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| Amando de Miguel
Libertad Digital, España
Jueves, 28 de febrero del 2008

LA LENGUA VIVA: LENGUA, LENGUAJE, IDIOMA

Quizá dentro de España quepa referirse al «castellano» cuando lo ponemos en relación con otros idiomas que son privativos de algunas regiones. Las dos etiquetas conviven en buena inteligencia.


No me interesa mucho la polémica sobre si se debe decir «castellano» o «español» para referirnos al idioma común de los españoles e hispanoamericanos, pero a los libertarios esa cuestión les priva.

Francisco Martín Moreno (San Sebastián de los Reyes, Madrid) defiende la idea de que debe decirse castellano (y no español) porque «nació y se desarrolló en Castilla». Don Francisco aduce el caso paralelo del inglés, que se llama así y no británico. La comparación no me parece concluyente. Cierto es que se dice inglés y no británico pero también se dice italiano y no toscano. Sospecho, además, que el castellano se empezó a hablar antes de que se consolidara el reino de Castilla. Puede que lo hablaran pueblos que a sí mismos se llamaban vizcaínos. Lo que más tarde se iba a llamar España se distingue porque la lengua común era el nuevo romance privativo del reino de Castilla. Lo llamamos por eso castellano, pero también español cuando salimos al exterior, porque sencillamente esa es la etiqueta general en el mundo. Quizá dentro de España quepa referirse al castellano cuando lo ponemos en relación con otros idiomas que son privativos de algunas regiones. Las dos etiquetas conviven en buena inteligencia.

José Mª Navia-Osorio duda de que el español fuera alguna vez «la lengua del imperio», en el sentido de que no se utilizó nunca fuera de la metrópoli y los virreinatos. La verdad es que la expresión «lengua del imperio» se utilizó más para el latín. En el siglo XVI el español lo hablaban, o por lo menos lo entendían, muchos nobles y altos funcionarios de diversos países europeos, no solo los de Portugal. Asimismo le preocupa a don José Mª si el imperio español tuvo alguna vez un cuerpo de funcionarios, como lo tuvo, por ejemplo, el imperio inglés en sus mejores momentos. No soy historiador para dar cumplida cuenta de todas esas dudas. Pero, por lo que se me alcanza, claro que hubo un cuerpo de servidores públicos en los virreinatos. Una buena proporción de esos funcionarios procedía de la clase hidalga vascongada, que entonces se decía vizcaína.

Luis Danils me pide que le ayude a encontrar un artículo mío en el que, según él, me refería a la influencia del árabe o de las lenguas nativas americanas en el español. Lo de encontrar un artículo mío es como lo de la aguja en el pajar. En ese caso, además, no recuerdo que yo haya podido escribir sobre un asunto que desborda mis conocimientos y mi curiosidad. Lo único que puedo decir es que el español ha sido muy poroso para incorporar palabras del árabe o de las lenguas nativas americanas. Ojalá sigamos teniendo los hispanohablantes esa misma disposición importadora con otras lenguas que ahora privan, como el inglés. Precisamente el inglés es ahora el idioma que más importaciones realiza de otros. Por cierto, no me satisface mucho la metáfora de los «préstamos» cuando se alude a ese fenómeno que yo llamo «importación». No son préstamos porque nada hay que devolver, ni el principal ni los intereses.

Luis Rubio se queja de mi juicio sobre la pedantería que significa extremar los tecnicismos cuando se habla sobre la lengua para un público general, como es el caso de esta seccionilla. Don Luis sostiene que el léxico técnico evita «extenderse en circunloquios exajerados [sic]». Mi opinión es que el circunloquio es un mal menor si de esa forma se logra hacer ininteligibles los razonamientos. Yo también podría emplear aquí la jerga sociológica, pero entonces estos escritos morirían por consunción. Prefiero que sirvan como consumición. Tampoco voy a evitar los juegos de palabras, que para eso están.

Respecto a las siglas, creo entender que don Luis opina que van con letras mayúsculas, separadas por puntos. No soy yo tan estricto. Por eso, al hablar aquí del IRA o de la ETA, no voy a hacer el inri de escribir esos nombres como E.T.A. o I.R.A.

Como es de esperar, don Luis no está de acuerdo con lo que él llama «liberalidades fonetistas», por ejemplo, la que prescinde del acento gráfico en el adverbio solo. Bueno, es cuestión de gustos. Prefiero atenerme a la sencillez y a la norma de que solo no lleva acento más que cuando hay peligro de confusión, que es casi nunca. Dice don Luis que en esto le recuerdo a Gabriel García Márquez, «el amigo de Fidel». La comparación me honra, aunque más amigo soy de la verdad y aun de Platón que del maldito Fidel. Espero que mi «liberalidad fonetista» recuerde mejor a Gregorio Salvador, a quien admiro.

José Antonio Martínez Pons sugiere que puede que, en un futuro lejano, el chino pueda suplantar al inglés como lengua franca del mundo. Lo dudo. Es la clásica predicción del «peligro amarillo» que ha venido haciéndose desde hace un siglo y todavía es muy popular. China tuvo la oportunidad de adelantarse a Occidente en la llamada revolución industrial, pero ese paso no se dio. Ni siquiera el idioma chino (mandarín) sirve para que se entiendan todos los chinos, aunque sí pueden comprenderlo por escrito. Pero muchos japoneses pueden entender esos caracteres. Cierto es que el chino o el japonés son hoy lenguas que se estudian en todo el mundo, pero ese atractivo es mucho menor que el que tiene el español y no digamos el inglés. No veo que esa circunstancia de la preeminencia de los idiomas silábicos vaya a alterarse radicalmente en el próximo siglo. Más allá de ese plazo, francamente, el futuro me interesa muy poco.

Alfredo Barra comenta el párrafo que yo dedicaba al símbolo de los fasces romanos: «Puede que sea un haz de mimbres lo que lleva el escudo de la Guardia Civil, pero además hay un hacha, lo cual hace pensar que se trata de un arma». Efectivamente, el escudo de la Guardia Civil es el cruce de un haz de varas con hacha y una espada. En la liturgia romana los lectores eran unos edecanes encargados de llevar los fasces en las ceremonias. Los fasces o haces de varas bien atadas llevaban la hoja de un hacha. Todo contribuía a resaltar el símbolo de la autoridad (el hacha), la justicia (el bloque de varas) y la equidad (cada una de las varas). Parece ser que esa simbología fue originariamente etrusca.

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