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| Amando de Miguel
Libertad Digital (España)
Viernes, 6 de junio del 2007

LA LENGUA VIVA: ÉTIMOS MISTERIOSOS

En la guerra de los treinta años había un tal conde Mérode, comandante de un regimiento de soldadesca, que por lo visto andaba siempre con malas intenciones. Claro que bien pudo ser un apodo.


Recibo algunas docenas de ismaeles que detectan el error de creer que la «quintaesencia» es el resultado de sublimar o destilar cinco veces una sustancia. En lugar de esa ligera interpretación, mis agudos críticos señalan que la cosa procede de Aristóteles. Según el estagirita el mundo estaba constituido por cuatro elementos o esencias: aire, agua, fuego y tierra. La esfera celeste era de otro orden, aparecía constituida por el éter como quinta esencia o sustancia misteriosa. De ahí viene la idea de la «quintaesencia» como un estado de máxima pureza.

Agradezco toda esa información y reconozco que mi primera interpretación (leída no sé dónde) era errónea o por lo menos incompleta. De todas formas, Hug Banyeres me confirma que fue Paracelso el que entendió la quintaesencia como el método para ir separando las impurezas de los cuerpos. Algo me sonaba.

Pepe Fuente me pregunta por qué mano es femenino, cuando por su terminación parecería más bien un sustantivo masculino. El origen está en el latín manus (= mano), que es femenino, así como pedis (= pie) es masculino. Quizá fuera una intuición de nuestros antepasados al suponer que con los pies se dan patadas (una acción típicamente masculina; véase el fútbol) y con las manos se cocina, se saluda, se mide, se acaricia. Está claro que las acciones de las manos son resueltamente femeninas. El símbolo de la inteligencia es la mano más que el cerebro. Otros animales tienen cerebro, pero difícilmente cuentan con manos prensiles o acariciadoras.

Santiago Roig Mafé (Vinaros, Castellón) asegura que merodeador procede de rôdeur (= el que vaga alrededor de algo o de alguien con malas intenciones). Añado que, como tantas veces ocurre con las etimologías, coexisten varias interpretaciones. En la guerra de los treinta años había un tal conde Mérode, comandante de un regimiento de soldadesca, que por lo visto andaba siempre con malas intenciones. Claro que bien pudo ser un apodo. Dos siglos antes en francés se empleaba marault o maraud para la misma función de «merodeador». En el español de entonces se utilizaba malroto para esa idea del individuo desarrapado y sospechoso. En latín morator era el que se quedaba rezagado de una tropa, es de presumir que con intenciones malignas. Era también el abogado picapleitos que alargaba innecesariamente los litigios para cobrar más a los clientes. Puede que el origen de «merodeo» esté también en el latín maurus (= habitante del Norte de África, con fama de bandido, como luego fueron los piratas berberiscos). En portugués antiguo se dijo maroto.

Gabriel Moncalián Arsuaga (Cantabria) solicita de los libertarios que alguno le diga el origen de algunos topónimos con el sufijo –érniga. Por ejemplo, Cabuérniga o Padiérniga. Consulto el Diccionario de Julián Aydillo, Cabuérniga (= Paraje de los molinos del río) y Padiérniga (= Sobre el arroyo del molino). No sé más. Seguro que encontraré la respuesta en algún libertario ilustrado.

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