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| Juan Antonio Frago
elpais.com, España
Sábado, 27 de febrero del 2010

LA AVENTURA DEL ESPAÑOL

La andadura del castellano americano durante el periodo colonial se desarrolla en un escenario multiétnico y pluricultural. De ahí la conservación de muchos dialectalismos propios de la primera colonización sin que esté reñido con tendencias innovadoras. Las independencias no rompen los vínculos idiomáticos.


A su arribo a las Canarias, en el regreso del primer viaje descubridor, escribía Colón al racionero real Luis de Santángel dándole cuenta «de las islas halladas en las Indias», feliz conclusión de un proyecto tachado de fantasioso, pues, como el navegante genovés recuerda en un memorial de agravios, «acá se dudaba y decía que esta empresa era burla». La carta colombina hasta seis veces repite la palabra maravilla, junto a maravilloso y maravillosamente, en medio de superlativos y de expresiones hiperbólicas, reflejo estilístico del asombro que embargó a los recién llegados ante las novedades que aquellas tierras antillanas les ofrecían. Admirable también era el texto epistolar, que, impreso en Barcelona el mes de abril de 1493, halló inmediato eco en varias ediciones extranjeras, muestra del enorme interés que el prodigioso hallazgo suscitó en Europa. A mediados del siglo XVIII el almeriense Murillo Velarde con el admirativo: «¡Parece sueño el descubrimiento de las Indias!», comenzaría uno de sus libros, porque América fue causa permanente de fascinación, incluso imaginada lugar del paraíso terrenal, mito que aún resuena en el efusivo deseo de Linneo, «¡quién pudiera estar con v. m. un solo día en el más maravilloso de los paraísos!», con el que se despide de su discípulo Loefling a punto de partir hacia regiones todavía incógnitas del Orinoco.

Radicalmente cambia la cosmovisión del europeo con el conocimiento, aunque incompleto, del Nuevo Mundo, como cambiarían tantos aspectos de la vida material en el viejo continente. Hambrunas remediadas por el cultivo intensivo del maíz y de la patata; la alimentación enriquecida por el aguacate, la batata, el cacao y el dulce chocolate, el tomate y el ají o chile, hispanizado como pimiento y guindilla, según formas y sabores. El hábito de fumar tabaco, iniciado en Sevilla y pronto aceptado por toda Europa, con temprano arraigo en el lejano Japón; y una medicina abundantemente provista de remedios indianos, los apreciados bálsamos y la cañafístola, o la canchalagua, la jalapa, el mechoacán y la quina, y tantos productos salutíferos más. A Sevilla, también a Canarias, llegaban las cosas de América con sus nombres, prestamente difundidos por mercaderes y hombres de letras. La famosa carta de Colón ya traía un indigenismo léxico, canoa, que se haría préstamo en muchas lenguas, y el italiano Arcimboldo pintaría una mazorca de maíz en la vegetal cabeza del emperador Rodolfo II; pero décadas antes en hospitales italianos se aplicaba el palo de Indias o palo santo, en taíno guayacán, para alivio de la sífilis, mortífera plaga de la época.

El choque de lenguas tan distintas en un primer momento sumió a Colón y los suyos en la incomunicación lingüística, malamente superada mediante el lenguaje gestual, pero el problema, por doquier reiterado y agrandado, se iría solventando merced a intérpretes, en su mayoría indios ladinos y mestizos, después por el crecimiento de la población criolla y por el mestizaje, ya que generalmente el nacido con sangre mezclada se arrimaba a la cultura hispánica del padre, asimilación igualmente seguida por los mulatos. Los horizontes de la antigua lengua española se dilataban así geográfica y demográficamente con la fértil savia americana en tiempos de la mayor oportunidad, como en 1524 advirtió el humanista cordobés Hernán Pérez de Oliva, «porque antes ocupábamos el fin del mundo y ahora en el medio, con mudanza de fortuna que nunca otra se vido». Idéntico argumento esgrimiría por 1560 el sevillano Tomás de Mercado, para quien «soliendo antes Andalucía y Lusitania ser el extremo y fin de la tierra, descubiertas las Indias, es ya como medio».

Porque el descubrimiento de América vino a romper márgenes territoriales echados, abriendo inmensos dominios a la expansión del español, trasplantado al otro lado del Atlántico en régimen de plena solidaridad interregional. Efectivamente, la diversidad diatópica, que en España apenas sufriría mudanzas, en el nuevo solar indiano se entremezcló, igual que los emigrados de todas las procedencias se hicieron convecinos, rompiendo los moldes del particularismo originario. La nivelación de las variedades aportadas por la emigración motivó la extensión social de palabras propias del occidente peninsular, como cangalla, carozo, dolama, frangollo, lamber y soberado; y andalucismos como alfajor, chinchorro, estero, orosuz y sopaipa alcanzaron total o amplia difusión en la América española, a veces con variación semántica. Así, el consumo del dulce andaluz en todas partes se impuso, pero adaptada su elaboración a los productos de cada país; en el Perú poco antes de la Independencia de las «almendrillas» de cierto árbol indiano, «con miel, maní y otras semillas hacen alfajor de muy buen gusto», en observación del botánico burgalés Hipólito Ruiz.

La fonética marcó profundamente la fisonomía del español de América, con relajamientos consonánticos de tipo meridional y sobre todo con el triunfo de la pronunciación aspirada de la jota sobre la realización de la velar norteña; pero en la generalización del seseo el protagonismo inicial correspondió a andaluces y canarios. Su siembra dialectal germinó en las generaciones criollas, que hicieron suyo este modismo, lo mismo que los mestizos, indios, negros y mulatos españolizados, de modo que al llegar los años de la Independencia el hablante hispanoamericano se identificaba con este rasgo fónico, algo que los textos certifican. Ilustrativas a este respecto son las cartas de la chilena sor Dolores Peña y Lillo, o las de prohombres independentistas como Agustín de Iturbide y Simón Bolívar, y tantísimos escritos de las elites indianas en los que el seseo, el yeísmo y otros rasgos del hablar hispanoamericano con generosa abundancia se manifiestan.

La andadura del español americano durante el periodo colonial se desarrolla en un escenario multiétnico y pluricultural, sociológicamente condicionado por el aristocratismo de las privilegiadas minorías criollas, por la vastedad geográfica y su penuria demográfica, el general San Martín se quejaba de que «la mayoría de nuestro territorio es un desierto sin habitantes», y por las grandes distancias y las dificultades comunicativas, circunstancias favorecedoras del aislamiento y del apego a la tradición. De ahí la conservación de muchos dialectalismos y usos propios de la primera colonización, sin que tal conservadurismo lingüístico esté reñido con ciertas tendencias innovadoras, sea la que lleva a la pérdida de vosotros y vuestro, sea el empuje de la pronominalización verbal (desertarse, regresarse), la frecuente pluralización de impersonales («han habido revoluciones», «cuatro años hacen hoy»), o bien la adverbialización de adjetivos («hablar lindo», «dar bien duro»). En los más insospechados rincones textuales se advierten cambios ya verificados o en curso de signo americanista, por ejemplo, en la letra que según el informe de Urrutia cantaban el año 1783 los indios sublevados en Cochabamba: «Viva nuestro rey Tupacmaru y muera Carlos III; los chapetones vístanse de acero para defender a vuestro rey Carlos III», con correspondencia en la leyenda de un cuadro cuzqueño pintado en 1754:

Contemplad vuesas mercedes

a Satanás del Rivero,

resibiendo mojicón fiero

para escarmiento de ustedes.

Todo esto, y mucho más, palpita en los documentos de la Independencia, cuando asimismo se despierta el sentido identitario en su vertiente lingüística, así en la referencia al «acento de los americanos» del Libertador rioplatense, y en la mención al hablar castellano-colombiano del periódico de Angostura, sin que falten las alusiones sociolingüísticas, como la crítica contra el «hablar rústico» de Arroyo, un pequeño caudillo mexicano, «campesino chaparro», hecha por un compatriota suyo. América se independiza de España, aunque no se rompen los vínculos idiomáticos con la antigua metrópoli, y no podían quebrarse entre otras cosas porque los americanos necesitaban el uso del español. Un significado porteño confesó su gran desconocimiento de México y Bolívar muy poco era lo que de Argentina sabía; y hasta 1819 el guerrillero boliviano Santos Vargas no había oído el nombre de Colombia. Sin embargo, la americanidad de todos ellos en medida no menor se sustentaba en la común pertenencia a la lengua española.

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