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| Agencia Efe

Los periodistas se equivocan cuando «se visten de boda»

¿Por qué tantos periodistas, personas que en su vida ordinaria usan un lenguaje correcto, desbarran cuando están ante un micrófono o una cámara y dicen deflagrar por explotar y vergonzante por vergonzoso, argumento por noticia y «loqueesel» por el? El catedrático de Lengua Española y académico José Antonio Pascual lo explica diciendo que «se visten de boda».

«Vamos por la calle y dices: esta señora va de boda, se pone horrible». Eso mismo, cree, pasa ante un micrófono: «hay un escenario que te hace poner nervioso y elegir lo raro».

Por eso, los errores más frecuentes no son usar vulgarismos o un lenguaje muy pobre. Al contrario, la comunicación se llena de cultismos mal utilizados.

El «ponerse de puntillas para parecer más», que dice Pascual, lleva a usar climatológico por clima, a confundir cancerígeno con canceroso y a decir que tal partido político «hizo una exhibición vergonzante de su dureza», como si exhibición y vergonzante fueran compatibles.

Olvidan que sin intento de ocultación nada es vergonzante, que un enamorado puede serlo, por mucho que el amor no sea vergonzoso. Y que el autor de un «pelotazo» inmobiliario orgulloso de su fortuna nunca será vergonzante, por muy vergonzosa que nos parezca el origen de su riqueza.

Pascual atribuye esta confusión de sufijos a que «no hay una estructura muy amplia de palabras. Y quien está ante el micrófono cree que si dice lo raro queda mejor, sobre todo si tiene el aval del inglés o lo usan los psicólogos o los economistas».

Argumento es un ejemplo de palabra sacada de otra disciplina prestigiosa, la creación literaria, para sustituir a noticia. Da igual que en la vida diaria a nadie se le ocurra decir: cariño, tengo que darte un mal argumento, he escacharrado el coche.

«Yo creo —opina Pascual— que argumento empezó huyendo del exceso de tema. Pero, claro, hay que evitar la palabra normal. Yo intenté cambiar la cocina y recuerdo que hablaban de ponerme unos conceptos».

«Todo esto refleja cursilería. Francisco Rico decía que la lengua es como vestir. Tienes que intentar que no se te note».

Cursilería que convirtió al portugués Paulo Futre en Paolo, acentuando la primera o, como si fuera italiano, y que lleva al neologismo «loqueesel». Dice el cocinero: «cogemos lo que es…» y uno piensa ¡Anda, una lección de filosofía en la cocina¡ pero a continuación el cocinero añade: «el pollo».

Entonces, supones que la frase completa será «lo que es el pollo, aunque parezca una vaca», por ejemplo, pero no, se trata de un pollo con total aspecto de pollo.

«Si en vez de hacer, dice Pascual, se dice practicar —practique usted un orificio— es porque se tiene interés en ponerse estupendo y ¿cómo decir el que tiene el poder? Hay que decir el que detenta el poder, porque tiene es vulgar y detenta…»·

LA Z DE ZAPATERO

Todo lo contrario ocurre con la Z de Zapatero, la de Madriz y sinceridaz. Ese vulgarismo del que el presidente del Gobierno ha hecho «virtuz» no es un capricho personal sino un regionalismo, aclara Pascual.

«Esa z existe, es un uso leonés… Tendrá gracia o no, pero alguien de León, de Salamanca, de Zamora dice, Valladoliz y en efezto o en el azto. Otra cosa es que no pase nada por corregirlo. Yo lo he corregido y no he tenido que ir al psiquiatra por eso».

Error frecuente es la supresión del artículo en expresiones como «en Moncloa han decidido» o «En Zarzuela piensan…» Pascual opina que se pretende «ganar en familiaridad. Yo diría en La Zarzuela, pero no olvidemos que el artículo él es un pronombre demostrativo que en principio significaba aquel».

«En aquel sitio de la Moncloa establece lejanía. Yo nunca podré decirlo, pero si fuese un senador o el propio presidente del Gobierno sí diría «voy a Moncloa».

Es la misma razón del tuteo a los políticos, extendido en la Transición. «Era —según Pascual— como quitar una barrera. Todas estas cosas tienen causas profundas, responden a hechos sociales más fuertes que la pura equivocación».

Ganar cercanía es perder distancia. «Y uno tiene derecho a acercarse y a distanciarse. Perder la distancia es creer que tienes derecho a tocar la barba de la persona».

«Esta tendencia perdurará porque todo el mundo tiene interés en parecer un buen conocedor. Quizá los medios nos llevan a sentirnos más protagonistas porque creemos conocer más lo que ocurre, cuando es falso».

José Antonio Pascual piensa que el mal uso del lenguaje no es intrascendente. Si se pierden matices «aumenta la agresión, porque tienen que ver con el acuerdo. Si unos quieren una cosa y otros otra, hay que negociar, y eso se hace con sutileza. A medida que pierdes sutileza vas fomentando las verdades totales, la imposibilidad de matices entre el blanco y el negro. El fascismo entra cuando dos personas no pueden negociar: “!Tú te callas¡”. Es gravísimo perder esa sutileza».

El catedrático de Lengua considera cursi e inútil el uso de la variante masculina y femenina en la conversación, el «ciudadanos y ciudadanas».

«Es evidente que si yo digo en una clase los alumnos me refiero a todos. La lengua es ambigua y el contexto es el que aclara. En la lengua no pasa nada por discrepar y por forzar y por intentar negociar, pero obligarnos a decir los chicos y las chicas…»

En cuanto a los topónimos, considera difícil de evitar la tendencia a denominar las localidades por su nombre oficial. «Es un asunto de concordia. He terminado acostumbrándome a Fuenterrabía y Hondarribia, en la que además ha habido una castellanización perversa porque Hondarribia no tiene nada que ver con fuente, aunque lo de Santurtzi a Bilbo… lo veo muy fuerte».

«Yo aún no escribo Girona pero me voy acostumbrando. Soy miembro del Institut d’Estudis Catalans y allí lo digo a mi manera. Influye quién está a mi lado; por un asunto de libertad, digo lo contrario de lo que quiere el otro. Pero esto se va a imponer, porque cuando hay una norma gubernamental es absurdo dar la batalla».

«Nosotros decimos autovía ¿por qué? Porque cuando un boletín oficial dice una autovía es esto y una autopista es esto, yo voy por la autovía o por la autopista. Lo ha definido el ministerio y no hay más cáscaras. En esto, la lengua la hace el Boletín».

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