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| Portafolio, (Bogotá, Colombia) Miércoles, 15 de noviembre del 2006

«LA LENGUA ES UN VIAJE»

Con el ánimo de entusiasmar a nuestros lectores con un par de muy importantes acontecimientos culturales que se llevarán a cabo en Colombia el año entrante, a continuación reproducimos un fragmento —el cuarto capítulo, cuyo título encabeza esta nota de las palabras del ex presidente Belisario Betancur en la presentación del Congreso de la Asociación de Academias de la Lengua Española en Medellín y del IV Congreso Internacional de la Lengua Española en Cartagena, que tuvo lugar en la Casa de Nariño el martes de la semana pasada:


«…En el plano vívido del uso diario, las academias incorporan los nuevos vocablos y cancelan las expresiones marchitas.

Don Marco Fidel Suárez, contaba que tenía escritos 120 significados de las palabras marrullero o redomado, y 100 de la palabra bobo. Igualmente los cambios de sentido que produce la palabra mayor, según que se anteponga o posponga a los vocablos días, edad, fuerza; el vocablo santo antepuesto o pospuesto a oficio, padre, días, tierra. Asimismo, las mutaciones de frases hechas y de refranes trasladados de España a América, y, al contrario, por ejemplo, nuestro «el Mono de la pila» es, en España, San Juan de los Reyes; y nuestro «ensillar antes de traer las bestias» es en la península «aún no ensillades é ya cabalgades». Otro tanto ocurre con los acentos americanos de frase, por ejemplo el superlativo en «hallé una flor más linda», equivalente a lindísima. O los adverbios de modo formados en el Caribe colombiano así: graciasadiosmente, sindudamente.

Quizá por esos modismos o americanismos de los que nos sentimos orgullosos, máxime ante diccionarios como el de Construcción y Régimen iniciado por don Rufino José Cuervo a fines del siglo XIX y concluido cien años después, recuerda el escritor español Juan Cruz que antes del auge de los escritores latinoamericanos, conocido como el 'boom', los editores españoles se negaban a editar a los autores de nuestra orilla, porque carecían de traductores. Era la lengua común que nos desune según expresión del novelista chileno Jorge Edwards. Lo cual explica aquella anécdota tantas veces evocada, cuando los poetas españoles Leopoldo Panero, Luis Rosales, Agustín de Foxá, Luis Felipe Vivanco y el colombiano Eduardo Carranza, por los años cincuenta del siglo XX, iban de Bogotá a Tunja por el lomo del altiplano andino, y se detuvieron en una fonda campesina a atemperar el frío con recios aguardientes. El campesino que atendía en la fonda los interrumpió así: ¿Los señores son españoles? «Sí», contestó Rosales. «Y Usted cómo lo supo?» El campesino replicó sin vacilar: «Pues por el dialecto que hablan».

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