Noticias del español

| |

| María Luisa García Moreno,
Publicaciones digitales La Tecla y Cubaperiodistas, Cuba
Septiembre del 2008

LO MÍO PRIMERO: USO DEL ESPAÑOL

Muchos continúan pensando que el mejor español es el que se habla en Madrid y con ese criterio imitan el léxico de esta comunidad; pero los tiempos han cambiado...


Mucho se habla de la necesidad de cuidar el idioma y también se debate acerca de si los cubanos hablamos —y escribimos— bien el español, tema de gran importancia para los comunicadores.

Dos consideraciones al respecto es necesario tener en cuenta: primero, cuando nos referimos al uso del español en Cuba debemos deslindar con cuidado hasta dónde hablamos propiamente de la realización de la lengua y hasta dónde de problemas de educación formal; segundo, cuál es el paradigma que consideramos como correcto.

No quiero extenderme acerca de los problemas de educación formal que no son idioma; aunque no puede obviarse el hecho real de que la lengua es también reflejo de nuestra conducta social. Como bien expresó Nuria Gregori Torada, directora del Instituto de Literatura y Lingüística: «El descuido, la chabacanería, la violencia verbal, fenómenos hoy lamentablemente tan extendidos, son hechos de conducta social que debemos rechazar todos: la familia, la comunidad, la escuela, los medios de difusión»1.

Sin embargo, quiero profundizar en lo relacionado con el paradigma. Hasta hace relativamente poco se consideraba como tal, el habla culta madrileña; pero ya está claro para todos que la inmensa mayoría de los hispanohablantes vivimos del lado de acá del océano y también que cada comunidad tiene su propia variante del español y dentro de ella, su propio paradigma.

La Real Academia Española de la lengua se apresta —cada vez más— a aceptar en el léxico oficial los americanismos surgidos en las diferentes variantes habladas por los pueblos latinoamericanos; las academias de los pueblos del lado de acá del océano desempeñan un papel más activo en lo que a la aceptación de su léxico se refiere, todo lo cual implica un reconocimiento más pleno de nuestras identidades nacionales y de nuestra contribución al enriquecimiento de la lengua común. «[…] Está definido —ha dicho la doctora Gregori— que el 'mejor español' es el que hablan y escriben los hispanohablantes instruidos de Madrid, Guantánamo, Sevilla, La Habana, Buenos Aires, Caracas, México DF, Valparaíso, Managua, San Juan, Santo Domingo, Bogotá, Cartagena de Indias…»2.

Entonces, ¿por qué insistimos en imitar la variante española? El cubano —alegre y jaranero, pícaro y simpático, imaginativo y vivaz— se muestra de cuerpo entero en su forma de hablar, reflejo inequívoco de esa idiosincrasia. Nuestra variante del español es popular —como lógico reflejo de nuestra real y verdadera democracia— y siempre pintoresca… De ahí los ocurrentes piropos, la fraseología popular, el reflejo de nuestro sistema sociopolítico en la lengua que, de esa manera, contribuimos a enriquecer.

De ahí que hayamos creado palabras derivadas de siglas —procedimiento inédito— como cederista y anirista. De ahí que hayamos logrado la aceptación de voces como desertificación —que aparece ya en el diccionario de la RAE— o policlínico y beisbol (así, sin tilde) —que aparecen en el Breve diccionario de la lengua española, elaborado por el Instituto de Literatura y Lingüística y publicado por la Biblioteca Familiar—. De ahí, que en nuestro español se conjugue el verbo liderear —recogido en el Léxico Mayor de Cuba, de Esteban Rodríguez Herrera, publicado en 1959— y se use mucho más que liderar.

Nosotros no tenemos lengua autóctona que defender —nuestros nativos fueron exterminados en un genocidio bárbaro y apenas quedan un puñado de voces incorporadas a nuestro léxico—, situación bien diferente de la que enfrentan los habitantes de la América continental —las 1500 lenguas y dialectos indígenas que existían en América a la llegada de los españoles han ido desapareciendo a lo largo de los últimos cinco siglos—; sin embargo, sí tenemos nuestra idiosincrasia, nuestra propia y muy definida identidad nacional, una de cuyas manifestaciones más significativas es, precisamente, nuestra manera de hablar, nuestra peculiar forma de realizar el idioma.

Es hora de que todos, y en especial los comunicadores, aprendamos a defender nuestra variante —aun cuando no esté recogida en diccionarios, que no es el caso de los ejemplos citados— y digamos desertificación, policlínico, beisbol, pícher, cácher, jonrón, liderear, video, computadora y tantas otras voces que integran nuestro léxico.

El español de hoy se caracteriza, precisamente, por su gran diversidad léxica y son las normas —ortográficas y gramaticales— las que le confieren unidad. Estemos conscientes de ello y hablemos, sin temores ni complejos, nuestro español.

Notas:

Nuria Gregori: En el Día del Idioma. En Granma, 23 de abril del 2008.

¡Hola!

¿Has buscado tu consulta?

Si no la encuentras, rellena nuestro formulario: