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| El Día de Córdoba
Martes, 21 de febrero del 2006

LA CARA POÉTICA DEL DICCIONARIO

Una mañana de noviembre del 2001, Andrés Trapiello se embarcó en uno de esos proyectos que le han dado fama de trabajador infatigable. Durante todos los días de un año, escogió al azar cinco páginas de su viejo Diccionario ilustrado de la lengua castellana de Saturnino Calleja (1919) para extraer las entradas que, por algún motivo, le llamaban la atención y después glosarlas en una serie de aforismos que fueron apareciendo semanalmente en el diario La Vanguardia bajo el epígrafe El arca de las palabras.


Ahora, la Fundación José Manuel Lara rescata estas páginas de las hemerotecas y las eleva a la dignidad de libro. Una vez más, el equipo editorial de la institución del Grupo Planeta, comandado por Ignacio F. Garmendia, da buena fe de su madurez y su savoir faire. En esta labor ha contado con la colaboración imprescindible del propio Trapiello, también editor y tipógrafo de mérito, como demostró al frente de la colección de poesía La Veleta.

La colaboración entre la Fundación Lara y el escritor leonés ha dado como fruto un libro de sólida factura, con una maquetación agradable al servicio de la lectura y un bello juego tipográfico entre los caracteres de palo seco y los de corte tradicional. En el resultado final han tenido mucho que ver las pequeñas ilustraciones de Javier Pagola, que salpican las páginas para proporcionar una interpretación entre ingenua y surrealista a las palabras escogidas por Andrés Trapiello.

El propio autor reconoce en el prólogo de El arca de las palabras que la idea de la obra se la dio Emily Dickinson, quien buscaba en el diccionario «el milagro». Frente a escritores materialistas como Flaubert, que usaban el diccionario como un banco de datos para retratar con exactitud la realidad de su tiempo, Trapiello cree que «las palabras, según en manos de quién, suenan distintas y dicen cosas diferentes». Por eso este libro hay que leerlo como una enciclopedia personal e intransferible, como unas páginas que sirven para asomarse al universo de quien las escribe.

Por ejemplo, el día en que Trapiello abrió una página de su diccionario de Calleja y leyó la palabra ballena, apuntó: «Las ballenas, como los elefantes, fascinan, tanto o más que por su tamaño, por la soledad en la que andan». ¿Cómo si no podría haber descrito un leonés algo tan remoto, aprendido en los libros de aventuras y en las ilustraciones que adornaban su tomo de amarillento?

En este diccionario glosado de Trapiello aparecen palabras de todo tipo: desde las de uso cotidiano (estudiante, estrella o igualdad) hasta otras cuyo significado se escapa a la mayoría de los mortales (propincuo, arrequives o regüeldo). Por algo, el propio escritor se confiesa «un palabrista de viejo, como los buhoneros y los aljabibes, como los zarracatines que comercian en ropas viejas».

Eso sí, todas son sometidas a un revisionismo en forma de aforismo que le da a estas palabras una vida más allá que la que le ofrece el Diccionario de la Real Academia Española.

Algunos de estos aforismos están llenos de una fina ironía arraigada en un conocimiento antiguo, como aquel que dice «La Orden de Caballería es la línea más corta entre estos dos puntos: aventura y ventura». Otros, al menos para un lector andaluz, son más obvios: «Una greguería: el clavel es una rosa con bata de cola». Casi siempre poéticos: «El rasrás nocturno de los grillos poliniza las estrellas, por eso hay tantas». Sea como fuere, lo cierto es que El arca de las palabras nos muestra al mejor Trapiello, el obrero incansable del taller de las letras.

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