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José Antonio Pascual: «Prefiero, en vez de meter miedo, mostrar lo hermoso que es el lenguaje»

El catedrático salmantino recibirá el Premio Castilla y León de las Ciencias Sociales y Humanidades por «su rigurosa dedicación a la investigación filológica»

 

El catedrático de Lengua Española y miembro de la Real Academia Española de la Lengua, José Antonio Pascual, confiesa en una entrevista con Yasmina Recio para la agencia Ical, con toda humildad, que recibir el Premio Castilla y León de las Ciencias Sociales y Humanidades es algo que «e mete dentro del corazón».

Trabajador incansable y amante de las letras, está inmerso en la elaboración del Diccionario histórico, una ardua tarea que, sin embargo, le apasiona y eso que empezó su carrera sin vocación. Ahora es un ávido lector que ha «devorado» el Quijote cerca de una veintena de veces y asegura que lo seguirá haciendo, porque aún no está «empachado». Pascual aboga por una utilización del lenguaje «para que se entienda» y para ello la clave es «no meter miedo y mostrar lo hermoso que es el lenguaje».

¿Cómo se siente al recibir un premio de su tierra, de Castilla y León?

– Me ha llenado de alegría porque lo más cercano es lo que más se mete dentro del corazón. Sentí una profundísima alegría cuando me lo comunicaron.

De hecho, aunque trabaja en Madrid, siempre ha estado vinculado a Salamanca.

– En realidad vivo en Salamanca. Empecé yendo a Madrid dos días a la semana, seguí con tres, luego pasé a cuatro y ahora en cuanto puedo me vengo a Salamanca. Todo lo que no es trabajo, vacaciones, fines de semana o puentes, los paso en Salamanca.

¿Cómo nació en usted esa pasión por las letras? ¿Era un ávido lector?

– Soy un mal ejemplo a seguir. Porque no tenía ninguna vocación, no tuve particular interés por la lectura y no llevé un bagaje fuerte a la universidad. Yo recuerdo, cuando hablamos a veces de que la gente viene mal preparada a la universidad, que yo iba mal preparado a la universidad. No había leído a Pío Baroja, ni a Antonio Machado, ni a Galdós, sabía muy poco de literatura y realmente lo que había leído era la enciclopedia pulga, algunas novelas del tipo de aventuras y muchos tebeos. No era un caso abocado a la filología, pero sí tuve un buen maestro, un cuñado mío que era catedrático de griego que me dio a leer con 14 años las obras de Ortega y Gasset que me impresionaron, pero son cosas así, esporádicas, porque era un niño que lo que buscaba era bañarse, divertirse y he sido uno de esos ejemplos en los que ha sido la universidad la que me arrebató hacia la filología, fueron los buenos maestros que tuve. Es más, me equivoqué pensando que eran más fáciles las letras que las ciencias, porque iba mucho mejor en matemáticas en el bachillerato que en latín o griego y escribir escribía muy mal. Durante la carrera, cuando me corregía el profesor Fernando Lázaro las redacciones decía que era muy pesado escribiendo. No he llegado por vocación, fui siendo arrebatado por unas personas excepcionales. Además, he tenido la enorme suerte de caer en una universidad que desde el primer día que entré en ella me sentí feliz, frente a lo que fue el bachillerato. Allí tenía una libertad que sabía dosificarla y empecé a leer desaforadamente.

Teniendo en cuenta su ejemplo, ¿considera que es exagerada la preocupación por que los niños no leen lo suficiente? y ¿cree que esta situación puede cambiar con la madurez?

– Tiene que cambiar y para ello tenemos que brindarles los medios. Yo he leído una versión de La Odisea hecha para niños, pero si no encuentran una publicación hecha así, con un lenguaje adecuado, como les vamos a decir que lean, tenemos que darles los medios de su nivel. Evidentemente los niños van a tener una tentación permanente por otra forma de comunicación, como son esos vídeos que tienen en la pantalla, pero se les puede seducir poco a poco en la lectura. Hay que preparar materiales, no vale decir solo que no leen, es que tampoco podemos poner a un niño a leer el Quijote, tenemos que darle una versión que sea apta.

Usted se ha mostrado partidario de utilizar el lenguaje para que se entienda, aunque para ello se recurra a palabras que no se recogen en los diccionarios. ¿Le ha supuesto enfrentamientos con otros compañeros y académicos?

