Noticias del español

| |

| José A. García del Castillo
laverdad.es, España
Domingo, 2 de mayo del 2010

JUEGOS DE PALABRAS

Hay que salvar la riqueza de la lengua de las disquisiciones partidistas.


Uno de los orgullos, poco y mal reconocidos por los españoles, es el idioma, un auténtico signo de identidad propia que consigue sencillamente que millones de personas en el mundo puedan comunicarse a través de su uso. Los cuestionamientos cerriles apoyados en las lenguas son una punta de lanza para arremeter sin miramientos contra las entrañas de lo más autóctono, capaz de unificar a los pueblos muy por encima de otros símbolos. De hecho los nacionalismos imponen como uno de sus principios rectores la promulgación de la lengua como algo obligatorio para todos sus ciudadanos sin excepción, a sabiendas de que esta exigencia compactará firmemente los cimientos de la construcción nacional. Pero otra cuestión bien distinta es la atribución que podemos hacer de una lengua en cuanto a sus posibilidades: belleza, expansión, determinación, distinción, conocimiento, y un largo etcétera.

La belleza del español es singularmente aceptada por los que lo conocen y a pesar de no haberse establecido como lengua mercantil, ni científica en el mundo, sus seguidores se cuentan por millones y sus aspirantes por cientos de miles. En cambio a sus detractores únicamente les queda el argumento del pobre de espíritu, mascullando que el peor enemigo del castellano son sus propios vigilantes, como alusión a los académicos de la lengua. Salvando estos pequeños escollos, que bien pudieran quedar en lo anecdótico, podemos encontrar tanta hermosura en el uso del idioma que pudieran resultar encandiladores incluso los más parcos en palabras y construcciones gramaticales.

Hace unos años hablábamos de una brillante idea que surgió para buscar entre todos las palabras más bellas del español, barajándose vocablos como amistad, amor, felicidad, paz, en cuanto a su contenido o achicharrar, zambra, clepsidra, en cuanto a su sonoridad o estructura. En estos días que celebramos la fiesta del libro donde se compendian tantas guapuras literarias nos permite hacer un homenaje al idioma y a las palabras, incluidas muchas que han caído en desuso, por el empeño de arrinconarlas o por la sustitución indecente de otras más vanguardistas que han ahogado su utilización sumiéndolas en el olvido.

Juan José Millás señalaba la palabra antiflogístico que quedó cegada por la de antiinflamatorio mucho más burda pero que ganó la partida, o las palabras de otros idiomas que se inmiscuyen en el nuestro y acaban destronándolas, como es el caso de la voz inglesa hall frente a algunas tan emblemáticas como zaguán o recibidor, así como maître por maestresala.

Los amantes de las letras no cesan en su empeño de mantener vivo el espíritu de cada una de las palabras que componen nuestra lengua. Con iniciativas tan espléndidas como la de pedir a sus usadores que se conviertan en padrinos de alguna de esas palabras que caen en desgracia y comienzan a desvanecerse del lenguaje, para mantenerlas vivas.

Palabras como himeneo, badulaque, mercachifle, piola o triquitraque, que además de sonoridad y elegancia poseen el encanto del olvido inmerecido. Otras palabras nos obligan a jugar con la ironía de su versatilidad o confusión, porque es innegable que nos sorprenden con su sentido y ortografía. Un prototipo es la palabra venéfico induciéndonos a error si no se encuentra dentro de un contexto apropiado, o el caso de boto, bidente, bacía y vinario que nos sumergen en un sinsentido ortográfico, a no ser que cautamente asumamos su acepción correcta. O palabras paradójicas que en su construcción jocosa conllevan la esencia misma de lo que persiguen con su existencia, como es el caso de hipopotomonstrosesquipedaliofobia para describir las fobias a las palabras extensas, utilizada como nombre coloquial a la denominada macrolegofobia (literalmente del griego, miedo a las palabras grandes), propia de personas tímidas con pánico a equivocarse y quedar en ridículo.

Hay que salvaguardar la grandeza de la lengua española por encima de disquisiciones partidistas de aquellos que intentan devaluarla para ensalzar otros intereses velados. Yo desde aquí les animo a que apadrinen alguna de esas palabras dormidas, por mi parte me quedo con la querencia cervantina.

¡Hola!

¿Has buscado tu consulta?

Si no la encuentras, rellena nuestro formulario: