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| Magí Camps
lavanguardia.es, España
Lunes, 4 de octubre del 2010

LETRA PEQUEÑA. LA MAYÚSCULA QUE OBNUBILA

Algo tan simple como una letra capital puede llevar implícita una genuflexión.


Lo primero que uno aprende cuando se acerca al mundo de las artes gráficas es que allí no existen ni las mayúsculas ni las minúsculas. Como todo gremio, este también tiene su jerga, y lo que existen son las letras de caja alta y las de caja baja. La nomenclatura hace referencia a la parte superior de la caja, donde se guardaban las letras mayúsculas, y la inferior, donde había las minúsculas. Esas que el cajista de ávidos dedos seleccionaba para componer los textos, mientras leía lo escrito a la inversa con la misma facilidad que del derecho.

Hoy, por extensión, se habla de cajas altas y bajas con el sentido de mayúsculas y minúsculas. Esas letras capitales tienen sus mitos. Como el que decía que las mayúsculas no se acentuaban. Las máquinas de escribir no podían tildarlas y en las imprentas suponía una dificultad añadida, porque la vírgula se salía de la línea de ascendentes. Pero nunca la Academia formuló tal regla.

En el momento de escribir, fijar una mayúscula es quizá la parte de la ortografía menos clara o más interpretativa, como señala José Martínez de Sousa en la segunda edición de su Diccionario de mayúsculas y minúsculas (Trea). Porque, al fin y al cabo, la diferencia entre nombre común y nombre propio, que es la primera línea divisoria, funciona a gusto del consumidor.

De entrada, los cargos no son nombres propios: presidenta, ministro, alcaldesa, director, consejera… Sin embargo, ¿quién es el guapo que replica a su superior cuando este le dicta una carta en la que quiere que su cargo salga con mayúscula? Mayúscula genuflexiva, reverencial o de respeto, la define el autor.

Por otra parte, así como el gobierno de un yate, nombre común, se distingue del Gobierno de un país, nombre propio, hay algunas mayúsculas diacríticas o diferenciales que hace tiempo que deberían haber desaparecido. Sobre todo porque no son nombres propios ni hay posibilidad de error. Ahí están la prensa, la judicatura o la abogacía, en otro tiempo escritas con mayúscula. Incluso la bolsa o la historia. «Es que hay que distinguir una historia de la Historia», dicen algunos; y lo comparan con el inglés story y history.

«El valerós artiller engegà una arenga prèvia exhortant-les a deixar de banda l'antagonisme amorós per concentrar-se en aquell combat que passaria a la Història, mot que el barber, segons diuen les cròniques, pronunciava sempre amb majúscula». Con esta lucidez, Jesús Moncada ridiculizaba ese uso reverencial de las letras capitales en su magnífica novela Camí de sirga.

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