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| Redacción
larioja.com, España
Domingo, 3 de octubre del 2010

LIMPIA, FIJA Y DA ESPLENDOR

La Real Academia Española cumple hoy 296 años desde su fundación oficial por orden del rey Felipe V.


Que alguien al hablar se exprese bien o mal es relativo. La diferencia la establecen las normas y las normas dicen que habla bien quien habla como lo hacen los hablantes cultos de un país o territorio y habla mal o utiliza mal el lenguaje quien no se expresa como lo hace ese grupo social. A partir de la forma de expresarse de los cultos dictan sus reglas las instituciones encargadas en cada país de velar por la pureza del lenguaje. En el nuestro tiene esta misión la Real Academia de la lengua o Real Academia Española pues por ambos nombres se la conoce. Pero la Academia de la Lengua no dicta las normas de uso del lenguaje sino que institucionaliza vocablos y expresiones a medida que aquél evoluciona. Por eso es fácil percibir la influencia de otras civilizaciones sobre la que se supone que era la autóctona de la península Ibérica. De esto dan idea algunos nombres propios. Claudio procede del latino Claudus y significa 'cojo'; Rufino tiene también origen latino y quiere decir 'rojo' o 'bermejo'. Pedro viene del latín piedra; Jorge, del griego Georgios y significa 'agricultor'; Elena, también del griego Helene, 'luz'; Juan, del hebreo y significa 'Dios es benéfico'; Fernando y Carlos proceden del germano y respectivamente quieren decir 'atrevido en la guerra' y 'hombre fuerte'.

Con el uso de nuevas palabras se fue ampliando el lenguaje básico original; palabras y palabras que han conformado lo que hoy es nuestro actual idioma. Evidentemente este proceso es dinámico y así se irán incorporando nuevas palabras como consecuencia de la evolución en la manera de comunicarse un pueblo entre sí. Cuando eso sucede, es decir, cuando la sociedad incorpora nuevos vocablos y estos cuajan hasta instalarse con suficiente firmeza en la comunicación de la sociedad la Academia los institucionaliza. Por esta razón la Real Academia de la lengua añadió por ejemplo en su día la palabra barrabasada con significado de 'travesura' y origen en el nombre de un delincuente judío llamado Barrabás o chauvinismo (sinónimo de 'vano patriotismo') por Nicolás Chauvín, masoquista por Sacher-Masoch y pasteurizar por Louis Pasteur. Por supuesto que la inclusión formal en el Diccionario de la Academia de nuevas palabras siempre se realizó porque su uso lo hizo conveniente. Sin embargo la inclusión de vocablos nuevos no es toda la misión de los académicos, sino sólo una parte de su cometido.

Todo empezó con ocho sillas

La Real Academia de la lengua nació con el fin de cultivar y velar en su más amplio sentido por la riqueza y pureza del idioma castellano. Se fundó en Madrid por Real Orden de Felipe V el 3 de octubre de 1714 aunque oficiosamente venía funcionando desde un año antes. Es la más antigua de todas las academias reales españolas. Como todas las instituciones tiene su historia y su anécdota. Su nacimiento se debe al empeño de Juan Manuel Fernández Pacheco, Marqués de Villena. Un buen día de principios de 1713 reunió éste en su propia casa a varios amigos, escritores más o menos conocidos en los círculos especializados de la época. Entre todos ellos hicieron realidad la Academia. En el grupo había un fraile, catedrático de hebreo en Salamanca y autor del libro Pictor Christianus Eruditus, llamado Juan Interian de Ayala; un coleccionador de las Crónicas de Indias, Andrés González de Barcia; dos jesuitas profesores del Colegio Imperial llamados Bartolomé Alcázar y José Casani; el bibliotecario del Rey, Diego Dongo Barnuevo; Juan Ferreras, Gabriel Álvarez de Toledo, Vicente Squardafigo y el duque de Montellano, al cual se debe la creación del lema de la Academia. Tras varias reuniones fue el propio marqués de Villena quien normalizó las sesiones a partir del 6 de julio de 1713, fecha en la que se celebró la primera junta formal, que quedó constituida con 8 titulares (8 sillas). Antes de finalizar aquel año ya eran 14 sus miembros. El paso siguiente consistió en conseguir del Rey la sanción correspondiente a la solicitud que el propio marqués de Villena cursó. Tenía Pacheco con el monarca una estrecha relación y ostentaba varios honores nobiliarios. Además de Marqués de Villena era Duque de Escalona, Virrey de Cataluña, de Navarra, de Aragón, de Sicilia y de Nápoles. Y sobre todo tenía suficiente vinculación con Felipe V para tener garantías de éxito, pues además de ser su mayordomo había luchado con él en la Guerra de Sucesión. Así pues, el Rey sancionó la fundación de la Academia el 13 de mayo de 1714 y por una Real Orden de 3 de octubre del mismo año la academia inició su andadura bajo la presidencia del propio Fernández Pacheco.

