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| Amando de Miguel
libertaddigital.com, España
Viernes, 16 de marzo del 2007

LA LENGUA VIVA: EL INGLÉS ARROLLADOR

Sadam Hussein se mofa de la utilización que hago de anglicano para referirlo a la lengua inglesa, preferentemente la hablada en el Reino Unido. Nada menos que don Sadam dice que ese modo de razonar es «típico del facherío analfabeto ejpañuelo». Pero, si hay anglicismos (= provenientes de los anglos o ingleses), no sé por qué no voy a poder calificar de anglicano al idioma de Inglaterra. También decimos angloparlante y no «inglesoparlante». Anglicano en modo alguno es un término despectivo, como lo es anglosajonería, al decir de Miguel de Unamuno. Más visceral aún es lo de anglocabrones que dice Fernando Sánchez Dragó.


Juan Puyol protesta por algunos anglicismos insoportables, como silicona (= silicio) o mandatorio (= obligatorio). Razón tiene. No cabe duda de que el inglés es hoy la lengua nutricia de otras muchas. Es inútil enfrentarse a esa influencia, pero por lo menos salvemos los muebles de la estructura de nuestra lengua común.

José María Navia-Osorio sostiene que no hay que tener vergüenza en hablar mal el inglés. La razón es que cuando un inglés dice, por ejemplo, «el plaza de toras», los españoles entendemos perfectamente lo que el guiri quiere decir. Pues bien, concluye el asturiano, hablemos el inglés a nuestro modo y que los angloparlantes agudicen el ingenio para entendernos. A riesgo de que don José María se entristezca, diré que no estoy muy de acuerdo con ese argumento. El idioma español tiene la ventaja de que, aunque se pronuncie mal, se entiende bastante bien. El inglés –sobre todo el de Inglaterra– no admite otra pronunciación que la nativa. Bien es verdad que los angloparlantes son comprensivos con los acentos extranjeros, pero han de adaptarse a la forma canónica de pronunciar el inglés. Esa norma puede ser desesperante para los españoles, no digamos si son andaluces. Por ejemplo, en inglés es necesario pronunciar bien la consonante final, norma que en español no suele seguirse. Especialmente los andaluces se comen muchas eses finales.

Jaime Carvajal anota una señal de tráfico en Puerto Rico: «Paso para envejecientes». Quiere ser la traducción libre de Pass for the elderly. Por lo visto, tanto en inglés como en español, molesta decir simplemente «viejos». ¡Con lo bonita que es esa palabra!

Alfonso Blanco-Rivas (gallego que lleva 18 años viviendo en los Estados Unidos) recoge el rótulo de un restaurante hispano de New Jersey: «Se vende carne a la braza».

José María Navia-Osorio me pregunta si yo he sido un fulbrighter. En efecto, obtuve una beca Fulbright en 1961 para estudiar Sociología en la Universidad de Columbia (Nueva York). La idea de esas becas se debió al senador James William Fulbright, muy activo en la política exterior de los Estados Unidos. Las becas Fulbright las daba el Gobierno americano pero machihembrando sus fondos con otras fundaciones. En el caso español esos fondos provenían del legado de un indiano. La selección de los aspirantes (provenientes de todas las carreras) era extremadamente rigurosa. Creo recordar que obtuve el número uno de las becas de mi promoción, un mérito que nunca he aducido, no sé por qué. Está por hacer un estudio sobre la contribución de los fulbrighters a la vida científica española. Muchas veces pienso que mi formación ha costado un dineral a los contribuyentes. Es una buena razón para esmerarme en mi trabajo.

La importación de palabras inglesas es un debate interminable. Destacan los nacionalistas del español, tanto de derechas como de izquierdas, los que se resisten a admitir palabras de factura anglicana. En el polo opuesto figuran los que introducen en el habla palabras inglesas a troche y moche, con la pretensión de que eso da prestigio. Lo más corriente es que se meta por todas partes el inglés traducido. Por ejemplo, en las películas se dice siempre al invitado si quiere «una taza de café». Por una vez el español es más concreto: basta con ofrecer «un café». Luego el «café» admite docenas de variaciones, pero esa es otra historia, como decía Kipling.

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