Noticias del español

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| Ramón Cota Meza
eluniversal.com.mx, México
Jueves, 21 de febrero del 2008

«LATINGLÉS»

Confiando en que las autoridades se están coordinando bien para restablecer la paz pública alterada por un atentado explosivo y otras noticias en la capital, nos distraemos hacia un tema nada espectacular, pero que involucra a millones de personas en el mundo: el establecimiento del inglés como lengua franca, como lo fue el latín. Mejor dicho, nos interesa divagar sobre el contenido latino de la lengua inglesa o latinglés (la expresión es de David Huerta). El tema puede sonar desviado y presuntuoso, pero es divertido, sorprendente y útil, al menos para un lego como yo.


Lo recordé por una concisa y diligente explicación del origen y los significados de la palabra «latino» por Laura García en el programa de tv La dichosa palabra del Canal 22. Mentalmente añadí la influencia del latín en la Europa del norte, hasta el limes del Muro de Adriano en la frontera caledonia de Northumbria. Se estima que el inglés contiene 25 %-30 % de palabras de raíz latina, aunque muchas palabras consideradas «sajonas» son en realidad restos latinos tortuosamente digeridos. Quítese lo latino del inglés y quedarán sólo «cáscaras teutonas», dijo T. S. Eliot.

La savia latina también se advierte en la sintaxis flexible y en los copiosos léxicos científicos, tecnológicos, filosóficos y literarios del inglés. John Dryden (siglo XVIII) componía sus versos en latín para traducirlos al inglés y así asegurarse de que estaban bien escritos. Dryden y otros ilustres proclamaron para Gran Bretaña una «Era Augusta» basada en el decorum, empezando por someter el idioma a su molde latino e imitar y parodiar sus textos canónicos. Esta tradición es la base del idioma inglés educado.

Borges dice haberse sorprendido al descubrir, ya viejo y ciego, que Julio César había conquistado la Britania. Los romanos ocuparon la mitad de la isla los primeros cuatro siglos de nuestra era. Hay una Inglaterra romana que los arqueólogos excavan. Es más importante aún la obra espiritual de las misiones cristianas, toda en latín. Añadamos la influencia árabe, visigoda y mediterránea de Alfredo el Grande y luego la dominación normanda de dos siglos, que legó los lenguajes cortesano, diplomático y administrativo y una cultura caballeresca y amatoria. La poesía de Chaucer (siglo XIV) es una mezcla de inglés y francés.

La exaltación de las runas celtas como vestigios de un inglés «auténtico» (hacia el siglo VI dC) olvida que esos testimonios están escritos en el alfabeto grecolatino. El poema Beowulf (¿siglo VIII?) es una tosca imitación de La Eneida con tiradas en latín vulgar, a pesar de los elogios de Seamus Heaney. Por cierto, Heaney ha dado la espalda al bosque encantado celta y empezado a escudriñar la herencia mediterránea, menos fabulosa, pero más habitable que sus bosques nórdicos.

Estamos ante un tema poco visitado por muchos anglosajones prominentes, que han tendido a exaltar el componente teutón de su lengua a expensas del latín sólo para diferenciarse del resto por razones políticas, raciales y arraigados estereotipos, tradición que desemboca en una vasta producción de intrincados estudios culturales celtas y una espesa imaginería popular gótica, a menudo asociada a manifestaciones xenofóbicas.

El aprendizaje del inglés en nuestro medio está lastrado por la necesidad de «hacerla», por el getting on, como diría Eliot en una célebre defensa de la herencia latina. La atención al componente latino de la lengua inglesa podría justificar más profundamente su adopción como lengua franca. Esto no significa negar la enorme capacidad de absorción y vitalidad del inglés; significa sólo que su maleabilidad y poder expresivo no se explicarían sin su componente latino.

Hace falta conocer el estado del aprendizaje del inglés y dar buenas razones para su mayor adopción en México, pues para los políticos sigue siendo tabú, un atentado a la identidad nacional, cuando en realidad enriquece nuestra lengua más que cualquiera otra por sus extensos y variados léxicos de raíz latina. El diccionario no abreviado de Oxford (más de 20 volúmenes) contiene verdaderas joyas filológicas que sustentan este argumento. Puede consultarse en www.oed.com por una tarifa accesible que incluye el newsletter de nuevas palabras con las investigaciones respectivas.

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