Noticias del español

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| Adolfo Gil Gómez
La Opinión A Coruña digital- La Coruña, Galicia, España
Miércoles, 5 de julio del 2006

LENGUAS E IDENTIDADES (I)

Afirman que Carlos I de España, el emperador Carlos V, tuvo la ocurrencia de decir que el español era la lengua idónea para hablar con Dios; a todo esto, ocultaba que el español no era su lengua materna ni de lejos, que la aprendió tarde y lento gracias a don Luis de Vaca y por pura conveniencia personal. Seguramente esta ocurrencia tenía un único objetivo, que sus hambrientos súbditos se sintiesen con ánimos para matar infieles en las tierras de Flandes y para que sus díscolos opositores viesen mermada su capacidad de incidencia en las conciencias ocupadas de lo sobrenatural.


Desde entonces y desde antes, cuando la política se ocupa de legislar y de utilizar los idiomas, nos encontramos con frivolidades de todo tipo, las últimas y las que más se prodigan son las leyes de normalización lingüística; piensen, por ejemplo, en las que han llovido desde 1979, con sus respectivos planes de desarrollo y piensen también que desde 1935 la Real Academia Española no publica una Gramática. ¿contradicciones? Ustedes verán. Si además añadimos que las lenguas a normalizar dejan mucho que desear en sus aspectos normativos y dependen de las respectivas presiones de sus usuarios para imponer determinadas ortografías, la cosa parece que pinta para apagar y marcharse lentamente. Pero nada, a fuerza de normalizar se quiere convencer al personal de que hablar una lengua imprime carácter, algo que un célebre informe del gobierno autónomo catalán definía como «la visión catalana del mundo», como ven el emperador Carlos y el honorable presidente de turno se retroalimentan.

Claro que todo esto últimamente precisa de sustento teórico que lo envuelva y para eso están los sociolingüístas de cabecera, personajes que dejaron de ocuparse de la muy necesaria tarea de estudiar, por ejemplo, las variantes diastráticas de las lenguas, para ocupar sus neuras y sus neuronas en la búsqueda de argumentos del calibre del antes mencionado. Es decir, que se empeñan en difundir la especie —que no en demostrarla— de que las marcas lingüísticas conforman la identidad de un pueblo, de un país, de una etnia, de una nación, de lo que quieran, lo cual es radicalmente falso: aspirar la s en La Mancha, economizar sonidos en Andalucía o no usar tiempos compuestos en Galicia, simplemente marcan rasgos de las lenguas, no los rasgos que unifican a sus hablantes y mucho menos hace que sus usuarios sean nación o no.

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