Noticias del español

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| Efraín Osorio
La Patria (Colombia)
Martes, 7 de julio del 2009

‘LENGUAJE INCLUYENTE’, PARTICIPIO PRESENTE, LA INTERJECCIÓN ¡AY!

No dice «niños y niñas», «adoptados y adoptadas», «un menor y una menor», ni «pequeños y pequeñas», porque sabe que no es necesario, y que ese 'lenguaje incluyente' es 'farragoso, nocivo, inútil y traicionero', como insiste en calificarlo Jacinto Cruz de Elejalde.


La feminista Florence Thomas encabeza su último artículo de la siguiente manera: «La caverna de Rufino Cuervo»» (El Tiempo, VI-24-09). Da a entender con esto, pienso yo, que en los escritos del esclarecido lingüista y conocedor como pocos de nuestro idioma está la raíz de lo que ella llama 'lenguaje excluyente', modo de hablar, según ella, machista, 'cavernícola' y repudiable, porque enseña don Rufino que, cuando decimos 'los niños', nos referimos a 'los niños y a las niñas', sin necesidad de expresarlo así, como cuando afirma: «Puede asegurarse que ningún bogotano ha hablado jamás de este modo» (Apuntaciones, 333), frase en la que se refiere a todos los habitantes de Bogotá, sin excluir a las mujeres. Si este personaje estuviese todavía por ahí, dándose un 'septimazo', y leyese el artículo mencionado, diría: «Ese muerto no lo cargo yo» o «a mí que me esculquen». Porque el pueblo se expresaba ya de esta manera hace siquiera quinientos años. Y mucho antes, los latinos. Juvenal (s. I), por ejemplo, decía: «Máxima debetur púero reverentia» (Al niño se le debe el mayor respeto). No escribió «púero ('al niño') et puéllae ('y a la niña')», porque no era necesario. Por la misma época, aunque esto no está históricamente comprobado, Suetonio contaba que en su conjunto cerrado (en los suburbios de Roma) había unos once 'niños', tres de 'los' cuales eran las niñas Domitilla, Camilla y Dorilla, de quienes afirmaba que, cuando se reunían, «garlaban de esto, de aquello y de lo de más allá».

Y en nuestros días, la columnista de El Tiempo Salud Hernández se expresa, sin obedecerle a madame Florence, así: «… de los veinte mil niños nacidos…;… a los niños que son víctimas…; … si para adoptar a un niño…; … adoptados y engendrados…; … derechos de los niños…, … que maltrate a un menor’; … los derechos de los más pequeños…”, etc. (VI-28-09). No dice «niños y niñas», «adoptados y adoptadas», «un menor y una menor», ni «pequeños y pequeñas», etc., porque sabe que no es indispensable y que ese lenguaje incluyente es 'farragoso (recargado y complicado), nocivo (dañino), inútil (inoperante) y traicionero', como insiste en calificarlo Jacinto Cruz de Elejalde. Para apuntalar este último adjetivo, traigo a cuento la campaña de televisión que impulsa el ministerio de la Protección Social, y que pretende informar a los «colombianos y colombianas» acerca de la conocida epidemia de gripa. En la misma publicidad, y ya traicionado por el lenguaje incluyente, aconseja difundirla entre 'vecinos' y 'amigos', excluyendo así a 'vecinas' y 'amigas'. Finaliza pregonando que eso nos toca a 'todos', sacándolas a 'ellas' de taquito. Olvidémonos, pues, de la doctrina enrevesada de la señora Thomas, y hablemos y escribamos castellano.

Aun cuando me parece que suenan mejor y con mayor fuerza las expresiones 'la juez' y 'la concejal', la Academia admite 'la jueza' y 'la concejala'. Discutiré sólo el término 'presidente'. Esta palabra debería ser invariable en cuanto al género, porque es el 'participio presente' o activo del verbo 'presidir', y significa 'la persona que preside una nación, una institución, una reunión', etc. Debemos decir, entonces, 'el señor presidente' y 'la señora presidente'. De la misma naturaleza gozan las siguientes voces, y mil quinientas cincuenta y una más: estudiante, vidente, candente, amante, hiriente, votante, cantante, doliente… que, claramente, son invariables en género. ¿Qué tal decir 'Claudia, la cantanta colombiana'? Dejémonos, pues, de tonterías, y hablemos castellano.

La frase: «Siguen (los paramilitares) llamando cumplidamente cada tanto a los comerciantes del oriente de Caldas, por ejemplo, a pedir la cuota y hay de quien no acceda» (Editorial, LA PATRIA, VI-27-09). Una de las partes de la oración, señor, es la interjección, que sirve para expresar sentimientos, y que debe ir siempre encerrada entre signos de admiración. Una de ellas es ¡ay!, con la que expresamos nuestros dolores y la conmiseración hacia uno mismo o hacia otros; lanzamos maldiciones; y proferimos amenazas, como las de los paramilitares a los comerciantes de la frase del editorial citado, que debió ser redactada de esta manera: «… y ¡ay de quien no acceda! 'Hay' más ejemplos.

RIP: Con su columna y un tinto comenzaba yo las actividades de mis sábados manizaleños. Hablo de Antonio Mejía Gutiérrez y de su columna «La Cueva del Oso», muestra exquisita de prosa poética. Que la eternidad, que apenas comienza para él, sea de felicidad sin sombra y paz inalterable, características del cielo de los justos. Y ¡gracias, Toñito!

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