Noticias del español

| |

| Miguel Ángel Aguilar
El País, España
Martes, 10 de marzo del 2009

LA PÉRDIDA DE LA IMPERTINENCIA

Francisco Ayala, que el próximo lunes, día 16, cumple 103 años, dice en una entrevista con Antonio Lucas, publicada en el diario El Mundo: «Ya no celebro los años, los lamento». Fue prodigioso que Ayala resistiera los fastos de su centenario y aún más que a día de hoy conserve dosis espléndidas de lucidez y mala leche. Conviene leer sus declaraciones por si nos viéramos en ese mismo trance de longevidad y también para paladear algunos de sus dardos, como el que le lleva a señalar que «los periodistas están perdiendo su virtud de impertinencia», y a subrayar a continuación que «además, la prensa de hoy no está bien escrita en general», como consecuencia, imagina, de «que el idioma tampoco esté muy bien hablado».


Ayala nos sitúa así ante dos cuestiones de máxima relevancia: la pérdida de la virtud de la impertinencia y la degradación de la escritura, en un medio de influencia rectora.

Vale la pena intentar aquí una aproximación aunque sea en orden inverso. Porque cuidar el idioma es la primera cortesía debida a la audiencia. El periódico —como escribe Thomas W. Lippman en el prefacio del libro de estilo del diario The Washington Post— es un depósito de la lengua y los periodistas tenemos la responsabilidad de tratar el lenguaje con respeto. Por eso, al uso correcto del lenguaje dedica ese volumen más del 70 % de su paginación. Hay una línea siempre posible que evita la vulgaridad sin incurrir en el elitismo críptico. Ciertas expresiones sólo deben aceptarse si proceden de autores reconocidos que convierten cuanto escriben en literatura de primera calidad. Los demás deben mantenerse en la contención lingüística y expresarse con claridad sintáctica.

Volvamos ahora al reproche de Ayala, según el cual los periodistas están perdiendo su virtud de la impertinencia, porque merece alguna consideración, más aún en los tiempos de crisis que corren. Se trata aquí de la impertinencia como virtud, a distinguir de la mera actitud de dar la tamborrada. La impertinencia es a estos efectos lo contrario de las actitudes borreguiles propias del ganado lanar. Se manifiesta sobre todo en la formulación de las preguntas porque con Heisenberg aprendimos que no conocemos la realidad, sino la realidad sometida a nuestra forma de interrogarla. Apuntemos también que el atrevimiento proporcionado por la ignorancia para nada es garantía de acierto al plantear interrogantes a los protagonistas de la actualidad. En todo caso, más allá de la pérdida de la virtud de la impertinencia habría que determinar si hay otra pérdida más radical, la de la función que venían llevando a cabo los periodistas, arrumbados, como van quedando por el viento de la historia y de las nuevas tecnologías a la playa de la insignificancia.

Llegados aquí, se recomienda la lectura del libro ¡Ay, Europa!, de Jürgen Habermas (Editorial Trota. Madrid, 2009), donde analiza la razón de la esfera pública y el papel rector de los medios impresos de comunicación para la formación democrática de la opinión y de la voluntad. Señala Habermas que al menos en el ámbito de la comunicación política, esto es, en lo que atañe a los lectores en tanto que ciudadanos, la prensa de calidad desempeña el papel rector entre los medios de comunicación. A su parecer, en las informaciones y comentarios políticos, tanto la radio como la televisión como el resto de la prensa dependen en gran medida de los temas y contribuciones que les anticipa esa clase de publicaciones «razonadoras». De modo que «si la reorganización y el recorte de gastos en esta área nuclear pusiera en peligro los acostumbrados estándares periodísticos, se dañaría la médula misma de la esfera pública política».

A su entender, «la comunicación pública pierde su vitalidad discursiva cuando falta el aflujo de las informaciones que se obtienen mediante costosas investigaciones y cuando falta la estimulación de los argumentos que se basan en un trabajo de expertos que no sale precisamente de balde».

Para Habermas, sin los impulsos procedentes de una prensa que tenga la capacidad de formar opiniones, de informar con fiabilidad y de comentar con escrupulosidad, la esfera pública puede dejar de suministrar ese tipo especial de energía que obliga al sistema político a adaptarse y ser más transparente. Atentos.

¡Hola!

¿Has buscado tu consulta?

Si no la encuentras, rellena nuestro formulario: