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| Amando de Miguel
libertaddigital.com, España
Martes, 24 de julio del 2007

LA LENGUA VIVA: EL ORIGEN DE LAS PALABRAS

Con el criterio actual de «los cien días» como moratoria para la crítica política la expresión se acuñó en 1933; fue el plazo que se dio el Congreso para promulgar la legislación del New Deal de F. D. Roosevelt.


Reitero que la Etimología es solo una ciencia de aproximaciones, pero como otras muchas ciencias sociales o saberes humanísticos. El interés de las especulaciones etimológicas está en que se vierten en ellas muchos conocimientos acumulados. Una cosa es cierta, que los libertarios se sienten atraídos por las lucubraciones etimológicas. Con mucho placer me sumo a ellas.

Jaime Solís siente curiosidad por saber de dónde procede la onomatopeya del kikirikí, el canto del gallo. En primer lugar, escribamos, mejor, quiquiriquí, ya que la letra k es ajena a la tradición del castellano (y del latín). Claro que, precisamente, los nacionalistas vascos son tan aficionados a la k, aunque no caen que el vascuence siempre se escribió a partir del latín o del castellano. En cuyo caso la k de los actuales eusquéricos no deja de ser un artificio. Pero volvamos a la consulta sobre el quiquiriquí. No tiene mayor misterio. Es la transcripción fonética del canto del gallo. En catalán es quiquiriquíc. En portugués es cocorocó. En francés es coquelicot. El sonido kik es característico de algunas aves y también del ruido de cosas que chocan o de movimientos rápidos. Quiqui es voz coloquial para designar, de forma simpática, el coito. El gallo siempre ha sido un símbolo de la potencia sexual masculina. La palabra gallo lleva en algunos idiomas el sonido kik o kok. En griego el gallo es kíkiros.

Teresa Gómez Martín desea saber el origen de ese tópico de la moratoria de «los cien días» que se concede a los políticos recién elegidos para que se libren de las críticas. Una vez más, se trata de un mimetismo de la vida política norteamericana. Con todo, hay algún precedente europeo. Por ejemplo, se habló de los cien días de Napoleón Bonaparte desde su fuga de Elba hasta la batalla final de Waterloo. Realmente fueron 116 días. La expresión política de «cien días» se había utilizado poco antes. Fue el lapso entre la salida de Luis XVIII de París y la derrota de Napoleón.

Con el criterio actual de «los cien días» como moratoria para la crítica política la expresión se acuñó en 1933; fue el plazo que se dio el Congreso para promulgar la legislación del New Deal de F. D. Roosevelt. En efecto, ese plazo se cumplió con una febril actividad legislativa. El presidente J. F. Kennedy aludió a los «cien días» en el discurso inaugural. Su prometedora política «no iba a realizarse ni en cien días, ni en mil, ni siquiera en la vida entera del planeta. Pero empecemos». Más tarde, la crónica del «reinado» de Kennedy, escrita por Arthur Sohlesinger, Jr., se tituló Los mil días. Hay un remedo de «los mil años», el plazo que se dio Hitler para convertir al mundo en el Tercer Imperio.

El primer ministro británico, en su campaña electoral de 1964, aseguró que, siguiendo al presidente Kennedy, necesitaría «cien días de acción dinámica» para superar los años anteriores de infortunio (stagnation). Después de esos precedentes se fue adoptando la costumbre de dar cien días de «esperar y ver» para calibrar las propuestas legislativas de los políticos recién elegidos.

Félix Juan Cabasés (Azpeitia, Guipúzcoa) señala el origen de la voz tafanario (= trasero, culo). Procede de antifonario, el conjunto de antífonas, cantos litúrgicos que se entonan junto a los salmos. El antifonario ocupa la parte última del breviario. El humor clerical se introdujo para llamar tafanario a lo que está detrás, al trasero. La historia es ingeniosa, aunque no me convence del todo. Por lo menos prueba que los ñoñismos se introducen como juego en el idioma.

Aprovecho el espacio para hacer un anuncio gratísimo. La Asociación Castellano-Manchega de Sociología me ha concedido el primer premio del VI Premio de Ensayo Breve Fermín Caballero. El trabajo premiado tiene mucho que ver con las ideas que he ido diseminando en este corrillo de las palabras. Los premios se otorgaron en un simpático acto celebrado en la cripta de las escuelas de Barajas de Melo (Cuenca), localidad natal de Fermín Caballero. Recordé en mi intervención que Caballero pertenece a esa generación de presociólogos de la época isabelina que tanto hicieron por modernizar la sociedad española. No está mal que vayamos componiendo el rol de los héroes civiles de España.

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