Noticias del español

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| Arnaldo Pérez Wat
La Voz del Interior, Argentina
Miércoles, 6 de mayo del 2009

LA ACADEMIA Y NUESTROS VERBOS

La variación de las formas verbales en español es compleja, y nosotros le venimos todavía a agregar elementos, con variaciones prosódicas.


En la década del año 1980, los jóvenes de nuestro país comenzaron a usar abusivamente el verbo cortar en una suerte de imperativo interjectivo: «¡Cortala!». Reemplazaba a la que se utilizaba a principios del siglo pasado: «¡Acabala!». Ambas formas decayeron y no fueron enviadas a la Real Academia. Sin embargo, tal uso enclítico (no sólo de este verbo, sino de todos) desorientaba a los extranjeros con su acentuación prosódica, la que marea aun a los académicos. Así, un chico le decía a otro: «Cortála vos», segunda persona del imperativo. (Usamos la tilde para una mayor claridad). Entonces, al español le parece que al pasar a la tercera persona tendría que decir, «cortéla usted».

Como nuestra explicación de por qué decimos: «Cortelá usted», no estaba clara, la Real Academia exigió que en la conjugación colocáramos una tilde para estos casos y para otros compuestos verbales. De esa manera se veía —en títulos sobreimpresos de la TV, hasta hoy se ve— formas acentuadas prosódicamente, tales como dejála, vaciála, pensála.

En 1999, la real institución levantó esa exigencia y todo quedó como hoy. No obstante, algunos autores, con libros sobre lenguaje impresos por esa fecha, debieron, en posteriores ediciones, advertir sobre por qué escribieron estas palabras así acentuadas.

Es que la variación de las formas verbales en español es compleja, y nosotros le venimos todavía con variaciones prosódicas. Por tal causa, con posterioridad, en los modelos de conjugación, la Real Academia coloca al final de su diccionario, en el 2001, la forma del Río de La Plata, al lado de la castiza, ejemplo: cae tú, caé vos; huele tú, olé vos; tú eres, vos sos. Algunos casos nos chocan como: vos erguís, en lugar de: tú yergues.

Además, los académicos son cautos, pues al llegar al imperativo de ir, colocan: ve tú, y al lado, nuestro «andá vos». Y en lugar de aclarar que los argentinos chapuceros confunden «ir» con «andar», se limitan a consignar respetuosamente: «La forma propia del imperativo singular se suple con la correspondiente de andar».

En el Diccionario panhispánico de dudas, 2005, se ocuparon más extensamente de la conjugación en Latinoamérica. Hay, incluso, en el artículo «voseo», un cuadro comparativo, aclarando país por país. Ejemplo: Argentina, Paraguay, Perú (Arequipa), Colombia, casi toda América Central, México (Chiapas y Tabasco): Vos cantás, comés, vivís. Chile: cantái(s), comí(s), viví(s). Panamá y Cuba: cantái(s), coméi(s), viví(s), etcétera.

Digresión: la influencia de Chile cantái, comí, hací, tení, llega a Cuyo. Verbigracia, un porteño le advierte a su compañero que no fuerce la llave pues se va a romper. Éste insiste, y se quiebra. El porteño exclama: «¿Viste… viste?, te lo dije». Ciertos sanjuaninos, en la misma situación, advierten: «¿Vi… vi?, te lo hi dicho». Ese «vi», cuyano, no llega a San Rafael, pero sí llega allí el tení, vái, querí, que se expanden hasta el cordobés básico. Ejemplo: un negrazón hace señas; el ómnibus se detiene y el chofer vocifera: «Hoy no hay transporte; no trabaja nadie». El morocho local replica: «¿Y vo’ que hací en el ónibu? ¿Tái jugando?».

Por lo demás, podríamos objetar que nuestro santiagueño usa un modismo intermedio entre tú tienes y vos tenés, que es «vos tienes». Pero no han descuidado ese detalle, porque explican que en Bolivia se utiliza dicha forma, y que ello influye en países limítrofes como Argentina y Perú.

Dejando esta cuestión, pasamos a nuestro lunfardo. Si le decimos a los académicos: «Se afanó la mosca con la petisa», van a entender que una mosca se ocupó afanosamente de fastidiar a una dama de baja estatura. En nuestro lenguaje de bajo fondo quiere decir que se choreó (o se chorreó) la plata con una ganzúa. Ahora bien, si en lugar de esa ganzúa especial utiliza cortafierro y martillo, entonces el choro es un arzobispo, según el vocabulario lunfardo de Federico Cammarota.

Si un individuo «levanta un muerto», para la Academia significa que cobra una deuda indebida en el juego. No saben que aquí, al contrario, «levantar el muerto» es pagar la cuenta. Cosa muy distinta es levantar una mina; pero en este caso particular, los académicos pueden deducir su significado. En efecto, la mina lleva varias ediciones paseando en sus diccionarios. (Minón no cuajó, pero le faltó poco para que lo aceptaran). Y en lo relativo a hacer un «levante», este vocablo ya figura en el diccionario en cuestión, en la acepción de realizar una conquista amorosa. Sería atracar, en el diccionario lunfardo de José Gobello. Sin embargo, en forma de complemento de este último verbo, hace tiempo que los adolescentes usan «transar», como aclarando que ya no es sólo el varón el que empuja en el preludio de la relación amorosa, sino que se trata de un mutuo acuerdo.

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