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| Juan Domingo Argüelles El Universal (México) 29 de enero del 2006

GALAXIA EDITORIAL

Gracias al Diccionario panhispánico de dudas (Santillana, 2005) nos estamos enterando, para sorpresa de todos los que habitamos la ciudad de México, que el gentilicio de los naturales de la capital del país es «mexiqueño» (no «defeño» ni «chilango»). ¿A quién tenemos que agradecerle el bautizo? Obviamente, a la Real Academia Española que, en sus criterios tan esclarecedores, ya se parece a la FIFA.


¿Cómo llegó la RAE a este gentilicio? Al parecer, por eliminación y homologación. Si los naturales de la ciudad de México no pueden denominarse simplemente «mexicanos» (porque de hecho ya lo son) ni «mexiquenses» (porque esos son los del estado de México), entonces deben denominarse «mexiqueños», como los toluqueños, de Toluca, y los acapulqueños, de Acapulco. Siguiendo esta lógica, los naturales de la ciudad de Veracruz serían «veracruceños» (y no «jarochos»). El problema adicional está en cómo denominar, por ejemplo, a los oaxaqueños de la capital de Oaxaca. ¿Serán «dobleoaxaqueños» por ser del estado que se llama Oaxaca y, al mismo tiempo, de la capital del estado que también se llama Oaxaca? Ya nos lo dirá la RAE en una nueva edición de dudas.

Siendo una institución de carácter normativo que genera, por ello mismo, un diccionario de autoridad, uno no se explica cómo la RAE se permite invenciones, ficciones, fantasías o simples caprichos que rayan en el absurdo. Cuando le conviene, acepta que el buen uso del idioma lo hacen los pueblos, y cuando no le conviene recurre a «recomendaciones» que sólo causan confusión entre los hablantes y escribientes. ¿En dónde escucharon los académicos que los naturales de la capital de México se autodenominan «mexiqueños»? Muy pronto se arrepintieron de aquel coloquial «chilango» que incluyeron, alegremente, en la 22 edición (2001) de su famoso diccionario, y ahora se sacaron de la manga un «mexiqueño» con el que nadie en la ciudad de México se identifica.

Por otra parte, en este mismo Diccionario panhispánico de dudas, la Real Academia Española y la Asociación de Academias de la Lengua Española por fin se dignaron a hacernos el favor a los mexicanos y aceptar (hay que darles las gracias también) que «la grafía recomendada» para el topónimo de México es con x, y su «pronunciación correcta» es con j. «También se recomienda escribir con x todos sus derivados: mexicano, mexicanismo, etcétera.» Sin embargo, no desautoriza su jota ni cede en su dogma, pasando por alto que en la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos se habla de la Nación Mexicana y de los mexicanos, pero no de la Nación Mejicana ni de los mejicanos.

Española también, María Moliner en su Diccionario de uso del español concluyó que «mexicano» es una variante ortográfica de «mejicano», cuando más bien es al revés. En su Diccionario de atentados contra el idioma español (1997), Juan Aroca Sanz, otro español, dice que escribir Méjico y mejicano es perfectamente correcto, que no hay atentado ni pecado que perseguir. Faltaba más; con ese mismo patriotismo defienden también los españoles su famosa locución «a por», como cuando dicen: «Voy a por agua, macho». Mucho más razonable, el Libro de estilo de El País prescribe que el nombre de México y sus derivados «se escribirán con x, aunque su pronunciación sea la de una j».

Si una instancia normativa, la RAE, con un instrumento normativo (su diccionario), se permite licencias e invenciones y da las cosas como opcionales, entonces la norma se anula automáticamente. Y si un Diccionario de dudas lo que hace es aumentarlas, entonces de muy buena herramienta disponemos.

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