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| Pablo Ramos Méndez
eluniversal.com, Venezuela
Lunes, 13 de noviembre del 2006

LA LENGUA EN SALSA: EL PRONOMBRE

«Acusé el golpe bajo de la intromisión, en el silencioso mundo donde me encontraba»


En una ocasión estaba en la Biblioteca Ramón Díaz Sánchez del Club Puerto Azul, inmerso en la lectura del genial Rómulo Gallegos, buscando citas que respaldaran algunos temas que trato en el libro La lengua ensalzada, cuando sentí la desagradable interrupción de una señora, entrada en años, que desde la puerta le avisaba a su hija en voz alta:

Miguelina, al enfermo no lo dejan ver.

Acusé el golpe bajo de la intromisión, en el silencioso mundo donde me encontraba aquella mañana tratando de que mis escritos no fueran oligotróficos, sino por el contrario, que ofrecieran muchos nutrientes a mis lectores.

Continué mi labor haciendo prescindencia del inoportuno comentario de la doña y que había afectado mi concentración, a pesar de que no soy hiperestésico. Tampoco puede decirse que tenga una memoria tan prodigiosa como el tipo que decía:

Mi memoria es tan buena, que antes de nacer, recuerdo que fui a una fiesta con mi papá y regresé con mi mamá.

Yo no llego a tanto, pero a eso de las seis y tres minutos con veintidós segundos de aquella tarde, traje a mi memoria la frase de la señora:

«Al enfermo no lo dejan ver».

Si analizamos su mala educación, porque el silencio en una biblioteca hay que respetarlo, lo que ella quiso decir es que estaban prohibidas las visitas. ¿No es cierto? Pero eso no fue lo que pronunció.

En buen ladino lo que la señora expresó fue: Al enfermo no lo dejan ver; o sea, que probablemente le taparon los ojos, porque si no lo dejan ver es que le pusieron unos anteojos de suela (Con s: ¡Ojo!), o lo vendaron, o le pusieron esparadrapos sobre sus glóbulos oculares.

Aunque mi compadre asimilado, Miguel Ángel Pinto Salvatierra no es muy afecto a las digresiones, yo no puedo evitarlas cuando estoy en función didáctica.

Digo esto porque tengo que hacerlo ahora para comentar que, hablando de la vista, muchas gentes dicen: Me duele la vista o Me arde la vista, lo cual es una imprecisión del lenguaje, porque la vista ni arde ni duele. Tampoco se opera.

Retomando el tema que hoy nos ocupa, quizás a alguien se le ocurra pensar: ¿Y cómo debió haber dicho la señora?

Debió haberlo dicho así: Al enfermo no dejan verlo. (Y al oído de la hija. No escandalizando en una biblioteca). ¿Por qué? Por dos razones:

1.- Se evita lo deíctico, anafórico o la dicotomía o ambigüedad (Con diéresis o crema) de la expresión.

2.- Que el pronombre «lo» no es complemento de dejar sino de ver.

Nueva digresión, dedicada esta vez al profesor Pinto Salvatierra: Observe que entre paréntesis digo (con diéresis o crema).

¿Por qué lo hago? Por una función didáctica, ya que según me manifestó una profesora del Liceo Leopoldo Aguerrevere, allá es obligatorio para los alumnos, leer mi columna, discutir los temas y enriquecer su hemeroteca. Pensando en ello, y en otros casos similares, es por lo cual a veces explico cosas que para la mayoría de mis lectores pudieran ser evidentes. Ya está.

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