Noticias del español

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| L. Palacios
La Nueva España, Oviedo (Asturias, España)
Lunes, 18 de febrero del 2008

LENGUA Y SEXO DE UN PREMIO «PRÍNCIPE»

George Steiner, que recibió el galardón de Comunicación en el 2001, relata en su último libro la influencia del idioma en sus relaciones sexuales.


El escritor George Steiner, premio «Príncipe de Asturias» de Comunicación y Humanidades en el año 2001, atesora un amplio reconocimiento internacional por sus trabajos en el campo de la literatura comparada. En su último libro, My unwritten books, compara detalles morbosos sobre sus relaciones sexuales con mujeres de distintas lenguas. Steiner asegura que no es lo mismo hacer el amor en un idioma que en otro.

Francis George Steiner (París, 1929), escritor, crítico y teórico de la literatura y de la cultura y premio «Príncipe de Asturias» de Comunicación y Humanidades en el 2001, es uno de los intelectuales de influencia internacional más relevantes desde mediados del siglo XX. Steiner destaca por sus trabajos en el ámbito de la literatura comparada y, a juzgar por las revelaciones recogidas en su último libro, My unwritten books (Los libros que no escribí), publicado en enero pasado, las comparaciones dan para mucho.

Su última obra es un compendio de consideraciones sobre siete libros que Steiner no llegó a escribir, pero a los que dedica siete capítulos con reflexiones y apuntes de lo más jugosos. Uno de ellos es el titulado The tongues of Eros -traducido, Las lenguas de Eros-, una curiosa descripción sobre la relación entre el sexo y la lengua que habla la compañera de lecho en cada caso.

Cuenta Steiner que, como buen políglota, a lo largo de su vida ha puesto en práctica este dominio de la lengua y de otras cosas con mujeres italianas, francesas, alemanas e inglesas. Con féminas de todas estas nacionalidades tuvo escarceos sexuales el escritor y de todas ellas ha extraído morbosas conclusiones. Eso sí, empleando las iniciales de las amantes, para mantener la privacidad de dichos encuentros.

Rememora el premio «Príncipe de Asturias» que, en una aventura con una conquista francesa, la muchacha en cuestión empleó un pluscuamperfecto de subjuntivo en el arrebato previo al clímax. Un toque exótico que proporcionó abundante materia de reflexión lingüística al profesor Steiner, y que se une a la ocurrencia de otra compatriota que, ni corta ni perezosa, se entregó al goce con el insigne erudito al grito de «¡Mon brioche, mon brioche!».

En las artes amatorias también hay lugar para los elaborados eufemismos, como el empleado por otra compañía femenina, en este caso de habla alemana, que de una forma muy práctica, aunque ciertamente rebuscada, le pidió a Steiner que «tomara el tranvía a Grinzing». Grinzing es un pueblo cerca de Viena, y el tranvía se refería, según explica el escritor, a cierta insinuación sobre la posibilidad de mantener relaciones anales.

Los detalles escabrosos cruzan incluso el charco, para referirse a cierta «compañera gloriosa de ébano» y angloparlante en la localidad de Tulsa (Oklahoma) con la que Steiner puso en práctica actividades sexuales tan sugerentes como la caricia «nuestro cactus en flor», o la versión «lobelia ligeramente humedecida con saliva».

Tampoco faltan las reacciones antropológicas y filosóficas, como con otra compañera que en pleno proceso de destape comenzó a preguntarse: «¿Yo soy yo misma? ¿Tú eres tú?», o la amante llamada Ch. que en mitad del éxtasis invocó lenguas extrañas y musitó «Sankt Nepomuk the Lesser». Steiner no ha encontrado traducción para tan inusual arrebato, pero ha llegado a la conclusión de que es muy diferente hacer el amor en italiano, en francés, en alemán o en inglés.

No constan experiencias con españolas, aunque el escritor se pregunta cuál sería la diferencia entre hacerlo en coreano o en euskera. A lo mejor en asturiano también tiene su miga. Cosas de la lengua.

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