Noticias del español

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| Lola Galán
El País (Madrid, España)
Domingo, 9 de septiembre del 2007

LA ESPAÑA DE HOY, EN EL ‘MOLINER’

La nueva edición del diccionario de uso del español 'fotografía' un país más rico y más mestizo.


La palabra cayuco estaba ya ahí. Un término hispanoamericano para designar un tipo de barco indio, «sin quilla». Pero la realidad venía imponiendo una nueva acepción. Algo así como «barca grande empleada para la pesca tradicional en la zona de Mauritania. Se utiliza también frecuentemente para el transporte de inmigrantes ilegales africanos hasta las islas Canarias». Entre la primera y la segunda definición median cuarenta años de la historia de España. Cuarenta años que han hecho necesarias dos nuevas ediciones del María Moliner, el diccionario de uso del español más conocido del mundo. El preferido en universidades y bibliotecas, del que la editorial Gredos ha vendido 200.000 ejemplares desde su aparición en 1966-1967. Una cifra insólita si se piensa que hablamos de un archivo de voces, y no de una novela de aventuras. Pero la evolución de España, y con ella la del español, ha sido tan vertiginosa que a los nueve años de publicar la segunda llega ahora la tercera edición de esta obra clásica. ¿Por qué? Porque la fotografía del español se ha movido muchísimo y ya no refleja los rasgos reales de su uso, en una España diferente. Un país que de exportador de emigrantes se ha convertido en meca de la inmigración; una sociedad rural que pasó de usar el azadón a practicar pilates, a viajar por todo el mundo y a llenar los restaurantes internacionales, dominando términos como carbonara, al dente o chop suey.

Pero lo cierto es que, dado el impacto enorme del María Moliner durante 31 años, y pese a algunas carencias, nadie se había atrevido a tocarlo. María Moliner -nacida en 1900 en Paniza (Zaragoza) y fallecida en Madrid en 1981-, aquella dama aragonesa, esposa de catedrático y madre de cuatro hijos, que recopiló minuciosamente, durante quince largos años, las fichas con cada palabra, cada definición precisa, había dejado ya, antes de morir, instrucciones para la revisión del texto.

Ella misma era consciente de que su rechazo a incluir palabras «malsonantes» (casi todas relacionadas con el sexo) era insostenible. Había que introducir cambios urgentes. Y así surgió la segunda edición. Que en nueve años quedó superada. «Todos los diccionarios envejecen», dice el académico Manuel Seco, que dirige el Diccionario del español actual y prologa la nueva obra.

La única forma de que sigan vivos es someterlos a una constante revisión. Y, como dice el también académico José Antonio Pascual, «cambiar su carrocería». Había que tomar nota del auge de Internet, por ejemplo, que ha puesto términos como blog, buffer, chat o dominio en boca de todos. Y de la realidad política del país, incluyendo lendakari, batzoki o batasuno junto a aberri eguna y diada. Para acomodarlos ha llegado esta tercera edición. Una revisión que toma nota de los usos verbales de una sociedad más hedonista conocedora del chill out, la aromaterapia y el shiatsu.

¿Cómo dejar fuera al okupa? ¿Cómo excluir la Opa, el acoso laboral o mobbing, la masa salarial y el euríbor de nuestros tormentos? De ninguna manera. Sumando términos, la nueva edición llega casi a los 100.000. Eso sin incluir las nuevas acepciones. Un inventario del idioma que hablamos. «Que refleja una sociedad más aburguesada», dice Joaquín Dacosta, el lexicógrafo que ha dirigido el equipo que ha realizado la revisión. Y también más políticamente correcta, que ha puesto en circulación el eufemístico término «islamista», recién incluido en el diccionario, junto a algunas voces de argot. Las justas. «La gente se equivoca cuando piensa que un diccionario tiene que incluir la ultimísima palabra», dice Seco. Se necesita un tiempo de rodaje antes de aceptar una nueva voz. A cambio, una vez admitida oficialmente, no hay modernización que la pueda expulsar.

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