Noticias del español

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| Bárbara Jacobs
jornada.unam.mx, México
Domingo, 14 de diciembre del 2008

HOLA, OWL; BÚHO, HELLO

En noviembre me invitaron a dar una conferencia y coordinar tres sesiones del taller de creación narrativa a cargo de Carmen Boullosa en la City University de Nueva York, la universidad popular de la que hace no mucho se graduó en Ciencias Políticas el presidente electo de Estados Unidos, Barack Obama. Según previo acuerdo, titulé mi conferencia Las hojas muertas veinte años después, la cara crítica de aquella narración escrita, por cierto, con entrecruzamiento de lenguas, como otros trabajos de mi producción.


Sin embargo, concentré mi interés en los seminarios con los estudiantes, una quincena de jóvenes mujeres y hombres latinoamericanos dispuestos a leer ante el grupo sus narraciones y enfrentar los comentarios de sus compañeros y del coordinador en turno. Me fue difícil ubicarlos por su acento, pues después de años al norte del Río Bravo la dicción se les ha neutralizado y, por más que —salvo un par de alumnas— aún no adquirieran la pronunciación española de los estadunidenses que hablan español, parecen haber perdido la entonación que caracteriza a los diferentes países de Latinoamérica.

Algunos localismos los delataban, pero como en sus textos la intención no parecía ser la de recoger el habla de un lugar en particular o la de un grupo social determinado, la situación no me daba para mayores observaciones. Fue la brasileña D. quien alertó mis radares de lengua, traducción y desprejuicio. Nacida en Río, vive en Nueva York desde hace más de 20 años. Es poeta y tiene una maestría en literatura inglesa. Se gana la vida de traductora del inglés al español para publicaciones que no me quedó claro de dónde eran. Su actitud era muy definida y la sostenía con argumentos y buenas maneras. Ante reparos del grupo, insistió en leer primero una traducción en prosa en proceso y solo posteriormente una selección de su poesía, ambas en español.

Por más que tuviera algunos errores de lengua, sus dos trabajos mostraban conocimiento de un castellano tan indefinido como el de su cultura en general. Su caso no dejó de suscitarme preguntas, dudas, y en última instancia una gran inquietud por ella, por el grupo, por el español, por el español en sí mismo y por el español de los escritores que, por fuerza o por voluntad o movidos por las circunstancias, quieren (pero, ¿tienen que?) usar su lengua materna y cultivarla y conservarla, no sólo fuera de sus países de origen, sino de cualquier otro país de habla hispana. Sí; pero, ¿cómo? ¿De qué calidad? El español neutro que utilizan en las cadenas internacionales de noticias, ¿funciona como español literario?

Descarto la mezcla del inglés y el español que produce un «híbrido» o algo que no es ni una cosa ni otra. Pero no rechazo el entrelazamiento de dos o más idiomas, siempre que cada uno esté «correctamente» empleado y se sitúe dentro de la frase del otro idioma sin el menor tropiezo. Sé que la lengua es un ente vivo que cambia a través del tiempo y las circunstancias, y lo ideal sería que al hacerlo se enriqueciera, no que se empobreciera hasta desaparecer. Pero todas estas transformaciones encuentran lugar dentro de una estructura, la que diferencia entre lengua y dialecto y que da solidez y permanencia a la primera.

Puede llegar a haber en Estados Unidos hablantes de un español; pero ¿llegará a haber escritores y lectores de ese español, y más si es literario? ¿Publicaciones? ¿De qué productos; para qué consumo?

Querría hablar de las lenguas que en la historia han sido punto de unión; de escritores célebres que han adoptado un idioma extranjero para su obra, o los que, al vivir en el extranjero, trabajan en su lengua natal para publicar en países de su habla.

Pero era hora de regresar a mi habitación y saludar al búho en el rincón del patio, «Hola, owl», le dije y, para cerciorarme de que me entendiera, también lo saludé «Hello, búho», de piedra, de pintura deslavada, de mirada oblicua y sin asomo de sonrisa.

¡Hola!

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