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| Amando de Miguel
Libertad Digital, Madrid (España)
Jueves, 13 de diciembre del 2007

LA LENGUA VIVA: EL SENTIDO OCULTO DE LAS PALABRAS

Es curioso que nuestro lenguaje sea tan pobre y con tan poca capacidad de abstracción para describir los colores. No creo que todos los humanos percibamos los colores de la misma forma.


José Manuel Roldán (Sevilla) precisa que la rasqueta para limpiar el pelo de las caballerías se llama mejor almohaza. Otra palabra al coleto.

Jesús de la Peña García recuerda el sentido que daba su abuela al término candonga. Lo aplicaba a un tipo de persona que disfruta con las cosquillas, rascadas y masajes, con la acción de que le pasen la mano por la cabeza o la espalda, que se adormece y disfruta cuando recibe ese tipo de caricias. Encuentro utilísima esa voz. Bien es verdad que en los diccionarios acarrea un sentido despreciativo. El candongo es un tipo zalamero, vago, burlón, astuto. Incluso el Candonga es un apelativo del Diablo. Me vale mejor la acepción que daba la abuela de don Jesús. Por lo menos, el humano antes descrito necesita la palabra adecuada.

Eduardo Fungairiño, enamorado de las palabras, me proporciona dos términos que acumulan sentidos disonantes:

  • aterrar (= infundir pánico o miedo; llenar de tierra un embalse o depósito de agua)
  • asombrar (= causar sensación o sorpresa; producir sombra)
  • Son dos buenos ejemplos para ilustrar el principio de economía del lenguaje: la polisemia. Me apresuro a decir que ese rasgo en inglés es todavía más llamativo que en español. Sospecho que lo que parece una tacha es un maravilloso dispositivo que asegura la expansión de un idioma. Es tontería pensar que «todos los idiomas son iguales». No, señor; hay lenguas con mayor impulso que otras. Nadie podía asegurar que, hace mil años, el inglés o el castellano iban a ser idiomas que, como las pinturas famosas, cubrirían toda la Tierra. Aparte de las razones políticas, esas dos lenguas muestran algunos rasgos especialmente dinámicos: asimilar barbarismos y mantener un notable grado de polisemia. El inglés destaca todavía más que el español a través de esas dos cualidades.

    José Manuel me aclara que en México se distingue muy bien entre pelos, vellos y cabellos. Los cabellos son los pelos de la cabeza, los vellos son los pelos del resto del cuerpo humano y los pelos lo son de los animales. Excelente distinción. Me recuerda la de cadera para las personas y anca o grupa para algunos mamíferos. Cuando se aplica la voz animalesca a una persona, esa decisión se suele hacer con un propósito afrentoso. Véase, por ejemplo, ese sentido en muchas expresiones en las que aparece la voz pelo aplicada al hombre con un tono despreciativo:

  • lucir el pelo (= una mala situación de la uno es culpable)
  • caérsele el pelo (= recibir una reprimenda)
  • dar para el pelo (= dar una paliza)
  • dejar pelos en la gatera (= sufrir una consecuencia negativa)
  • de medio pelo (= poca clase o dudosa elegancia)
  • pelo de la dehesa (= maneras rústicas)
  • a pelo y a pluma (= homosexual)
  • hasta los pelos (= hartura o cansancio)
  • pelos de punta (= señal de terror)
  • soltarse el pelo (= descaro)
  • tirarse de los pelos (= arrepentimiento, desesperación)
  • tomar el pelo (= burlarse)
  • y yo con estos pelos (= sin estar preparado, haciendo el ridículo)
  • José María Navia-Osorio tiene toda una teoría sobre el encargao, una maravilla para expresar la general irresponsabilidad de la vida de las organizaciones y de las personas que en ellas se emplean. Por ejemplo:

  • Es que soy el encargao, un respeto.
  • Es que no está el encargao. Hoy no viene porque tendrá cosas que hacer.
  • Don José María ridiculiza especialmente el «encargao de gorra y silbato» o el que maneja el palito o testigo en los estrechamientos de las carreteras por obras.

    Yo completaría la figura del encargao con la del mandao, el aparente responsable pero que no toma decisiones: «Yo solo soy un mandao».

    Don José María anda hecho un lío con la cosa de los colores, y no es para menos. Le intriga lo de glauco. Al principio creyó que lo de los «ojos glaucos» eran los que miraban al suelo y ahora piensa que equivale a «ojos azules». Para mí el color glauco es algo así como el que toma el mar en la playa de Salinas, esto es, un verdoso claro, azulenco. Don José María identifica el color púrpura con el rojo. Entiendo que es un rojo tirando a morado. Es un color muy eclesiástico. Pero el «purpurado» es el cardenal, no el obispo. Don José María razona que el añil «solo lo he oído cuando se habla de los colores del arco iris». Pues yo lo asocio con el azulete, un tinte muy popular que a veces se da para resaltar las casas enjalbegadas. El añil se derivaba también de una planta y es el tono de azul intenso entrando ya en el morado, esto es, con tonos rojizos. También es curioso que nuestro lenguaje sea tan pobre y con tan poca capacidad de abstracción para describir los colores. No creo que todos los humanos percibamos los colores de la misma forma.

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