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LA PALABRA: VEROSÍMIL , ÍCONO/DIABETES

Alexis Márquez Rodríguez
Últimas Noticias, Caracas (Venezuela)
Días: 29/11 y 6/12 del 2009

El concepto contenido en la palabra «veraz», de la que hablé en el artículo anterior, se relaciona muy estrechamente con la idea contenida en la palabra «verosímil». «Veraz» es lo verdadero, lo que se ampara en la verdad. «Verosímil» es lo que, además de ser verdadero, se muestra como tal, aparenta serlo, de modo que produce confianza en el sentido de creer o saber de antemano que se trata de algo veraz. El DRAE define «verosímil» de la siguiente manera: «1. adj. Que tiene apariencia de verdadero. 2. adj. Creíble por no ofrecer carácter alguno de falsedad».


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En la práctica, «veraces» pueden ser tanto una persona como un hecho cualquiera. Vimos que «veraz» es alguien que dice siempre la verdad, pero también pueden serlo una noticia, la versión de algo ocurrido, los datos que se tiene sobre determinado asunto, etc. En cambio, la «verosimilitud» no se aplica propiamente a las personas, sino a los hechos. No decimos que Fulano de Tal es «verosímil», pero sí que lo es lo que esa persona dice.

Tanto el concepto de «veraz» como el de «verosímil» tienen múltiples aplicaciones en la vida cotidiana. En política son fundamentales. Un verdadero líder tiene que ser veraz, y es imposible que el liderazgo se fundamente en la mentira, pues más tarde o más temprano termina en el descrédito y en el fracaso. Pero al mismo tiempo las ejecutorias del líder verdadero han de ser verosímiles, es decir, creíbles, y no hay paradoja más dramática que la de aquél que aun siendo veraz no inspira confianza, es decir, cuyos actos resultan «inverosímiles».

Las ideas de «veracidad» y «verosimilitud» también se aplican en la literatura y en el cine. La narración realista generalmente es «veraz», no necesariamente en el sentido de que los hechos narrados hayan ocurrido en la realidad, sino en el sentido de que pudieran ocurrir o haber ocurrido. La realidad no es contraria a la imaginación. Y obviamente los hechos narrados en un cuento, una novela o una película, si son «veraces», también han de ser «verosímiles».

ÍCONO/DIABETES

Una amable lectora se siente confundida sobre la acentuación de las palabras «ícono» y «diabetes». Ambas, dice, las ha leído y oído unas veces como esdrújulas y otras como graves o llanas. Afirma, además, extrañamente, que la consulta del diccionario no le ha aclarado el asunto.

De «ícono» el DRAE registra ambas formas como válidas. En Venezuela predomina la forma esdrújula: «ícono».

En cuanto a «diabetes», la forma propia y general es grave: «diabetes». Pero en Venezuela tradicionalmente se la usa como esdrújula: «diábetes», y ello es válido. Sin embargo, entre nosotros es cada vez más usual la forma propia, grave o llana: «diabetes»·

DIABETES

Sobre mi artículo anterior, en que hablé de la palabra «diabetes», un amable lector me escribe una nota, en la cual me dice: «…Allí se refiere a la palabra "diabetes", lo que no entiendo es que siendo una palabra grave, usted diga que en 'Venezuela tradicionalmente se la usa como esdrújula (diábetes), y ello es válido'. ¿Debo entender que los venezolanos tenemos la facultad de cambiar las palabras sin tomar en cuenta su real denominación del Drae?».

El mismo DRAE admite las formas «ícono», esdrújula, e «icono», grave o llana. Y no es el único caso. Entonces, ¿por qué no admitir también «diabetes» y «diábetes», esta última como venezolanismo o americanismo?

Un caso parecido es el de «video» y «vídeo». Al principio, la Real Academia dio ingreso al DRAE sólo a la forma esdrújula, «vídeo» usual en España, pero luego, en su 22ª edición (2001) admitió la forma grave, «video», con marca de americanismo.

Hay muchas otras variantes entre el Español de España y el de América. En España, por ejemplo, se dice «at-le-ta» y «At-lán-ti-co», mientras en Hispanoamérica decimos «a-tle-ta» y «A-tlán-tico». A la letra «v» en España la llaman «uve», y en América «ve». En España un «pantano» es, entre otras cosas, un «Gran depósito artificial de agua» (DRAE), es decir, lo que aquí llamamos «represa», y para nosotros «pantano» es barro o lodo.

Estas variantes entre el idioma común de España e Hispanoamérica es inevitable y necesaria. El Castellano es un idioma sumamente dinámico hablado en más de veinte naciones distintas, y en cada una hay peculiaridades que es necesario respetar. Ya lo decía don Andrés Bello en el prólogo de su Gramática: «Chile y Venezuela tienen tanto derecho como Aragón y Andalucía para que se toleren sus accidentales divergencias, cuando las patrocina la costumbre uniforme y auténtica de la gente educada».

Pero no se trata de que todo cambio o innovación en el idioma tenga validez. Un principio básico y precioso en el empleo de un idioma es mantener su unidad, y si se aceptase cualquier cambio, aun aquellos que son más el producto del capricho o de la ignorancia que de la evolución natural de la lengua, esa unidad a la larga se perdería. El mismo Bello fue enfático en señalar que los cambios son admisibles siempre y cuando no pongan en peligro la índole del idioma, su espíritu propio, que, por supuesto, es el del pueblo que lo habla.

Lo importante es que los cambios idiomáticos, como decía el sabio Andrés Bello, sean patrocinados por la gente educada. Por eso es esencial que la escuela, desde sus primeros grados hasta los más elevados, enseñe bien el idioma, para que la gente, en general, conozca su lengua y sepa enriquecerla al mismo tiempo que la usa.

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