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| Agencia Efe

Los cien años del filólogo y académico Rafael Lapesa

Maestro de varias generaciones de filólogos, sabio y generoso, Rafael Lapesa, el centenario de cuyo nacimiento se celebra hoy, era «un héroe de la inteligencia», como solía decir de él Dámaso Alonso, y su magisterio se extendió por España e Hispanoamérica.

«Era un caso excepcional como profesor y como persona», asegura en declaraciones a Efe el lexicógrafo y académico Manuel Seco, uno de los discípulos más importantes de Lapesa, cuya obra fundamental, Historia de la lengua española, de 1942, «no ha sido superada por ninguna otra».

Nacido en Valencia el 8 de febrero de 1908, Lapesa dejó un recuerdo imborrable entre los centenares de discípulos que tuvo, quizá porque, como dice Seco, no se guardaba para sí «su gran sabiduría» sino que «todo lo comunicaba y hacía un esfuerzo máximo en llegar a los alumnos».

La exigencia en el estudio y en la investigación la aprendió de Ramón Menéndez Pidal con quien trabajó durante años en el Centro de Estudios Históricos, primero como becario, nada más licenciarse con 19 años en Filosofía y Letras en la Universidad de Madrid, y a partir de 1929, como colaborador, una categoría que conservó hasta que fue disuelto el Centro, al final de la Guerra Civil.

Menéndez Pidal, director del Centro, le encargó la preparación de un glosario del primitivo léxico iberorrománico, que estaba destinado, recuerda Manuel Seco, a ser un segundo volumen de ‘Los orígenes del español'” del gran filólogo e historiador gallego.

En 1936, Lapesa había llegado en una primera redacción hasta la letra r. La guerra le obligó a interrumpir el glosario, que alternó a lo largo de su vida con otras investigaciones que quedaron reflejadas en más de 200 libros y artículos.

Cuando trabajaba en la redacción definitiva del glosario, le sorprendió la enfermedad que lo condujo a la muerte, el 1 de febrero de 2001. Sólo dejó terminada la letra A.

En el 2003, la Real Academia Española, a la que Lapesa pertenecía desde 1950, y la Fundación Menéndez Pidal publicaron la primera redacción del Léxico hispánico primitivo, bajo la dirección de Manuel Seco.

Como ha recordado en más de una ocasión Víctor García de la Concha, director de la RAE, durante la guerra Lapesa hizo denodados esfuerzos para custodiar los fondos del Centro de Estudios Históricos, y cuando los brutales bombardeos de la aviación amenazaban el edificio, trasladó al sótano los ficheros y los originales que corrían más peligro.

Antes de la guerra, Lapesa fue profesor en la Universidad, donde «los grandes maestros de la Filología española en aquel entonces, Menéndez Pidal, Américo Castro y Tomás Navarro, le encomendaron unos cursos», señala Seco.

Al terminar la contienda, Lapesa fue depurado y, aunque tenía plaza en propiedad en Madrid, «lo desterraron a institutos de provincia», añade el autor del Diccionario de dudas y dificultades de la lengua española y director del monumental Diccionario del español actual.

En 1947 ganó la cátedra de Universidad que había sido de Américo Castro, comenta Seco, que tuvo «la suerte de ser uno de los primeros alumnos» de Lapesa como catedrático de Gramática Histórica en la Facultad de Filosofía.

«Como profesor era de una entrega total a los alumnos. Decía Castro que, por atender a los demás, Lapesa sacrificó muchas veces sus propios trabajos, y era verdad».

«Cuando ponía un examen escrito, los leía en profundidad y anotaba al margen observaciones y recomendaciones de lecturas. Un ejercicio de un alumno corregido por Lapesa era tan valioso como una clase suya». «Era un caso único de generosidad», subraya Seco.

Como a Lapesa lo declararon no apto para ir al frente, en plena guerra empezó a escribir su obra fundamental, Historia de la lengua española, a la que él solía referirse como «un librito de iniciación», aunque reconocía que la había escrito «para hacer algo por la España de todos».

El próximo mes de mayo, se le rendirá un homenaje importante en Valencia para conmemorar su centenario.

Lo organiza la Biblioteca Valenciana, que conserva «todo el legado del filólogo de una manera ejemplar», y participarán muchos discípulos de quien fue sin duda «uno de los grandes filólogos españoles y una persona de un sentido ético difícil de encontrar». «Como Lapesa, ninguno», concluye rotundo Seco.

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