma que se haga pensar en la representación de las mujeres y hombres en la lengua. Por ejemplo: «Las empleadas y empleados de Galicia están descontentos porque fueron instados, e incluso obligados a declararse personas católicas». Es otra cosa.

El uso no sexista del lenguaje es una forma más y no de escasa importancia para poner freno a ese terrible monstruo que devora a las mujeres.

¡Hola!

¿Has buscado tu consulta?

Si no la encuentras, rellena nuestro formulario: