Noticias del español

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| Óscar Domínguez Giraldo
La Patria (Colombia) - Manizales, Colombia
Jueves, 12 de abril del 2007

LOS NINGUNEADOS DE LA LENGUA

Los que estuvieron en alguna de las dos ciudades, o en ambas, echando paja alrededor del español, están que no caben en el cuero. Si se caen de su ego, incurrirían en suicidio involuntario.


Así como en la Última Cena sólo doce se bebieron y comieron a Jesús, no todo el mundo asistió en los recientes eventos de Medellín y Cartagena convocados alrededor de una dama con quien todos querían bailar, robarle un beso, acosar sexualmente, pedirle autógrafo, tomarse una foto, invitarla a almorzar: la lengua.

Hace poco, los colombianos nos dividimos en dos: los que estuvieron, y quienes no formamos parte de ningún sanedrín que nos permitiera tutearnos con los Reyes y demás cacaos y cacaas que coincidieron con sus egos en Macondo.

Los que estuvieron en alguna de las dos ciudades, o en ambas, echando paja alrededor del español, están que no caben en el cuero. Si se caen de su ego, incurrirían en suicidio involuntario.

A quienes seguimos los congresos por televisión o a través de los diarios, nos examinan con la mirada perpleja de los voyeristas, esos bichos silenciosos en cuyos ojos cuelga una manifestación de cucos.

Esos privilegiados nos tienen lástima. Nos ven en la calle y cambian de acerca. ¿Cómo así que no aparecemos en los privilegiados computadores oficiales que cursan las invitaciones? Pobres anónimos, concluyen.

Les preguntan por el estado del tiempo y responden que «lo que se vivió fue una segunda independencia del yugo español: no más imposiciones gramaticales desde Madrid, joder».

Algún arribista asegurará que le explicó a García de la Concha, presidente de la Real Academia Española, el significado del esotérico Himno Nacional, por ejemplo, aquellos versos que dicen: «La Virgen sus cabellos arranca en agonía, y de su amor viuda, los cuelga de un ciprés».

Piden un tinto y le cuentan al mesero que en adelante el mundo hablará de la Gramática de Medellín. En ese libro quedará claro que tan poetas son los hombres como las mujeres. Nada de llamarlas poetisas para pordebajiarlas.

Dan una avara limosna a regañadientes en el semáforo o en alguna misa en la Catedral, aseguran que es falso que en Colombia hablemos el mejor español. Y hacen suyas las palabras de César Molina, director del Instituto Cervantes: «Sólo hay modalidades del idioma».

Envalentonados por haber resucitado la corbata o la guayabera para lucirla delante de sus graciosas majestades, defienden la ortografía como el traje de luces de las palabras, y mencionan al paleolítico y dalítico Belisario Betancur, quien proclamó para la inmortalidad del bronce: «La ortografía no se jubila». Y levitó como Remedios, la Bella.

Tienen para contarles a bisnietos y choznos, que escucharon de boca del Nobel García Márquez la sencilla receta para ganarse un Nobel escribiendo bien: suficientes las 28 letras del alfabeto y los dedos índices de chuzógrafo, porque en mecanografía el cataquero nunca fue más allá.

Se dan besitos de felicitación por haberse quedado sin pa’l bus con tal de retratarse al lado de Bill Clinton. Para parecerse a García Márquez, los más audaces coronaron botón con la imagen de la candidata Hillary por quien votarán a distancia, con las ganas.

Juran ante notario que Gabo, abrazándolos en algún exclusivo foforro en su casa cartagenera, les contó que sus musas volvieron y que reiniciará la escritura de su autobiografía.

Menos mal, la Semana de Pascua nos ha igualado a todos por lo bajo, y hemos vuelto a ser los mismos con las mismas.

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