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| Amando de Miguel
Libertad Digital (España)
Miércoles, 16 de abril del 2008

LA LENGUA VIVA: ABRAPALABRA

En el lenguaje coloquial, se tacha de «capitalista» a la persona derrochona. En la realidad histórica, el capitalista es la figura contraria, la del que ahorra dinero para invertirlo.


Ya sabía yo que mi personal distinción entre eficaz-eficiente-efectivo no iba a dejar tranquilos a muchos libertarios, sobre todo a los del campo científico. Manuel Herrera Jerez (ingeniero) está de acuerdo con la distinción que yo proponía, pero apunta la ilustración de «matar moscas a cañonazos» un método muy eficaz, pero poco eficiente. No obstante, el ejemplo no me vale mucho. Si se matan moscas a cañonazos, el procedimiento sigue siendo ineficaz, pues el coste (incluidos los daños) resulta desproporcionado. La eficacia requiere un uso racional, proporcionado, de la energía desplegada.

José C.M.G. propone esta otra distinción:

  • Eficaz (= alcanza su objetivo, independientemente de los medios).
  • Eficiente (= alcanza su objetivo con los mínimos medios posibles).
  • Efectivo (= alcanza un objetivo, aunque no sea el objetivo para el que fuera diseñado)
  • No me convence. Estamos otra vez con lo de «matar moscas a cañonazos».

    Germán Pedraz Calvo apoya el criterio de C.M.G. Por lo visto es el canónico en el ambiente científico y técnico, pero sigue sin convencerme. Para mí la clave está en la introducción del factor humano (eficiencia) o del factor temporal (efectividad).

    José Ángel García-Escribano (Torredonjimeno, Jaén) propone la siguiente tipología, que resulta muy clara:

    ……………………………………….¿Cumple los objetivos?

    Utiliza………………………… Sí (eficaz)……………No (ineficaz)

    Pocos medios …………………….A………………………..C

    (eficiente)…………………Eficaz y eficiente……Ineficaz pero eficiente

    Muchos medios…………………..B………………………..D

    (no eficiente)…………….Eficaz y no eficiente…Ineficaz y no eficiente

    Lo malo de esa tipología es que no contiene palabras específicas para los casos que resultan: A, B, C y D. Para mí lo interesante es el tipo A, que puede aplicarse a cosas (procesos) o personas (equipos, organizaciones).

    José Ruiz Olivares (médico) aplica la distinción a su campo. Así resulta que la eficacia es la que cumple los objetivos de manera ideal o experimental, mientras que la efectividad se aplica a la población real. Está claro que estamos instalados en la ambigüedad, lo cual no es tan malo como parece. Recuérdese el cuentecillo indio de los ciegos y el elefante. Ya se sabe, cada uno ve la feria como le va en ella. La dificultad de todos los criterios propuestos está en la tarea de asignar el valor de los medios o el alcance de los objetivos. Ahí caben todos los sesgos y errores posibles. Por ejemplo, en tiempo de guerra se dispone de medios extraordinarios.

    Por otra parte, los fines pueden ser más o menos justos o morales, según en qué circunstancia. Está por decidir si la esclavitud fue un sistema eficiente o ineficiente. Fue eficiente a corto plazo, pero fue perdiendo esa capacidad con el tiempo. El tiempo hizo que la esclavitud empezara a ser ilegítima. Hasta hoy mismo, los aerogeneradores («aspavientos») son un procedimiento poco eficaz para producir energía eléctrica. Pero lo serán cada vez más conforme siga subiendo el precio del petróleo, más aun si se tiene en cuenta el costa (indirecto, pero creciente) de la contaminación atmosférica.

    Pedro Manuel Araúz Cimarra (Manzanares de la Mancha, Ciudad Real) confirma que, en efecto, se llaman «capitalistas» los que sacan a hombros a los toreros «por la propina que reparte luego el espada». Añado que esa acepción demuestra la dificultad histórica que ha tenido el capitalismo para introducirse en España. En el lenguaje coloquial, se tacha de «capitalista» a la persona derrochona. En la realidad histórica, el capitalista es la figura contraria, la del que ahorra dinero para invertirlo. Viene a cuenta la distinción que hacía Ramiro de Maeztu entre el «sentido sensual» del dinero (para gastarlo, para presumir de rico) y el «sentido reverencial» del dinero (para invertirlo y dar trabajo). Claro que los vascos que mandan ahora son de otra pasta. La prueba es que borraron el nombre de Ramiro de Maetzu a un instituto de enseñanza media de Vitoria. Tampoco es que lo hayan sustituido por el nombre de otro victoriano ilustre: Francisco de Vitoria.

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