– No, porque la gran ventaja de la madurez es que situamos cada discrepancia en el lugar donde corresponde. La discrepancia no es enemistad, son puntos de vista que al final acaban acercándose, porque unos terminan convenciendo a otros. Yo soy una persona muy flexible con el uso y ahora después de haber aprendido mucho, soy muy difícil de entender por escrito, porque soy muy barroco, muy perfeccionista, tengo muchas referencias cultas implícitas en el texto. Yo que soy así, sin embargo, digo que la gente tiene que ser sencilla.

¿Qué argumentos utiliza para apoyar esa opinión?

– No asustar. Quiero que la gente escriba y hable bien. Que se ejercite para lograrlo. Hay que convencer a la gente de que las equivocaciones van a venir, pero no deben servir para que una persona se sienta incapaz de salir adelante, prefiero, en vez de meter miedo, mostrar lo hermoso que es el lenguaj Lo hermoso que es jugar con las palabras, saber un poco mejor que significan, frente al miedo. Hay que olvidarse del ridículo y darse cuenta del placer que uno se pierde, si uno no habla ni escribe mejor y sobre todo si se entiende mejor lo que otros dicen.

Lleva años trabajando en la creación del Diccionario histórico, ¿los sinsabores de un proyecto tan complicado le ha llevado a pensar en tirar la toalla?

– Yo fumaba muchísimo y el tabaco me hacía daño… pero me daba un enorme placer. Bueno, pues me da un enorme placer buscar la historia de las palabras. Me encuentro en una edad que tengo mucha fuerza y siento placer por ese trabajo, pero tengo mucha responsabilidad, porque el gran problema no es ir conociendo mejor las cosas, sino que vayan saliendo según un ritmo. Me muevo entre esos dos sentimientos, el placer de haber iniciado una tarea hace tres años que va a dar lugar a que un día tengamos el Diccionario histórico, y la enorme responsabilidad que esto supone y que hace que ahora esté con mi ordenador detrás del significado de una palabra en mis pequeñas vacaciones.

A través de ese trabajo, ¿ha descubierto el significado de alguna palabra que le haya resultado curiosa o sorprendente?

– Son muchas las palabras que me han sorprendido. En un documento zamorano del siglo X, me encontré en latín la palabra paraduelo, que se refería a las tablas de las cubas, creí que era un error de lectura, pero lo anoté y me dije que luego controlaría este documento. Después me lo encontré en otro documento y pensé que cambiaba las cosas, además lo he oído a algunos campesinos de Zamora y poco a poco he ido reconstruyendo como se decían esas tablas verticales que están abombadas, las cubas. Porque las duelas es un término moderno del siglo XVI, y he ido reconstruyendo esa historia sobre el lagar. Le contaba a un amigo como en el Quijote una palabra como pensativo significa triste, nos parece que cuando leemos el Quijote se entiende. Las palabras han evolucionado mucho, es muy bonito saber que detrás de cada palabra hay una aventura preciosa, porque el léxico ha cambiado mucho. Un diccionario histórico es una magnifica serie de aventuras que además se entrelazan, mezclan y hacen pasar ratos estupendos a quien trabaja en esto.

Ya que se ha referido al Quijote, ¿Cuántas veces tiene que leer este libro un académico?

– Voy a decir una maldad. Cuando en el año 67 saqué la cátedra de instituto, me encontré con un colega que la había sacado y me dijo, que ya no tenía porque leer el Quijot’. Yo lo había leído en primero de facultad porque fue una lectura obligatoria y como toda lectura obligatoria no me gustó, y tardé en leerlo. Luego un verano, por una edición que encontré yendo a América lo volví a leer y decidí que todos los viajes a América leería el Quijote y mira, habré ido unas 12 o 13 veces. Pero el año fatal fue el 2005, en el centenario del Quijote, porque la Academia tramó hacer una edición e implicó a algunos académicos en eso y ese verano me lo tuve que leer tres o cuatro veces más, pero ya por profesión, tenía que escribir unas páginas sobre el libro.

Entonces, después de leer cerca de una veintena de veces esta obra, ¿no la acaba odiando, como el que se cansa de pasteles cuando trabaja en la pastelería?

– Al contrario soy un vicioso completo. A mi el tabaco claramente me gustaba más y leer cada vez me gusta más y me voy haciendo mayor y cada vez me gustan más las cosas y más la lluvia y más el sol y más el Quijote, porque cada lectura es un mundo nuevo. Dividiría las obras literarias en dos grupos, aquellas que uno las lee y las abandona y aquellas que uno se queda con ganas de volver a leer. Como con John Le Carré y con el Quijote no solo no me ha empachado, sino que es una alegría poderlo leer, es como oír a Haendel o Bach.

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