Uno de los privilegios de la institución era el de poder publicar sus obras sin censura previa. Los estatutos originales nos dan idea del nivel de intencionalidad de sus fundadores: «. cultivar y fijar la pureza de la lengua castellana, desterrando todos los errores que en sus vocablos, en sus modos de hablar o en su construcción ha introducido la ignorancia, la vana afectación, el descuido y la demasiada libertad de innovar», decía el texto inicial. Luego se aprobó la propuesta del duque de Montellano para definir con un lema el objetivo de la Academia. Un crisol y la frase: «Limpia, fija y da esplendor». Puede parecer hoy una frase jocosa, nada ocurrente e incluso impropia de algo tan serio, pero la feliz ocurrencia permanece aún como seña de identidad.

Sillas con nombre de letra

Juan Manuel Fernández Pacheco fue un empecinado entusiasta de la idea y el alma de la Academia hasta el final de sus días. Durante 40 años las juntas se celebraron en su casa y él fue su primer director. En 1793 tuvo la Academia sede oficial en una casa de la calle Valverde y en 1894 pasó al edificio número 4 de la calle de Felipe IV, que sigue siendo su sede.

Originalmente fueron 24 las personas en las que recayó el comprometido privilegio de velar por la lengua castellana. Cada cual tenía su lugar en la Academia, su sillón. A cada asiento le correspondía una letra mayúscula del abecedario, de la A a la Z, excluidas la LL, la Ñ y la Y; es decir, 24. En 1847 hubo una reforma de estatutos elevándose a 32 los académicos numerarios. Más adelante, en 1914 se fijaron en 36 que eran, además de las 24 letras mayúsculas, las 12 primeras, de la a hasta la l (ele) en su versión minúscula. Y a partir de 1982 se inició una ampliación paulatina del número de académicos mediante la utilización de las minúsculas restantes hasta llegar a la letra u, con lo que hoy son 46. Naturalmente los académicos de número han sido elegidos siempre entre personas relevantes bien por su condición de escritor, bien por sus estudios de la lengua castellana.

Desde su creación la Academia ha editado diccionarios y gramáticas entre las que destacan: Diccionario de la lengua castellana en 6 volúmenes (1726-1739), también conocido por Diccionario de Autoridades. Dos años más tarde editó la Ortografía, en 1771 vio la luz la Gramática de la Lengua Española y en 1780 el hoy conocido Diccionario de la Lengua Española, obra definitiva que se reedita a medida que las modificaciones lo aconsejan. Sin embargo su catálogo editorial es más extenso.

En el siglo XX tuvieron lugar varias modificaciones estatutarias. Destaca el Real Decreto de 26 de noviembre de 1926 por el que se elevó el número de académicos numerarios a 42, de los cuales ocho —decía el mismo— «deberán distinguirse notablemente en el conocimiento o cultivo de las lenguas españolas distintas de la castellana». Y concretaba: «2 miembros para el catalán, 1 para el valenciano, 1 para el mallorquín, 2 para el gallego y 2 para el vascuence». El Real Decreto de 16 de mayo de 1930 derogó el anterior restableciendo los estatutos anteriores. No es anecdótico que los académicos tengan uniforme oficial. Consiste éste en una casaca de color pasa con franja bordada con hojas de laurel y oro, chaleco blanco con idéntico adorno algo más estrecho y pantalón blanco. Los cargos son gratuitos pero perciben dietas de asistencia. La Academia Española en fin, en absoluto impone sino que regula y admite lo que en materia de comunicación lingüística va incorporando a su cotidianidad.

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