Noticias del español

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| José María Pérez Bescós
www.laopiniondezamora.es, España
Sábado, 19 de junio del 2010

LENGUAJE ENGOMINADO

Estoy «posicionado» ante un cúmulo de términos que producen extrañeza.


Llego por la mañana al trabajo para «inicializar» la jornada y decido «aperturar» el periódico con la «intencionalidad» de que las noticias no me «influencien» demasiado. Lo hago siempre para estar al día antes de que el jefe me «mandate» alguna tarea nueva. Sin darme cuenta siento que me estoy «posicionado» ante un cúmulo de términos que me producen extrañeza. No «culpabilizo» de ello a la prensa; quizá es cierto que «visualizo» mucha televisión, pero cuando «recepciono» estos mensajes, la extrañeza puede llegar a «tensionarme». Evidentemente estoy exagerando y utilizando un lenguaje «basamentado» en la «problemática» de la pedantería lingüística.

Así, todo seguido, esto no suena bien, ¿verdad? Hay quien ha llamado a este fenómeno sesquipedalismo o búsqueda de la derivación más larga del término que queremos expresar, pero no repetiré esta palabra porque ni siquiera aparece en el diccionario de la RAE y no es mi intención alimentar la lista de términos rimbombantes interminables. Más bien creo que debemos hacer una apuesta por la sencillez y la claridad. En estos días en los que empieza a ponerse de moda el recorte, la dieta y la austeridad conviene recordar que hablar es gratis y que hacerlo bien puede resultar más rentable de lo que uno imagina.

Es complicado escuchar a alguien que use un lenguaje como el del inicio de este artículo. Quizá hayamos escuchado vocablos como los entrecomillados arriba y es posible que nosotros los hayamos utilizado por inercia. Al fin y al cabo, el lenguaje es como un río y no se le puede obligar a seguir un cauce distinto por la fuerza, pero sí es bueno que haya unas normas de «circulación».

Hace unos días escuché otro desliz. Un responsable público destacaba que la nueva selectividad tiene la «virtualidad» de poder subir la nota hasta 14 puntos. Quizá el término no sea del todo virtuoso pero, si la posibilidad de subir nota es sólo virtual, los estudiantes se van a llevar un disgusto.

Probablemente las personas que acuden al lenguaje rimbombante quieran dar a su vocabulario un aire docto, aspiración muy loable en mi opinión, cuando hoy lo que se lleva en muchos ambientes es la crudeza.

Otra posibilidad es que quienes utilizan estas formas artificialmente refinadas quieran alargar el discurso diciendo varias veces lo mismo y, para no repetir palabras, a falta de sinónimos, decidan rizar el rizo y aplicarle gomina sin compasión.

Quizá sea también porque consideran que su mensaje —bien intencionado y bien pensado, no me cabe la menor duda— debe ocupar mayor espacio en los medios. Pero es posible que se llegue a un punto en el que lo que se consiga sea lo contrario, es decir, que el público no se entere de nada y, lo que es peor, que piense que la palabrería esconde algo que no sea de su gusto. Nada peor para un personaje público que dar la impresión de que pretende ocultar algo; la mujer del César sabe mucho de esto.

Hablar sencillo hace parecer sencillo (que no simple), hablar de modo complejo es una lotería cuyo resultado va desde la posibilidad de pensar que el orador está muy por encima del alcance de nuestra inteligencia hasta pensar que nos toma el pelo: los experimentos, con gaseosa. Esto no debe hacernos rebajar nuestro lenguaje a la chabacanería, no tiene nada que ver.

Quien está frente a cámaras, micrófonos, plumas y teclas, debe ser muy consciente de que su misión también es la de elevar la calidad lingüística de su público; para eso, nada mejor que hablar de un modo ordenado: frases con sujeto, verbo y predicado, y con un mensaje sincero, concreto y bien expresado con las palabras correctas, aunque sean términos «de toda la vida». Un buen comunicador debe procurar que su mensaje llegue al público, no lucirse él solo; cualquier extravagancia sólo añade ruido al contenido, pero eso no debe confundirse con el uso de palabras cultas cuando sean adecuadas.

Por eso, desde hoy mismo, voy a iniciar la jornada abriendo el periódico con la intención de que las noticias no me influyan demasiado. Así estaré al día y bien situado para cuando los jefes me manden una tarea nueva, no estaré tenso y no culparé a la prensa, aunque vea mucha televisión.

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