La lengua española es nieta del latín y el romance, a los que debe la mayor parte de su léxico y su estructura. Pero a lo largo de la historia han participado en su desarrollo otros idiomas. Unas pocas palabras son de origen desconocido, como perro, al que el etimologista español Joan Corominas atribuye un poco convincente origen «de creación expresiva», a partir de la manera como los pastores llaman a su perro: brrr o prrr.
Al vasco se deben algunos de los primeros términos (queso, izquierda), pues de las dos lenguas quedan registros escritos por la misma época (siglo X). Gracias a las parlas germanas de los invasores de la península Ibérica (siglo I a siglo V) tenemos palabras como jabón, burgo, guerra, robar, falda y yelmo. Siete siglos de presencia árabe (siglo VIII a siglo XV) dejaron en España cerca de 850 palabras y cientos de derivados: arroba, alubias, almohada, azucena, alfarero, babuchas, guarismo, albóndigas, alcalde, fulano.
Los galicismos o francesismos lloviznaron desde tiempos medievales, pero se convirtieron en diluvio a partir del XVIII y hasta comienzos del XX: favorito, galante, interesante, pillaje, merengue, parlamento, financiero, bolsa, garaje, hotel, jardín. La música, la poesía y la pintura fueron puentes para la entrada de vocablos italianos, principalmente del siglo XVI al XIX: soneto, pantalón, centinela, violín, esdrújula, piano, banca, escopeta, ópera, coronel.
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