Noticias del español

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| Luz Nereida Pérez
Claridad, Puerto Rico
Viernes, 28 de agosto del 2009

HABLEMOS ESPAÑOL: VOCABULARIO MARINERO

Retomamos, ampliamos y comentamos hoy un tema que habíamos dejado atrás en este espacio Hablemos español cuando para el 1995 escribimos sobre vocablos que en su origen eran de empleo privativo de la marinería y hoy perviven como usos comunes en tierra firme. El tema surge nuevamente luego de una comparecencia radial en la que nos preguntaron sobre las palabras anclarse y chinchorro.


Para ubicar históricamente el tema, merece recordarse que los españoles que vinieron en busca de fortuna desde su non plus ultra hasta este plus ultra nuestro no fueron los ricos y los poseedores de títulos de nobleza, sino representantes de las clases desventajadas -soldados, artesanos, labradores, marineros-, quienes se arriesgaron al misterio de las nuevas tierras con la esperanza de mejorar sus condiciones de vida. Y como ha afirmado Neruda: «Nos dejaron las palabras». Los marineros, en particular, hincaron su huella léxica en nuestro contexto americano mediante vocablos que en su origen fueron tecnicismos propios de su oficio y hoy son de uso común en nuestra vida cotidiana.

Una de las palabras mencionadas en el programa radial fue anclar, verbo que se forma del sustantivo femenino ancla —procedente del latín ancora—. El Diccionario de uso del español actual Clave adscribe tres acepciones para anclar, siendo la primera la directamente relacionada con la marinería: «sujetar las anclas de una embarcación al fondo del mar». Por extensión, designa igualmente al acto de «sujetar firmemente al suelo u otro lugar» cualquier objeto. Este vocablo marinero recibe también sentido figurado —emotivo, extendido— al designar al acto de aferrarse fuertemente a ideas o actitudes.

El sustantivo chinchorro es definido en la citada fuente como «hamaca ligera tejida de cordeles» y como «pequeña embarcación de remos que llevan a bordo los barcos». El Diccionario de la Real Academia (DRAE) también define a esta palabra como «red a modo de barrera». El Tesoro lexicográfico del español de Puerto Rico tiene dos entradas para el vocablo y en la primera indica que es voz equivalente a chinchal —de chinche— y que aplica a una casucha o a un tenducho pobre. En su segunda entrada, se cita a Fray íñigo Abbad y Lasierra, quien se refiere a que las camas —hamacas— de los negros e indígenas, por parecerse a la red que usaban para pescar, le llamaban chinchorro.

Es interesante también el percatarnos que el acto de marearse era algo privativo del momento en que se estaba en el mar, ya que es una sensación que produce el movimiento de ascenso y descenso del mar, pero los mismos síntomas pueden ocurrir en tierra y reciben el nombre tomado de la marinería. El verbo marear recibe como primer significado en el DRAE el de «poner en movimiento una embarcación en el mar, gobernarla o dirigirla». Por ello, se le llama carta de marear al «mapa en que se describe el mar, o una porción de él, con sus costas o los lugares donde hay escollos o bajíos». De igual modo, recibe sentido figurado cuando se dice que alguien marea porque habla, cansa o fastidia mucho. Y en el Tesoro del habla nuestra, se alude a que una tela se marea, cuando pierde el colorido debido a la humedad. Indican las autoras del Tesoro que «es acepción extensiva de la española: averiarse los géneros en el mar».

En Puerto Rico, aún hoy comemos mazamorra o mundo nuevo, que es una crema hecha de maíz rallado, leche, coco y azúcar. El Dr. Manuel álvarez Nazario señala, en su libro Historia de la lengua española en Puerto Rico que este plato tiene su origen en una mezcla de bizcocho y agua que los marineros ponían al fuego, quizás para ablandar el manjar endurecido por el tiempo, y le llamaban maçamorra, según cita de Fray Bartolomé Las Casas. El Tesoro indica que a este plato algunos le llaman laguí, que se originó en el siglo XVI y que es reducción de su nombre completo mazamorra del mundo nuevo, hecho originalmente de maíz tierno rallado, leche de coco, azúcar mascabada y especias.

¿Está usted boyante? (En estos tiempos casi nadie lo está.) En la marinería, se le llama boyante a la embarcación que por llevar poca carga, no cala lo suficiente. El verbo boyar se refiere al acto de volver a flotar una embarcación que ha estado en seco y hoy decimos que alguien está boyante cuando tiene mucho dinero. De igual manera, tenemos en América las islas de Sotavento y de Barlovento, las cuales reciben sus nombres precisamente del vocabulario marinero que llama barlovento a la parte del navío de donde viene el viento, y sotavento es la parte opuesta a aquélla de donde viene el viento. Para aquellos marinos antepasados nuestros, barlovento era la parte derecha del navío cuando se mira de popa a estribor y sotavento, el lado contrario al anterior.

En mi casa, por ser hija de un viequense, se empleaban frecuentemente palabras, refranes y consejos relativos a la marinería. De niña, siempre me pareció absurdo y falto de sentido el que mi padre utilizara las expresiones «subir para Vieques» y «bajar para Fajardo». Desde la perspectiva de mis conocimientos, eso era imposible porque el mar ante mis ojos no tenía escaleras. Ya de adulta comprendí que era lenguaje marinero, en el que se va costa abajo cuando se viaja en dirección oeste y costa arriba cuando se navega en dirección hacia el este. ¡ésas eran las escaleras del mar!

Nuestra condición de archipiélago trae como consecuencia el que conservemos con ahínco y utilicemos con mayor frecuencia éstas y otras voces, que en su origen fueron de uso marinero. El abrazo continuo de esa maravilla misteriosa que se llama mar y nuestros antepasados, así nos lo imponen.

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